Paraíso Guaraní

PARAISO GUARANI

Rodolfo Acosta Castro

Toda autoridad del Río de la Plata, desde Asunción, Buenos Aires u otro sitio, donde eventualmente se encontraba, siempre tenía disposición para buscar la manera de llegar a esa sierra de la plata que ya era legendaria. Gil Pérez y Toñuelo, apodado Gilsote, era un hombre llegado desde España acompañando al Capitán Juan de Ayolas y que, en 1538, después de la muerte de éste, estaba bajo el mando de Manuel Monteclaro, junto a otros adultos y jóvenes de su misma edad y similares aspiraciones.

Como era corriente había marchado, junto con otros expedicionarios, grandes distancias, buscando indicios que permitieran al Gobernador Domingo Martínez de Irala conquistar la gloria llegando a la sierra de la plata que haría ricos a todos quienes se jugaban la vida, moviéndose infatigablemente en busca de una posible utopía. El último desplazamiento salió desde la Candelaria hacia el norte, habiendo llegado a unas ciénagas que los nativos guías, llamaban Izozog. El sitió era fantástico por la variada fauna y su entorno vegetal. No era posible contar el número de coloridas aves, de todos los tamaños y matices, que se veía diariamente. En las aguas, poco profundas, existía tal cantidad de peces que los expedicionarios comían como nunca lo habían hecho antes, acompañando los pescados con un tubérculo que los indios llamaban yuca y que tenía sabor inconfundible por su exquisitez.

El 21 de mayo de 1555 regresó la patrulla, para informar que las noticias sobre la tierra, donde abundaba la plata, se llamaba Sumac Orcko y que estaba siendo explotada con todo éxito por número creciente, de españoles en un lugar que se conocía como Potosí, donde ya estaba fundada una próspera ciudad con miles de bocaminas, en la imponente montaña que confirmaba las noticias sobre lo que se conocía como sierra de la plata.

La expedición había sido completamente afortunada, consiguió muchos animales vivos y carne salada de mamíferos y peces. Además varias especies vegetales, desconocidas en Europa, entre las que sobresalía el tubérculo conocido como la yuca por su agradable sabor, cocida o asada. Después de cuarenta y dos días de campaña, o mejor dicho, de asombro y sorpresa incesantes, los hombres y caballos, pese a su rica alimentación, estaban delgados, extenuados, aunque conservaban la mirada vivaz y rellena de ímpetu. Los hombres estaban bronceados por la fuerza del sol y la tibieza del ambiente con los cabellos muy largos, las ropas deshechas y sucias, tan gastadas como los correajes y los avíos de las cabalgaduras. Los españoles, como todos los de su raza, se mostraban despreocupados por los peligros afrontados y por los infortunios que debieron padecer por las largas caminatas, las noches atentas a cualquier contingencia por parte de nativos hostiles.

Para realizar buen trabajo, tal como disponían los jefes, mandaba la religión y necesitaba cada uno, debía cada uno cumplir su objetivo de atesorar la mayor cantidad de riqueza, mantenerse sano de cuerpo y alma, encomendándose a Jesús y María. En casos como estos ¿qué jefe no hubiera preferido a estos valerosos y fieles expedicionarios?

Gilsote, igual que sus compañeros, tenía presente todo el tiempo que sus esfuerzos serían recompensados, indudablemente, más temprano que tarde, con el placer que brinda la posesión de oro o plata en cantidad suficiente para volver a la pobre aldea que le vio nacer, con la felicidad y placidez que proporciona ser rico. Tenía además presentes a sus padres y hermanos menores, junto a los abuelos, los tíos y primos, los amigos y los conocidos a quienes podría cambiarles la vida, al volver con medios suficientes para comprar algo de tierra, cultivar y criar ganado. Todos los días, desde muy temprano en la mañana y hasta muy tarde en la noche, pensaba en todas las pequeñas felicidades que le esperaban.

Ahora, luego de las penurias soportadas, se solazaba por dormir sobre algo mullido y bajo techo, intentando minimizar momentos difíciles, tristes y angustiosos vividos en lugares inhóspitos, plagados de riesgos. Con mucha satisfacción podía descansar sobre un colchón de paja, con la cabeza apoyada sobre sus ropas ya lavadas y recosidas. Su complacencia aumentaba al saborear, nuevamente, la comida tomada sentado en una silla y sobre una mesa, aunque sólo fuera de pan y carne salada, pero rodeado de alegres camaradas que sabían gozar la vida, aunque fuera incierto su destino.

Sus sueños tenían sabor a la dulzura de la moza que gustaba atisbar en la lejana Almensilla, a tres leguas y al suroeste de Sevilla, que rogaba a Dios no consiguiera marido hasta que él retorne. Ella era bajita, bastante rellenita, pero con una sonrisa que podría alegrar la vida del más amargado mortal. Apenas había hablado una vez con ella, preguntándole sobre un corderito perdido cuando ambos hacían de pastores. Se preguntaba si habría cambiado su figura y su forma de lucirse con flores en el cabello; imaginaba llevaría un jazmín como le gustaba o una flor de granado o violeta. Pensaba que sus padres, amigos de los suyos, no se opondrían a tener un indiano en su familia, siempre que estuviera forrado con buena cantidad de oro, igual que algunos que habían retornado y comprado tierras, casas, muebles y ropas. Pero, también, se preguntaba si seguiría dueña de ese caudal de ternura y si le sería fiel y consecuente con su amor. La verdad era que no había ningún otro soldado, con aspiraciones iguales a las de Gilsote.

Daba mucha felicidad cumplir una misión, pero daba más placer quedarse en el campamento sin exponerse a los peligros de las travesías por lugares desconocidos, con toda clase de peligros.

Como era costumbre, la partida completa debía presentarse, después de recuperar fuerzas, acompañando a Manuel Monteclaro como jefe. A dos días del retorno se sintieron suficientemente capaces para cumplir la usanza militar. El superior de Manuel, Don Celestino Pino, los recibió paternalmente, manifestando que estaba orgulloso de tener bajo su mando a hombres tan valerosos, incluso dijo que estaba contento de los logros alcanzados en la incursión. Luego llamó aparte al comandante para, por mucho rato, decirle en voz baja un discurso que parecía ser agradable, según se podía calificar por la expresión de sus semblantes y era que le estaba convenciendo para ir a despojar a los nativos del oro que tuvieran.

Al terminar la plática, Monteclaro reunió a sus hombre para comunicarles que debían marchar, al día siguiente, en una nueva expedición mucho más al norte de la que habían concluido. El movimiento de los gruesos mostachos y luenga barba del jefe, se elevaba a la altura de sus cejas, mientras en sus subalternos la tranquilidad descendía, porque nadie podía superar el temor que entrañaba ser parte de pequeñas patrullas a las que se encargaban largas incursiones, en territorios desconocidos con innumerables riesgos. Se daba por seguro que los convocados simulaban no escuchar, ensayaban miradas de resignación. Los ojos y nariz del comandante se movían para mostrar signos de íntima satisfacción; pero también, se podía percibir alargadas miradas de los soldados, intentando desechar tétricos pensamientos.

Al día siguiente, de madrugada antes de la salida del sol, sólo tres días después de haber vuelto de una expedición que duró más de cuarenta días, el grupo de Manuel Monteclaro, acrecentado a quince subalternos, partió con rumbo noroeste, hacia la comarca conocida por los indígenas como Chacu y Chaco por los españoles.

Después de cuatro días de marcha, la expedición contactó con un indígena que había mantenido excelentes relaciones con los españoles en un pasado no lejano, cuyo nombre en lengua pampa era Calquen, en castellano águila grande. Cuando se enteró del rumbo a seguir, en su precario castellano comunicó que marchaban en dirección al Río Pilcomayo que nacía en los contrafuertes montañosos occidentales, donde vivían como nómadas los mataguayes, la tribu a la que otras de la región llamaban despectivamente “pies de ñandú”. Calquen, les dijo:

―Es una enorme llanura que limita muy al norte con los llanos del Mamoré una extensa área de bosques tropicales y al sur con las pampas. Está habitada por indígenas muy belicosos y crueles. En la llanura llueve mucho y el calor es insoportable. Los ríos que la atraviesan son el Pilcomayo y Bermejo cuyas nacientes están en las montañas del Tahuantinsuyo, el Estado poderoso donde está la sierra de la plata. El nombre chacu lo pusieron los quechuas y quiere decir: país de las cacerías, porque existe gran variedad de animales, unos con carne comestible y otros carnívoros peligrosos.

La sola mención de la tierra de la plata excitó a Monteclaro, incitándole a reiniciar la caminata para llegar, lo más antes posible, a la montaña que estaba seguro haría ricos a todos los expedicionarios. Siempre hacia el noroeste, reiniciaron la aventura tratando de ignorar el calor, el terreno anegado, la picadura de los mosquitos y el temor de toparse con alguna tribu de indígenas agresivos.

Dos días, después que el jefe decidiera caminar más de noche que de día, los cansados andarines vieron delante de ellos, a poca distancia, los destellos de una gran hoguera a la que se acercaron con mucha precaución, cuidándose de no causar algún ruido que podría delatar su presencia. Monteclaro no quería enfrentar a los que estuvieran alrededor del fuego, sólo quería saber quiénes y cuántos eran. Calquen que eventualmente hacía de guía, estuvo de acuerdo en no provocar un encuentro, antes de identificarlos. El jefe dispuso que sólo Calquen con dos hombres se aproximarían lo suficiente al lugar de proveniencia de los destellos.

El indígena, como todos los nativos, era muy sigiloso, contrastando con la torpeza de los castellanos, uno de los cuales era Gilsote y el otro un extremeño conocido como Fadrique. Con sumo cuidado llegaron a una colina desde la que era posible observar la hoguera, habían avanzado las últimas varas reptando. Cuando llegaron a la cima de un otero fueron sorprendidos por los nativos que en grupo, posiblemente, trataba de incorporarse a la reunión celebrada en torno a la fogata. La resuelta y súbita acción de los indígenas tomó de sorpresa a los blancos, no así a Calquen, impidiéndoles reaccionar; el ataque sorpresivo dejó muerto a Fadrique, mientras desaparecía el guía en las sombras de la noche y Gilsote caía en poder de dos robustos indios.

En instantes los captores avisaron con gritos la captura de un intruso, al centenar de hombres, mujeres, ancianos y niños que descansaban haciendo ruedo a un amplio fuego. La mayor parte de los indígenas salió chillando ferozmente por todo lado en busca de otros husmeadores, pero sin encontrar a nadie, debido a que el resto de la patrulla había espectado lo sucedido y retirado con la rapidez que impulsa el miedo.

Gilsote fue golpeado y empujado violentamente hacia la gente, que cuando lo tuvo a su alcance, se ocupó de quitarle sus ropas vociferando, de tal manera, que la víctima no pudo darse cuenta real de lo que le sucedía. Casi paralizado por el terror, no ofreció resistencia alguna, sólo atinó a resguardarse de los golpes que le propinaban en la cara y cabeza. No tardó mucho en perder el conocimiento.

Las luces del amanecer despertaron a Gilsote, cuyo cuerpo desnudo y atado como un ovillo, había permanecido la noche entera acostado sobre el suelo; sin embargo, no sintió dolor alguno ni molestia por dormir sobre la dura superficie del escampado, donde todavía humeaban los restos de la hoguera. Cuando tomó conciencia de lo sucedido, giró la cabeza y vio a sus captores. Eran muchos indígenas casi desnudos. Gilsote se irguió del suelo donde había pasado la noche. Cuando aguzó la vista evidenció que los indios mayores, hombres y mujeres, sólo llevaban como ropa una corta prenda parecida a camisa que no llegaba a cubrir el ombligo. No vio tienda, carpa u otra estructura parecida a vivienda o simple cobertura contra la intemperie.

Nunca supo que le decían las mujeres y niños que se agolparon a su alrededor, para gritar en una lengua extremadamente aguda que parecía herirle el cerebro; tampoco pudo entender por qué le golpeaban con puños y patadas, aún cuando estaba maniatado e indefenso. A media mañana, cuando los grupos todavía se alternaban para agredirle, apareció un indígena coronado con coloridas y largas plumas, portando un pequeño tronco, acompañado por otros tres individuos de apariencia similar pero sin las mentadas plumas.

Al ver al hombre desnudo que yacía ensangrentado y casi muerto de miedo, los indios hicieron, supuestamente, algunos comentarios en su incomprensible lengua, aumentando el terror que sentía el prisionero. Creyó que la decisión de ese conciliábulo debió ser mantenerle con vida, para que sirva de alimento en caso de necesidad. Lo cierto es que, desde ese momento, lo alivianaron de sus ataduras y pudo caminar por el campamento como uno más de los miembros de la tribu, con los que ya estaba, de entrada, identificado por su completa desnudez.

Su necesidad de alimento le llevó a merodear los lugares donde las mujeres asaban carne, teniendo en su entorno a los miembros de la familia aguardando recibir la parte que le correspondiese, pero sin poder precisar la clase de carne que era cocinada. Vio luego cómo se distribuían trozos asados a las llamas y presenció antojado cómo los engullían, sin tener perspectiva de recibir una ración. A medida que los comensales terminaban sus raciones, se iban deshaciendo de huesos y cueros, arrojándolos lo más lejos posible, sobre los que caía Gilsote para calmar su hambre. Desde ese momento adoptó la forma de obtener alimento, para no morir de inanición, sin pensar cuánto tiempo duraría ni siquiera imaginar otra forma de conseguir alimento.

Al principio el joven español, intentó conservar el registro del calendario, pero poco a poco se fue dificultando llevar debida cuenta del día y la fecha en que se encontraba, hasta olvidar por completo el día, mes y hasta el año. A medida que avanzaban los días iba reteniendo algunas de las palabras, con las que se comunicaban sus captores y empezó a usarlas con relativo éxito, a medida que los indígenas parecían olvidar que era un prisionero, para tratarlo como uno de los suyos. Los niños fueron quienes más próximos le recocieron como amigo, porque les enseñaba simples juegos de manos para tenerlos ocupados, mientras los mayores iban en busca de comida, siempre animal con alguna ingesta de yuca. Su problema de ropa fue resuelto pronto, cuando un anciano que había fallecido en el monte, fue descubierto por Gilsote y al que arrebató su corta vestimenta, con lo que parecía un hombre más de la tribu, porque el color de su piel oscurecía con facilidad y sólo le diferenciaba de los demás guaraníes su cada vez mas larga barba, por tanto era un ivy pora más.

Rápido el ex prisionero se dio cuenta que estaba en un pueblo que vivía preparado y preparándose continuamente para la guerra y que todos los otros pueblos vecinos, eran potenciales enemigos en determinadas circunstancias; aunque, el adversario declarado era siempre el conquistador español. Se enteró además que entre los pueblos autóctonos existía una especie de diplomacia que los mantenía informados sobre los sucesos trascendentales en cada grupo humano. De ahí que los nativos se referían a la sierra de la plata, asegurando su existencia. Las relaciones entre pueblos o tribus se establecían a través de un solo idioma, que Gilsote suponía era el guaraní similar al que utilizaba la tribu que le retenía. Sin embargo, algunos miembros de la tribu eran requeridos para comunicarse, cuando recibían algunas visitas cuya lengua era diferente al guaraní. Los que hacían de interpretes utilizaban el quechua como lengua del Estado más poderoso, cuya influencia se extendía, al parecer, por toda esa parte del continente. Suponía el cautivo que alguien en cada pueblo tenía conocimiento suficiente del quechua para relacionarse, a través de una lengua común, con cualquier otra etnia.

Con el tiempo se fue enterando de los ejercicios continuos de la especie de milicia que tenía la tribu, de donde salían hábiles combatientes. Supo a la vez que la tribu mantenía un ejemplar sistema de seguridad, basado en la sustentación de estrecha vigilancia alrededor del campamento sedentario unas veces y otras nómada, bajo estricta disciplina militar a cargo de un cuerpo de guardia que, en el día, se ubicaba en lo alto de los árboles y en la noche correspondía a muchos centinelas y espías distribuidos en dos y más leguas a la redonda, los que daban aviso inmediato de cualquier novedad usando pitos, para que los hombres sean alertados y prevenidos con prontitud, a fin de que los guerreros tomen sus armas, cuando se detectaba la presencia de enemigos, mientras las familias buscaban los lugares, previamente acordados, para refugiarse sin sufrir iguales consecuencias que los combatientes.

Cuando los nativos se detenían en algún lugar, tanto hombres como mujeres, se ejercitaban disparando el arco, para mejorar su destreza. Además del arco usaban gruesos y duros palos como macanas y cuchillos construidos con las quijadas, agudas como sierras, de palometa también llamada piraña, un pescado que abundaba en aquellos ríos. Dichas quijadas, eran engastadas en varas de madera y con ellas podían degollar a un hombre con facilidad y presteza. Así estaban seguros de estar preparados para rechazar cualquier agresión y también atacar con salvaje crueldad, intentando matar en el primer encuentro a todos quienes se ponían a su alcance, excepto a los muchachos reservados para criarlos de acuerdo con sus costumbres y aumentar el número de individuos de la tribu, casándolos con sus hijas. Dejaban también con vida a las mujeres adultas tomadas prisioneras, para venderlas a otras tribus donde servían como criadas.

Gilsote pronto comprendió el motivo por el que todavía estaba vivo, cuando una noche un indígena maduro lo tomó con fuerza de un brazo y lo arrastró hacia un sitio donde yacía una joven, posiblemente su hija, obligándole a copular con ella, de la misma manera que lo hacían todos, sin esconder su intimidad. Desde ese día, el joven marido era convocado para ejercitarse con el arco, la macana y el cuchillo. Su falta de destreza le ocasionaba castigos, con varas delgadas. Ya era un nuevo miembro de esa comunidad guaraní, sin siquiera conocer suficientemente la lengua con la que se comunicaba, pero sabiendo que la joven se llamaba Yibuti.

Ella le había dicho rojaijú, que significaba te amo, como única fórmula del enlace celebrado que duró poco hasta que Flor, a la que Gilsote llamaba cariñosamente Lola, desapareció en la floresta con un joven guerrero quedando el matrimonio concluido, sin consultar al aparente marido.

Antes, también sin su consentimiento, le habían tatuado en hombros, brazos y espalda, utilizando como instrumento las puntas del pez llamado raya. Lo que mayor impresión le causaba eran los agujeros en el labio inferior, donde metían un barbote o pendiente de madera, al que llamaban mbela, que de ordinario significaba el ingreso a la edad de guerrero o un reconocimiento por comportamiento destacado en el campo de batalla o la lucha con el yacaré, esa especie de cocodrilo cuya caza era la forma tradicional para demostrar valor y comer su agradable carne.

Llamaban yacaré al caimán de gran tamaño, siempre dispuesto a feroz acometida, sin posibilidad de que suelte la presa cogida, debido a la forma de sus dientes: los de arriba puntiagudos para encajar en los inferiores. Estos feroces reptiles carecían de lengua, por lo que salían a las playas de los ríos donde viven para ayudarse en la digestión, poniendo el vientre al calor de los rayos solares. El yacaré come lo que encuentra, ingiere todo aquello que se pone por delante: hombre o bestia. En cuanto a su aspecto era imponente cuando caminaba con paso ligero, siempre en vía recta, aunque era lento al revolver. Estaba cubierto de escamas durísimas; pero no obstante, los indios los pescaban en el agua tomando una estaca aguda por ambas puntas, atada mediante una cuerda gruesa, larga y fuerte con la que nadan para encontrar al reptil, al que acometían metiendo la estaca dentro su enorme boca y clavarla. El animal moría ahogado, porque, al no tener lengua, no podía contener el agua que ingresara por sus fauces.

La extraordinaria fuerza del reptil era equilibrada por el indígena que, para reducir los atroces vuelcos que realiza en trance de morir, lo ataba a un grueso árbol. Una vez desaparecido el peligro que representaba, los aborígenes le extraían las glándulas sudoríficas debajo las patas delanteras. Al principio era un líquido, una sustancia de tufo fuerte y persistente de fetidez muy desagradable que irritaba la nariz, pero se convertía, posiblemente por su contacto con el aire, en fragante parecido al almizcle de olor perdurable que también retrasaba la evaporación de sus fragancias. Los naturales del Chaco, así, se surtían con creces de un elemento neutralizador de los aromas biológicos desagradables.

El joven español, convertido en guaraní, extrañaba mucho el trato con sus amigos: hablar castellano, cultivar esperanzas y elaborar planes para cuando volviera a su tierra repleto de riqueza, pero mientras llegaba el día de volver a España, trataba de hacer vida sin contratiempos; ya se había acostumbrado a las marchas forzadas, por lo que la vida con idas y venidas ya no fue problema para él. Por otra parte, le satisfacía beber el jugo de esa hierba excepcional, obtenida del hermoso y agradable árbol, cuyas hojas asemejaba a las del laurel europeo, que vio muchas veces utilizar como medicina emplástica para tratar miembros contusos o quebrados, gustaba las verdes hojas tomadas en infusión con agua fría tereré o con agua templada yerba mate, en idioma del Paraguay caiguá, expresión derivada de los vocablos guaraníes káa (yerba), y (agua) y gua (procedencia), lo que se puede traducir como agua de yerba, generalmente sola y ocasionalmente acompañada con otras yerbas tanto aromáticas como medicinales. Se acostumbró al mate del vocablo quechua matí, que significa calabaza, porque el recipiente para beber mate suele ser hecho de calabaza o porongo que sirve de recipiente para preparar la infusión y sorberla a través de una cañita denominada tacuarí, en cuyo extremo se coloca una semilla ahuecada que hace las veces de filtro.

Un día, cuando hacía años que la tribu subsistía a la vera de un arroyo, y poco tiempo después de la separación con Flor, Gilsote fue abordado por su ex suegro, un aña o diablo, quien lo amonestó por haber tomado otra mujer, haciéndose muy difícil revelar que él había sido el abandonado; su nueva mujer se llamaba Ñasaindy. Furioso porque la explicación no le satisfizo, el padre se sintió ofendido y recurrió a la fuerza para castigar la osadía del joven contra una persona de más edad. Acompañado por varios guerreros, atrapó con dureza al ex yerno y lo condujo, ayudado por sus acompañantes, al río cuyas aguas escurrían plácidamente a distancia apreciable del campamento y que estaba plagado de yacarés.

Vanas fueron las súplicas del aterrado joven, sabiendo cómo intentaban sancionar su comportamiento con Flor. Mientras era conducido lanzaba estrepitosos gritos que, extrañamente, parecía que nadie deseaba atender. Pese a su desolada situación y la ninguna atención que recibía de quienes lo habían aceptado como uno de ellos, Gilsote continuaba con sus explosivas demostraciones. Cuando llegaron a la orilla del torrente, donde percibió la gran cantidad de yacarés que parecían dormitar en la amplia playa, a la que los hombres empezaron a azuzar, mientras otros lo retenían fuertemente apoyado a un grueso árbol, preparando otros dos las lianas con las que esperaban atarle al tronco. Gilsote pataleaba, gritaba y se retorcía sin alcanzar un viso de piedad, sabiendo que su cuerpo sería desgarrado por los enormes colmillos del reptil.

La poca fuerza que le quedaba, no era suficiente para desprenderse de las fuertes manazas que pretendían inmovilizarle contra el tronco, ni la garganta podía emitir alaridos de socorro, el terror empezó a paralizar sus brazos y piernas sumiéndole en un estado de letargo que adormecía todo su cuerpo. Su cabeza y algo al interior del pecho parecían hervir, como si hubiesen sido expuestos al intenso fuego de una enorme hoguera que de improviso le impidió pensar, desplomando su voluntad en los garfios del espanto extremo.

Cuando esperaba lo peor, escuchó el inconfundible silbido de la bala de un arcabuz que se incrustó en la corteza de un árbol cercano. El sonido fue suficiente para que los indígenas abandonaran su presa en precipitada huída. Era una patrulla española que había escuchado los estruendosos gritos en castellano y acudió presurosa para ver un cuadro inesperado: un hombre blanco casi desnudo, arrastrado por varios salvajes hacia un árbol, cerca del cual se entremezclaba cantidad apreciable de yacarés, con las fauces en apronte para desgarrar lo que pudieran encontrar.

Los indígenas, en su huída, soltaron al desnudo que cayó estrepitosamente al suelo, convulsionándose como si todavía estuviera aprisionado. Cuando un soldado se acercó al caído le preguntó:

― ¿Sois cristiano? ¿Qué pretendían hacer con vos esos bárbaros?―. A las preguntas sólo hubo una respuesta dada en alta voz:

― ¡Gracias Señor! ¡Gracias Madre mía!―, después no pudo pronunciar palabra, sus ojos parecían abandonar sus cuencas, a tiempo de ir perdiendo sensaciones.

Gilsote despertó mullidamente acostado en un jergón de cuero, cubierto por una gruesa y áspera manta, pero dentro de un ambiente cubierto por muros y techo. Su alegría fue indescriptible. Cuando lo visitó un barchilón, se enteró que había vivido diez años y medio con los guaraníes. Existía nuevo gobernador en Asunción y se sabía que miles de personas, llegadas de todo el mundo, explotaban grandes cantidades de plata en la sierra de la plata, en la montaña llamada Potosí y que en breve plazo sus faldas se habían convertido en la ciudad más grande y prospera del Nuevo Mundo y la segunda del Mundo entero. La noticia no lo hizo feliz, porque pensó que se alejaba de la riqueza que era, para él y para todo castellano, motivo de su presencia en las tierras descubiertas por Colón. Fue enterado que, de todos modos, seguían las expediciones para repartir tierra entre los muchos españoles que día a día llegaban a esas tierras, comenzando a llamarse América. Le contaron que Asunción había crecido mucho, aunque parecía disminuida respecto a Buenos Aires que empezaba a ser más importante. Supo también que durmió durante tres días.

El Capitán Don Felipe del Carpio, comandante del puesto Santiago, llamado así en honor al santo de Compostela, fue indulgente con Gilsote, permitiéndole permanecer inactivo dos días más antes de reincorporarse al servicio, al cabo de los cuales le asignó tareas de avituallamiento de una expedición rutinaria hacia el noroeste, junto a otros dos hombres que le parecieron generosos y caritativos, a la vez que gentiles y simpáticos, especialmente quien cumplía funciones de cocinero, siempre dispuesto a darle algo para probar, mientras estuvo en cama. El retorno casi inmediato a los bosques no le causó gracia alguna al recién liberado.

Desde que le comunicaron su destino, Gilsote empezó nuevamente a sentir miedo, agrandado por su experiencia; aunque, no dejó de fantasear deseando quedarse en cama por mucho tiempo o que su cuerpo se hiciera inmaterial, sin que no existiera potencia alguna para retenerle fuera de ella. La fantasía obraba poco a poco sobre su mente ingresándola en un estado etéreo, incorpóreo y volátil, perceptible únicamente por los manantiales de sudor que emanaba su maltrecho cuerpo. Después se percató que cada vez que recordaba la decisión del comandante del puesto, se le nublaba la visión, dejaba de pensar y sentir, deseaba sólo permanecer acostado y durmiendo.

Por más esfuerzos que hacía Gilsote, no podía explicarse por qué su mente no sentía ningún sentimiento en la víspera de partida de la ronda, a la que había sido asignado; aunque, su corazón le hacía percibir un futuro sombrío con múltiples y diferentes alucinaciones, a medida que se acercaba el momento de partir. Con toda la mala gana del mundo se aprestó a la caminata, revisando el equipo que debía transportar, junto con su comida y agua para dos días, como disponía la norma militar. La patrulla no era numerosa, aparte de Hormando, Telésforo y Agustín el cocinero, iban otros tres hombres. El jefe era Eustaquio de Rivadeneira, un viejo soldado con cara de muy pocos amigos.

Los demás también tuvieron muy poco tiempo para prepararse, todos estaban preocupados por cambiarse, vestir prendas viejas y delgadas, tomar precauciones respecto a sus botas y también en cuanto a los trozos de charque y vasijas de agua dulce. Todos estuvieron arreglándose hasta medianoche, mientras Gilsote, antes del crepúsculo ya estaba en cama, durmiendo sin poder mantener-se despierto, los movimientos de sus compañeros producían ruidos que despertaban eventualmente al dormilón para de inmediato tener la precaución de no despertar completamente, por temor a no volver a quedarse dormido.

La excursión fue como siempre dificultosa, por los lodazales que debía atravesar el grupo; pero, sus miembros eran antiguos soldados, compenetrados en el espíritu de sacrificio que imbuían los superiores. Caminaban muy juntos para prevenir sorpresas indeseadas, comunes cuando los hombres se distanciaban unos de otros, facilitando el ataque audaz de los guaraníes a los más alejados del núcleo. Hablaban solamente lo indispensable, porque conocían las facultades auditivas de los nativos del bosque. Estaban convencidos que la patrulla podría cumplir su objetivo de mantener expedita la vía que comunicaba el puesto con la lejana Asunción, por eso trataban de no cometer errores y volver sanos y salvos, sin encuentros inesperados. Gilsote, por su experiencia anterior, era el que mayor cuidado tenía durante la marcha, moviéndose sin causar ruido siempre atento a los sonidos que le llegaban desde atrás del follaje. Su ánimo se debatía entre el temor y la sospecha.

Cuando menos esperaban, sigilosamente apareció gran número de hombres desnudos, muñidos para tomar por sorpresa a los expedicionarios, ajenos al osado ataque. Eran más de veinte guerreros armados con grandes y gruesas macanas, a más de cuchillos. En un momento, la patrulla caminaba maniatada con una sola liana desprendida de un árbol elevado, tan fuerte que impedía mínima reacción de quienes se suponía debían caminar cautelosamente, dispuesta a repeler cualquier forma de agresión.

Tardaron algo para llegar a un espacio abierto, despoblado de espesura donde reposaba la tribu, de inmediato los desnudaron y ubicaron tendidos de espaldas en posición adecuada para ser revisados por el cacique y su estado mayor. Grande fue la sorpresa de Gilsote, cuando vio acercarse al grupo a un hombrecillo rechoncho, medio desnudo, con amplia cubierta de plumas de vistosos colores sobre la cabeza, de pequeña estatura, amplio abdomen, feo como el más grotesco de los monos, cabellera ondulada y espesa, gran cantidad de tatuajes en todo el cuerpo y con un enorme cilindro de madera que cruzaba de fosa a fosa su aplastada nariz. Era el personaje con mayor poder, en la tribu que le mantuvo por más de diez años lejos de su gente; le acompañaba un hercúleo y desnudo individuo, con piel color de chocolate oscuro, formas de simio de igual o mayor fealdad que el cacique y que, para la desgracia de Gilsote, era el padre de Flor la aparente esposa que le había abandonado y que ocasionó que el padre reclamara airadamente, como si él hubiera sido el adúltero.

No podía haberle sucedido nada peor: apenas liberado de diez años de opresión volvía a la misma condición que tanto le había afligido. Su ex suegro le reconoció de inmediato y avanzó amenazante sobre su víctima, cuya dentadura empezó a crujir con estrépito. Gilsote estaba perdido cuando sintió el horrible aliento de su antiguo pariente, era inconfundible el hálito peor que el de los ajos. El miedo le puso en estado febril de tal grado que imaginó sería sometido a crueles tormentos por haber ofendido a su hija y al mismo suegro. No tardó mucho en verse acorralado por los yacarés, sin que tuviera mínima posibilidad de escapatoria, cuando el simio comenzó a sacudirle, con tanta violencia que se le aflojó la vejiga, de tal manera que sintió mojada su cara, al mismo tiempo que el agresor le gritaba:

—Ahora verás desgraciado, no puedes rehuir tu obligación — decía—. ¿Esperas ser disculpado por tu irresponsabilidad, Gilsote?

Al oír estas palabras en castellano, el aterrorizado personaje abrió los ojos como si fueran enormes portones. Su miedo le hizo remirar la situación que le agobiaba, de manera que pudo ver cómo el cocinero le zarandeaba por continuar acostado en el jergón. Para su asombro el guisandero que más parecía un mono nauseabundo, le dijo, mientras Gilsote le miraba con la boca abierta, respirando agitado y totalmente humedecido:

—Si continuáis en cama, tendréis que dar cuenta de vuestra resistencia al comandante ―le dijo en tono amenazante.

Gilsote nunca se jactaba de ser hombre con algunas luces, pero todo lo que le ocurrió durante más de un década merecía ser comparado con lo que vivió los dos últimos días. Él había añorado mucho la cultura europea, sin embargo no pensó nunca en cuanto sigmificaba la civilización europea. Durante su cautiverio había hecho lo que quería las más de las veces, por no suponer que siempre se manejó por sus instintos: comía cuando tenía hambre, no tenía definidas sus comidas, se llevaba al estomago lo que encontraba más cerca. Día y noche estaba casi desnudo, lo mismo que las personas que le rodeaban, no tenía que preocuparse por su vestimenta, ni por su barba, ni por sus modales, ni por nada.

Estaba convencido que evidentemente sentía terror ser nuevamente capturado, aún cuando se tratase de sólo una pesadilla, ocasionada porque el cocinero intentaba despertarle para que cumpla sus obligaciones, cuando por espació de más de 120 meses no debió inquietarse por la observancia de ninguna obligación. Pensó en las situaciones horribles que le tocaron espectar respecto a la conducta de los indios, no parecían en su momento ser tolerables; pero, se preguntaba ¿Era tolerable tener que vivir cumpliendo normas? ¿Es placentero estar obligado con sus semejantes en cuanto a la ropa, la comida, las relaciones con su pareja, la disciplina militar, el comportamiento social, la iglesia? Las respuestas que él mismo se dio eran ignominiosas para cualquier cristiano: no era justo vivir sujeto a reglas y códigos de conducta impuestos por otros sin aquiescencia de uno mismo; no es agradable pensar primero en la convivencia social europea, antes de desenvolverse como hombre libre porque todo individuo debe tener suficiente libertad para vestirse, comer, tener relaciones de pareja, cuestionar las órdenes de sus superiores, sobre todo para robar a los lugareños, quitarles su comida y usurpar sus bienes, su oro, sus dioses. En esta posición recién aquilataba lo magnífico de ser libre, lo gustoso de ser un hombre que hace lo que quiere y no lo que quieren otros. Realmente se vio frustrado, comparando sus últimos más de diez años con sus dos últimos días y llegó a una conclusión: la libertad es el mayor bien de los hombres, como es lo más deplorable utilizar armas de fuego para despojar a quienes viven sin hacer daño a nadie, respetándose a sí mismos.

Todos estos pensamientos le intranquilizaron tanto o más que a sus compañeros: Gilsote se estaba convenciendo rápidamente que vivió más feliz como salvaje que como conquistador. Aunque podría ser pronto un amyrÿi. Mejor como hombre libre que como soldado, obligado a obedecer las órdenes de un rey que nunca conoció. Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó, dejó el arcabuz, su ropa y sus creencias para ir a buscar a los guaraníes y vivir con ellos, desnudo de todo, pero contento; sin tener remordimiento por mantenerse carente de ropas, con más satisfacción que tener riqueza. Aspiraba a la corta camisa que le mantendría desnudo, más que a la riqueza que podría darle un Potosí.

Amistad Medieval

AMISTAD MEDIEVAL Rodolfo Acosta Castro Primera Parte de CRUEL INQUISICIÓN Pedro Pablo, un jovencito andrajoso recorría muerto de hambre y frío, sin un mísero maravedí en la bolsa desde hacía varios días, estaba un día al comienzo del otoño de 1490 en el Puerto de Palos de la Frontera, merodeando las cercanías del mercado en procura de una migaja de pan, como pago de cualquier trabajo; quería asemejarse a otros jóvenes que como él eran producto de los muelles, sin saber quienes fueron sus padres. Pedro Pablo intentaba pasar desapercibido, aunque una detenida mirada a sus ojos hubiera descubierto la terrible angustia que corría su alma. A la edad de 13 años, tenía como único amigo al hijo de un campanero de la capilla del puerto y de una campesina cuyo padre había fracasado como pescador porque, por sus frecuentes libaciones de vino, pocas veces ejercía su oficio. Pedro Pablo acompañó ese día a Juan en lo que le había explicado sería una simple ratería; pero que, resultó ser el asalto a la casa de un acaudalado fraile, poco dispuesto a dejar le despojarán los frutos de sus recolectas, en su larga vida dedicada a celebrar misas, matrimonios y bautizos, sin omitir una que otra barata venta de indulgencias. Despavoridos por la infructuosa incursión contra el anciano clérigo, acusado infinidad de veces de seducir a menores, habían decidido sólo tomar la cesta donde el sacerdote guardaba su dinero, cuidándose de causarle mínimo daño físico. La pareja de fracasados ladrones, identificada por el cura que vendía bulas papales, tuvo que enfrentar secuelas peores: la denuncia del intento ante un subordinado del alguacil que, ni corto ni perezoso, azuzado por el cura, los persiguió hasta detener a Pedro Pablo, mientras Juan Alanez huía más rápido que una zorra perseguida por ágil jauría de perros. Conducido a la cárcel de Palos permaneció en ella, sin que nadie reclamara por él, durante dos años hasta convertirse en un joven sin edad conocida, con indicios de barba pero con vigor suficiente para enfrentar a un toro, pese a sus largos ayunos al interior del ámbito penitenciario. Allí conoció a muchos aventajados amigos de lo ajeno, incluso a otros que no detuvo su conciencia para detenerse en el momento de esgrimir un puñal e incrustarlo en los cuerpos de quienes se resistían a la pretensión de ser despojados de su bolsa. Aparte de alguna esmirriada y ocasional pitanza proporcionada por el recinto, Pedro Pablo solía servir de muchas maneras a los más avezados internos, lavando y arreglando sus ropas, llevando y trayendo objetos al interior del hogar obligado, lo mismo que llevar y traer mensajes entre los que se consideraban importantes para buscar a sus iguales. Cuando, sin ser efecto de alguna gestión fuera liberado, había mejorado su presencia gracias a las prendas despreciadas como vetustas, por los reos liberados que fueron sus protectores. Bien parecido y de buen talante, con esperanza de cambiar su suerte, se alejó feliz hacia donde había sido único ámbito de su vida: el puerto donde, después de infinidad de vueltas observando los cambios que se habían introducido durante su larga ausencia, buscó donde saciar el hambre que empezaba a roer sus tripas. Recordó el típico mesón marinero, donde servían comidas y bebidas que él solía visitar cuando sus pocas posibilidades financieras le permitían el lujo. De llegada al antro no lo reconoció porque había desmejorado mucho. A tiempo de tomar asiento en el primer asiento que vio desocupado, giró la mirada por el amplio local como buscando a alguien que lo estaría esperando, sus ojos no tardaron en cruzarse con otros que lo habían estado observando; aguzando la visión reconoció a su ex cómplice Juan Alanez bien acomodado detrás del mostrador. Sin pensar dos veces volvió a ponerse de pie y dirigió largas zancadas hasta ubicarse frente al ingrato para espetarle: ―¡Maldito me pusisteis en grave aprieto y ni siquiera os ocupasteis de averiguar si aún vivía!―. Dijo a todo pulmón sin cuidarse que otros parroquianos levantaron la vista para observar el desarrollo de lo que, desde ya, parecía terminaría mal. El intimado con toda tranquilidad alargó la mano intentado estrechar la del belicoso, mientras replicaba impávido: ―Debíais tenerme agradecimiento por haberos proporcionado alojamiento y comida segura por largo tiempo. ―Yo debí denunciaros por ser el promotor del ataque al cura― dijo en respuesta aprestando los puños y con los ojos desorbitados por la ira. ―Os equivocáis yo sólo trate de ayudaros cuando no teníais ninguna posibilidad de subsistencia, ―aclaró imperturbable― además debéis saber que os estaba aguardando para haceros participe de la gran aventura que nos permitirá sumirnos, por completo en el olvido, junto con los errores cometidos ―protesto convencido de decir una verdad insoslayable. Fuera de sí el ex presidiario se abalanzó ágilmente sobre el mostrador que mantenía alejado a su interlocutor, tomándolo del cuello con ambas manos y presionando duramente con ellas, mientras insultaba: ―¡No quiero escuchar nada de vuestra asquerosa boca! ¡Os torceré el cogote por ser un vil mentiroso! ―llegó a pronunciar cuando simultáneamente sentía intenso dolor en la nuca que de inmediato le impidió continuar aprisionando al mesonero, para poco a poco sentirse lejano, cada vez más lejano del sitio, hasta caer en total inconciencia. Cuando despertó estaba recostado sobre el desnudo piso de una pequeña y oscura habitación, no tenía noción del tiempo transcurrido desde que enfrentaba al falso amigo, ni podía desprenderse del agudo malestar que sentía en toda la cabeza ni, tampoco, de la pesadez extrema de todo su cuerpo, junto a la inmovilidad de pies y brazos. Después de un momento de incertidumbre se percató de que, cubierto por las sombras de la habitación, había alguien que contemplaba su aletargado retorno a la realidad. Era el infeliz Alanez sentado en un taburete con ambas manos cubriendo la mayor parte del rostro, en ademán pensativo. Sin esperar que el tumbado pueda reptar hacia él o levantarse para volver al ataque, tratando de suavizar la voz y con sentida dulzura le dijo: ―¡Basta Pedro Pablo, basta! debéis escucharme porque en ello va nuestro futuro y la sepultura de nuestras adversidades ―reclamó sin poder disimular su ceñuda actitud, en respuesta a los intentos del caído para extender las manos en actitud violenta, antes de continuar ahora con tono lastimero: ―Por la madre que no tenéis, os ruego me prestéis atención, comprometido a no levantar la mano sobre vos si no logro convenceros de mis buenas intensiones ―recalcó ya como una súplica. La mera mención al ser que lo había traído a un mundo de padecimientos, pero por la que sentía pasión exagerada, le conmovió al punto de abandonar la actitud amenazante para replicar con firmeza: ―Si no lográis persuadirme tendríais que matarme, para que no os despelleje ahora o cuando llegue el fin del mundo, porque sabré mantener intactas mis ansias de venganza ―dijo para concluir sentenciando―: Os prevengo que si tratáis de engatusarme os haré pagar caro vuestros agravios, incluido el presente, hablad os escucho ―recalcó con firmeza. Tranquilizado en parte, el ofensor se puso de cuclillas para acercarse al postrado y hablarle despacio, casi pegado a una de sus oídos, y decir muy convencido: ―En estos días parte de Palos un napolitano, por encargo real, para buscar el rumbo que permita llegar a la tierra de las especias. Yo ya fui contratado como tripulante, a cargo de los suministros de cocina y podré embarcaros como ayudante. Es la oportunidad para dejar atrás nuestras miserias y volver, si el caso aconseja, con honores y riquezas ―afirmó con la certidumbre que había alcanzado después de platicar con quien capitanearía el viaje de tres naves avitualladas por la propia reina Isabel y que, por su porte y manera de hablar, convencía decir verdades irrefutables: llegar a la India donde se podría recoger oro del suelo y acopiar extrañas hierbas y adobos de valor incalculable. La revelación tranquilizó al ofendido y permitió que los dos jóvenes continuaran la conversación hasta llegar los albores de un nuevo día, sentados cómodamente en una mesa donde el sorprendente mesonero ordenó surtir con abundante comida y bebida. Terminaron la extensa plática comprometidos a partir juntos. Llegado el día, 2 de agosto de 1492, antes de salir el sol, los dos muchachos abordaron la nao Santa María cuyo capitán era el propio Cristóbal Colón, al mando de la flota compuesta además por la Pinta y la Niña bajo mando de los hermanos Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón a quienes ellos conocían por ser oriundos de Palos de la Frontera, así como a buena parte de los marinos que partirían en este viaje; aunque también se percibía la mala catadura de otros desconocidos, reclutados quien sabe por qué y dónde. El viaje fue una sucesión de experiencias que irían paulatinamente afianzando la integridad moral de los jóvenes, sometida a continuo contacto con el marino de Nápoles, en un proceso educativo imposible de ser subvertido. Finalmente, ambos obtuvieron la seguridad del oficio cocinero para servicio en alta mar, aunque su obligación principal sólo consistía en llevar escudillas de comidas a los marineros, en los lugares específicos que ocupaban en la nave capitana y lavar los trastos utilizados diariamente para alimentar a la tripulación. Los problemas que confrontó su amistad fueron superados, en aras de los buenos y malos momentos vividos juntos desde su corta edad, pero consolidados con la esperanza de llegar pronto a la India, como aseguraba el capitán con vehemencia contagiosa al principio, pero que fue decayendo, poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, sin vestigios de divisar tierra. Los dos jóvenes habían conquistado la buena voluntad de la tripulación, porque nunca demostraban desgano al atenderles con rapidez, deferencia y esmero. Cuando tenían navegando sesenta y seis días, por la noche Pedro Pablo llevó comida al capitán encontrando que sostenía agria discusión con algunos marineros que deseaban, amedrentados, volver de inmediato a la Península seguros, decían, que no llegarían a ninguna parte y que el mar engulliría pronto la flota; ya que, las aguas no mostraban indicios de proximidad de tierra firme. La persuasiva palabra de maese Colón logró calmar a medias, los temores de su tripulación, dejándole disgustado más que nervioso; por lo que, con un grito inhabitual en él llamó al grumete de cocinero para pedirle: ―Por favor traedme una infusión de tilo … ―, le dijo sin poder concluir la frase porque desconocía el nombre de su servidor. Al darse cuenta que no recordaba el nombre del ágil joven, siempre risueño, que le servía con afecto y responsabilidad, le preguntó para responderse a sí mismo: ―¿Cómo os llamáis? Ya recuerdo sois Pedro Pabli―. Dijo convencido de haber recordado el nombre del aprendiz, aunque bien sabía que pese a su discreto temperamento napolitano había italianizado el apellido, para facilitar su recuerdo sin que ello signifique broma o insulto. Desde ese momento existió en el mundo un grumete llamado Pedro y apellidado Pabli, ajeno a una nominación que pudiera ser, para él, peyorativa o simplemente un eufemismo. En la madrugada del 11 al 12 de octubre, muy temprano, Rodrigo de Triana que igual que Pedro había sido rebautizado por Colón, porque en realidad se llamaba Juan Rodríguez Bermejo, anunció divisar tierra, desde su puesto de vigía de La Pinta, con la posterior sorpresa de que el mismo capitán de la Santa María se adjudicaría haber sido quien vio primero la pequeña isla del archipiélago de las Lacayas, que después sería conocido como Bahamas. La historia puso en duda que habría realizado una acción tan patética, a fin de cobrar el premio de 10 mil maravedíes ofrecido como recompensa por los Reyes Católicos, para quien fuera el primero en avistar tierra. Al día siguiente, 12 de octubre de 1492, la tripulación de las tres embarcaciones desembarcó en la isla Guanahaní, que Colón bautizó como San Salvador, tomando posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos. El 28 de octubre arribaron a la isla de Cuba y el 6 de diciembre llegaron a la isla La Española. En la víspera del 25 encalló la Santa María, con cuyos restos construyeron el fuerte bautizado Navidad, ayudados por el cacique de una zona próxima llamado Guacanagarí. El 13 de enero, ambos amigos se enteraron que Maese Colón decidió dejar algunos hombres en el fuerte, a raíz de lo cual tuvieron la siguiente conversación, iniciada por Pedro: ―En el fuerte permanecerán quienes deseen hacerlo, tengo entendido que Maese escogió al jefe y decidieron quedarse 37 hombres, con la promesa de que Colón retornaría lo antes posible―. A la noticia siguió la siguiente pregunta y comentario: ―¿Pedro, os gustaría que nos quedemos en Navidad? Podría ser muy placentero y lucrativo, porque por los alrededores existe gran cantidad de oro, sin que tenga valor para los indígenas. ―El interrogado respondió, después de pensar breve momento: ―Creo que no, pero tal vez más adelante sería bueno vivir en este paraíso, junto con mis padres que también serían los vuestros, para lo que ahora nos convendría contar con la anuencia de de Maese y traerlos en el próximo viaje. ―decidió Juan confiado en contar con la aquiescencia de Pedro. Tras dejar a 38 marineros en el fuerte, el 16 de enero de 1493 partieron de retorno las dos naves restantes, para navegar de regreso a España. Los 39 españoles permanecieron en el fuerte, mientras Pedro Pabli y Juan Alanez embarcaron, con el resto de la tripulación, siempre al lado del visionario marino, rumbo al viejo mundo. Azarosamente la Niña, bajo el mando de Colón llegó a Portugal, para después entrar triunfante el 15 de marzo en Palos de la Frontera. Durante el viaje Colón había sido consultado si era posible llevar a los padres de Juan a la isla descubierta, sin encontrar oposición y más bien complacencia y compromiso de atender el pedido. Colón, ya Almirante reconocido, partió por segunda vez el 25 de septiembre de 1493 de Cádiz, al mando de 17 navíos y 1.200 hombres portando semillas de trigo, centeno, avena y otros alimentos vegetales, además de parejas de ganado vacuno, ovino, caprino y porcino. La nave capitana descubrió la isla de Puerto Rico y llegó al fuerte de Navidad para comprobar que había sido destruido con todos los españoles muertos. Sobre los restos del fuerte fundó la primera ciudad de América, la Isabela, en honor a la reina de España; entre los tripulantes que acompañaban al insigne napolitano estaban Pedro Pabli y Juan Alanez apenados por la triste suerte de los compañeros asesinados y, también muy asustados, los padres de Juan que habían sufrido los rigores de la travesía con buen ánimo. La llegada de sus padres, precipitó en Juan la decisión de retirarse del servicio a Maese Colón, alegando que ellos necesitaban, más que nunca sus cuidados. Avisado el Almirante y atendiendo los motivos aceptó la petición, no sin antes pedirles consiguieran otro cocinero La instalación de la pareja de ancianos fue en extremo patética, por la alegría de que el hijo dejase la riesgosa forma de vida hasta entonces llevada. Los padres de Juan estaban alentados, también, al saber que habían encontrado en Pedro Pabli, otro protector dispuesto a cuidar sus últimos años, aunque tuvieron que cruzar el Atlántico para ir al encuentro de la felicidad, con la protección del Almirante que, antes de partir, empleó a su antiguo cocinero como funcionario del Virreinato creado por él. Pedro y Juan buscaron entre la gente menor y de su edad, alguien dispuesto a sustituir a Juan. Sin mucho esfuerzo comprobaron que Gonzalo Portal, a quien habían conocido desde hacía mucho tiempo y tenía 20 años de edad, estaba dispuesto a ocupar el lugar de Juan, porque en su pueblo había sido ayudante del cocinero de la fonda más visitada. Como antecedente personal sabían que Gonzalo era oriundo de Higares una pequeña aldea aledaña a Toledo, donde había residido su familia desde tiempos inmemoriales. Maese Colón, como le llamaba Pedro, no tuvo inconveniente en depositar su confianza en los flamantes servidores. En un viaje de retorno sin contratiempos, el 11 de junio de 1496, Colón llegó a Cádiz dispuesto a desmentir las acusaciones de crueldad contra los aborígenes que habían circulado cerca de la corte hispana. Tan mala era la propaganda en su contra que, para no enfrentar la reacción popular, desembarcó vestido con un sayal de fraile franciscano. Pedro acompaño a su amo hasta Madrid donde se encontraba la Corte sirviéndole como siempre con mucha diligencia, en las muchas oportunidades que el marino se reunía con los soberanos y con cortesanos designados por sus majestades para recibir información sobre las actuaciones, planes y opiniones del Almirante. Muchas de esas reuniones se extendían hasta bien entrada la noche, motivando que Pedro, con autorización de su señor, tuviera que buscar alimento en alguna posada cercana al sitio donde quedaba Colón. Durante una de sus comidas, en un mesón llamado El Cochinillo Feliz, Pedro fue atendido por una jovencita muy agraciada con la que rápido entabló animada conversación, pese a que ella no hablaba muy bien castellano, era portuguesa de Sagres un pequeño puerto en el extremo suroeste de la Península Ibérica y se llamaba Lourdes Vasconcelhos. Ella aumentó su interés por el joven al saber que era miembro de la tripulación del hombre que intentaba llegar a la India, navegando por poniente. En el transcurso de la estadía de Colón en Madrid, Pedro no dejó de frecuentar la fonda. Cuando debió marcharse, Pedro le prometió volver a ver a Lourdes porque ambos compartían preferencias y congeniaban maravillosamente. El tercer viaje costó mucho a Colón. Lo inició en Sanlúcar de Barrameda, el 30 de mayo de 1498 desde donde partió pese a la mínima atracción que incitaba llegar a las Indias, con la consiguiente perdida de interés de la población española que incluso permitió embarcar a delincuentes. Después de un viaje sin adversidades, cuando se encontraban próximos a su destino afrontaron una zona con pocos vientos que retrasaron el viaje hasta fines de julio. Cerca a tocar tierra, un tripulante encontró una mañana un polizón que resultó ser una muchacha de 17 años vestida con ropas de varón, llevada a presencia de Maese Colón le contó su historia, mientras Pedro hacía arreglos en el camarote del Almirante. El 2 de agosto empezaron a recorrer las costas de una gran península para, ser testigos de de las primeras manifestaciones de riqueza de las tierras descubiertas cuando vieron que los nativos, sin mucho esfuerzo, pescaban grandes cantidades de perlas. El 20 de agosto, por fin, llegaron a la nueva capital de las Indias, fundada en 1496 por Bartolomé Colón, hermano del Almirante, en el sur de la isla de La Española, a la que habían bautizado como Santo Domingo, desde donde hacía meses, transitaban otros españoles por las muchas islas que se encontraban en ese paraíso. Ya en La Española, Colón convocó a los padres de Juan para hacerles conocer que dejaría bajo su cuidado a la muchacha que, como polizón, había sido parte del viaje, les dijo que no podía devolverla a España, porque salió huyendo por razones muy serias. Escogió a la pareja, porque no existía todavía en las nuevas tierras ninguna mujer, por tanto le correspondería a la madre de Pablo cuidar de la moza, lo que fue bien recibido por Doña Eugenia, encantada de tener una compañera. Durante el poco tiempo que permanecieron en La Española, la niña de nombre Caridad López, se hizo muy amiga de Juan, con beneplácito de toda la pequeña colonia, porque formaban bonita pareja, como dijo alguien. El Almirante tenía la intención de comenzar a poblar La Española, pese al temor que producía, entre quienes esperaban asentarse como colonos, la defensa violenta de los naturales frente a la conquista. Juan había pedido a Maese Colón la dotación de de un trozo de tierra para ser trabajada por sus padres. El Almirante, sin mayor trámite les hizo propietarios de una superficie que nunca soñaron poseer, con vista al Mar Caribe para que Doña Eugenia tuviera presente el origen marinero de su padre. Juan, relevado y afincado junto a sus padres, en el espacio de tierra que Colón les asignara para vivir en familia, se sintió profundamente protegido por el extraordinario marino y afortunado por la amparo de la juventud de los dos muchachos y compañía de Caridad. Para Pedro se cumplía la íntima aspiración de contar con la familia que perdió y de la cual nunca hablaba, lo mismo para Caridad, cuya historia solamente conocían Maese Colón y Pedro. Optimistas todos, decidieron permanecer en La Española después de recibir ayuda de quien todavía era su patrón. Caridad, cuyo apellido era Gonzáles, en un momento de sinceridad, había contado a los padres de Juan que debió embarcarse clandestinamente, en un barco sin destino cierto, obligada por el acoso insufrible de su padrastro en su nativa Gelves, cerca de Sevilla. Antes del último viaje de Pedro al servicio de Maese Colón, Juan y Caridad contrajeron matrimonio, seguido de alegre festejo y con el beneplácito de Don Gumersindo, Doña Eugenia y Pedro. Después de Santo Domingo y cuando, por fin, arribaron a La Española Pedro entusiasmado y enamorado buscó compartir su dicha con Juan, sus padres y Caridad, contándoles la circunstancia de su feliz encuentro con Lourdes. La describió con lujo de detalles, insistiendo en las virtudes que poseía, además de su fresca belleza. No ocultó, a la que ya era su familia, las intenciones que tenía a futuro, acompañada por la bella portuguesa. Aunque omitió referirse al temor sentido en la península y al cuidado que debió tener cuando no estaba al lado de Don Cristóbal Colón. El encuentro de Juan y Pedro con la realidad que enmarcaba el descubrimiento de lo que aparentemente era un Nuevo Mundo, tuvo efecto doloroso para los jóvenes, al conocer las intrigas levantadas en contra de maese Cristóbal y sus dos hermanos: Diego y Bartolomé, que culminaría con la aprensión de los tres y la confiscación de sus bienes antes de enviarlos a España, en octubre de 1500, cargados de cadenas, acusados de esconder el criadero de perlas que encontró Colón en su tercera visita a lo que todavía creía era la India. Toda la familia que bien conocía la moralidad del Almirante se compungió mucho ante la noticia, más cuando Pedro le acompañó, pese a la oposición de quienes decretaron engrillar a tan valeroso y gentil hombre. En marzo de ese año, Juan y Caridad recibieron la gracia celestial de ser padres de un robusto muchacho al que llamaron Jacinto, seis años mayor que Lorenzo, el hijo de Pedro y Lourdes. El viaje de retorno fue para el Almirante y su fiel servidor un calvario indigno de la grandeza de ese ilustre ser humano, al que la envidia y la ingratitud, herían en la profundidad de su alma. Pedro estuvo detrás y al lado de su señor, siempre que permitieron su presencia, lo que no fue cuanto el joven hubiera deseado. No bien los reyes católicos reconocieron lo que habían ofrecido a Colón, antes del encuentro con otro mundo, Pedro Pabli pudo buscar a Angélica para pedirle se casará con él. La oferta fue bien recibida por la joven, pero no así por sus padres, inseguros de las buenas intenciones de Pedro, pero más que todo preocupados por su alejamiento. Pasaron muchos días de averiguación exhaustiva de sus futuros suegros, sobre las nuevas tierras descubiertas, a las que muchos españoles viajaban con la pretensión de encontrar oportunidades para mejorar su calidad de vida y aún hacerse ricos. Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, reconocieron haber maltratado a quien les había dado gloria y riqueza; pero, aunque lo desagraviaron de alguna manera, no le restablecieron los títulos y beneficios que le ofertaron, prometiendo lo harían tras culminado un cuarto viaje, con cuatro navíos y 150 hombres. Siempre con Pedro como sirviente personal, el Almirante partió de Cádiz el 11 de mayo de 1502, con la idea de encontrar un paso que permitiera llegar a la India o a las islas de las Especias, ya que continuaba estando seguro que las Antillas eran la entrada al Asia. Porque se le había ordenado no detenerse en Santo Domingo, atravesó el Océano Atlántico siguiendo una ruta parecida a la de su segundo viaje; luego atravesó el Mar Caribe hasta el Cabo Honduras; siguió hasta el Cabo de Gracias a Dios y recorrió la costa de Panamá. Al no encontrar lo que buscaba: paso, ni oro, ni especias, se le acumularon las penalidades de perder dos barcos. El 1 de mayo de 1503 se dirigió a La Española, pero se vio obligado a llegar a ella como fin de viaje, para después continuar su navegación hasta Jamaica, donde debió encallar dos barcos y esperar. El 28 de junio de 1504 dejó Jamaica y el 12 de septiembre, en dos navíos, volvió a España. El 7 de noviembre de 1504 arribó a Sanlúcar de Barrameda; era un hombre enfermo y fracasado que fue a la corte para reclamar inútilmente sus derechos. Esa fue la última oportunidad que tuvo Pedro para atender fielmente a Maese Cristóbal Colón; porque, desde ese puerto pasó a Lisboa para observar los planes para futuras expediciones de los portugueses que, a veces, parecían llevar la delantera en cuanto a descubrimientos geográficos. En conocimiento de significativos datos sobre los proyectos portugueses, retornó a Madrid para ver a Lourdes, cada vez más presente en los pensamientos del joven. Menos de un año después Pedro se casó con Lourdes y juntos emprendieron travesía hasta La Española. Allí se enteró que el Almirante había fallecido el 20 de mayo de 1506 en Valladolid, sin lograr la restitución de los privilegios concedidos por los Reyes Católicos al descubridor de América que, después su hijo Diego, reclamó ante la justicia para comprobar la ingratitud de la corona de España. Juan y Pedro, con sus respectivas esposas, vivían conjuntamente los dos ancianos, deleitándose de las clemencias del clima tropical, mientras eran empleados del Virrey, pero cuando quedaron desempleados pasaron momentos de incertidumbre aguardando tomar una decisión para encauzar el rumbo de sus vidas, el que tardó mucho en llegar por la suspensión de actividades por causa de la cesación de los hermanos Colón en el gobierno de las islas y tierras descubiertas. Por más de un año prefirieron trabajar cargando y descargando mercancías en el puerto, sin querer ser reclutados para acompañar aventuras, las más de las veces con fines de despojo violento de objetos de valor extraordinario para los castellanos. En todo este tiempo formaron una feliz familia, para solaz de los ancianos y sosiego de los jóvenes. A misia Eugenia sólo la intranquilizaba la recelosa actitud de Pedro Pabli hacia todo lo relacionado con la Iglesia Católica, especialmente en cuanto a los sacerdotes. Pero ella creía poder vencer su indiferencia, mediante la oración. El joven que cada vez era más diferente en apariencia física a ellos, era un dechado de virtudes que, además, parecía guardar en el fondo de su alma un profundo dolor, porque en medio de las pequeñas satisfacciones que en familia, se daban, solía surgir una sombra que entristecía ostensiblemente sus pensamientos, alejándolo de la realidad que vivían. El color castaño pardo del cabello de Pedro, empezó a aclararse, mientras más prominente se hacía su nariz, aunque sin rastros de presencia mora en sus venas. El 14 de junio de 1507 fue padre de un hermoso niño con cabello castaño claro, al que él y su madre decidieron bautizar con el nombre de Lorenzo. Corría octubre del año 1507 cuando Pedro y Juan empezaron a trabajar para Don Vasco Núñez de Balboa quien sería tres años después capitán y gobernador interino de Darién, trasladándose la familia hacia la región homónima, donde el mismo capitán fundó en 1510 la primera ciudad española en tierra continental: Santa María la Antigua del Darién, sobre la costa antillana, previamente explorada por Diego de Lepe y Rodrigo de Bastidas y que en 1507 era un pequeño paraíso, ideal para criar sanos a los hijos y llevar vida tranquila para los mayores. La fraternal amistad cultivada entre Pedro y Juan era cada vez más estrecha; aunque se alteró el deseo de trabajar juntos por las ocupaciones preferidas por los jóvenes; ya que, cuando tenían 31 años de edad Juan mostraba predilección por la aventurera, alentado por la experiencia y conocimientos adquiridos por su hermano en Portugal; mientras Pedro parecía más dispuesto al comercio que al riesgo de los viajes. Juan, siempre en contacto con quienes organizaban expediciones al interior de lo que parecía un amplio continente, también estaba enterado que los portugueses habían llegado, viajando hacia el sur, a un paso que unía los Océanos Atlántico y Pacífico, rodeado de hermosas tierras tropicales, donde los nativos les informaron que hacia el oeste existía un poderoso imperio con abundancia de oro y plata. Juan pese al entrañable amor que sentía por Caridad, Jacinto y sus padres, estimulado por un convincente marino portugués, no pudo desoír el llamado de la aventura, ni dudar que Pedro velaría por ellos, no titubeó mucho en embarcarse en un galeón que navegaría lo más posible hacia el sur. A Darién ya habían llegado muchas personas con diferentes oficios: carpinteros, sastres, zapateros dispuestos a emprender trabajos donde fueran requeridos. Junto a ellos llegaron los comerciantes, destacando los dedicados a la venta de géneros y cueros, vinculados a satisfacer las necesidades más apremiantes de los busca fortunas que constituían la mayor población asentada en este caserío. Pedro, por sus dotes personales, fue empleado como vendedor de tejidos de toda índole en un negocio instalado por el comerciante gallego Erasmo de Mendonça. Pasados más de siete meses como vendedor Pedro, en noviembre de 1512, se desplazaba con facilidad atendiendo la demanda de telas, explicando las cualidades de las que atraían a los compradores, convirtiéndose en hombre de confianza del dueño por la diligencia con la que cuidaba los intereses del traficante en géneros. Un día, como cualquier otro, Pedro atendía los pedidos de un cliente, cuando insólitamente palideció al ver entrar al local a un sacerdote bastante mayor que calzaba, inusualmente en esos lugares, botas cortas, llevaba hábito de color púrpura, con cuello blanco inmaculado, muy bien planchado y que ingresó al establecimiento acompañado de dos clérigos más jóvenes. Dirigiéndose al dependiente, preguntó con la modulación propia de quienes están acostumbrados más a mandar que a pedir: ―¿Tenéis camisas blancas de mi talla? Gonzalo tardó en responder: ―Si, ¿gustáis que os muestre algunas de algodón? Tenemos de varias calidades― dijo mirando de soslayo al purpurado. El sacerdote se acercó con ojos ávidos a escoger entre las varias que Pedro puso sobre el mostrador, apartando dos y preguntando el precio de las mismas. El detallista hizo conocer el precio por unidad y el total del precio, con celeridad, quedando la transacción consumada cuando el clérigo entregó siete maravedíes de plata, recogió las prendas uno de los jóvenes acólitos y se retiraron todos. El resto del día Pedro estuvo oprimido por inusitada intranquilidad, advertida por el propietario que, sin ánimo de reproche, indagó: ―¿Os sentís enfermo? ¿Qué os pasa?― para después comentar: ―Parece que os asustó la presencia del sacerdote que compró camisas. El vendedor lanzó a su patrón una mirada insinuando disculpa, al mismo tiempo que decía: ―No es nada Don Erasmo, creo haber desayunado abundantemente. Esa noche caminó mucho antes de acostarse y una vez en la cama no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, abrió algo retrasado el negocio y, desde ese día, empezó a desaparecer de su rostro la sonrisa que siempre dedicaba a los parroquianos del negocio. Don Gumersindo y Doña Eugenia, con los que vivía en la misma casa, se percataron de inmediato que algo malo le sucedía; por su parte, Don Erasmo también percibió el cambio en su eficiente colaborador. Los tres, en su oportunidad, indagaron el motivo por el que Pedro había adoptado gesto preocupado, con evidentes muestras de temor, a lo que siempre él negó con débil insistencia. Como casi era normal Juan estaba ausente, acompañando a Don Vasco Núñez de Balboa, por lo que no se enteró de la novedad. Pasados la Navidad y Año Nuevo 1513, tres meses y unos días desde que Pedro cambiara y porque en la cocina de su casa sobraba más comida que la habitual, Pedro recibió llamada de atención de los ancianos que le querían como a hijo: ―Pedro, dejasteis de comer normalmente estáis perdiendo peso, decidnos qué os ocurre, de lo contrario haremos que Juan se entere― dijo Doña Eugenia, a manera de amonestación y amenaza afectuosa, a lo que el reprendido respondió con manifiesta amargura: ―No me siento bien en Darién, desearía volver a La Española―. Rápido intervino don Gumersindo diciendo con palabras que, notoriamente, brotaban de su corazón compungido: ―Decidnos, por piedad, qué os acontece. ¿Será que tenéis queja de nosotros? Si algo os aflige decid qué es y nosotros con la ayuda de Dios pondremos remedio a vuestra congoja, no dudéis en tenernos confianza; desde nuestra llegada, vos y Juan sois todo para nosotros. Por favor, contadnos lo que os sucede y os prometemos disipar sea lo que fuera aquello que os apesadumbra―. Dijo, con las últimas palabras como una imploración. ―No es culpa vuestra ni de nadie, es sólo que ya no me encuentro feliz en este lugar, por lo que os pido me dejéis partir con la seguridad de que siempre tendréis en mí al hijo que os quiere con toda su alma― argumentó Pedro. La explicación de Pedro impactó mucho sobre Doña Eugenia que, instintivamente, empezó a llorar sin poder contener copiosas lágrimas, mientras intentaba secarlas con el borde de su pollera y a la vez rogaba: ―Os suplico Pedro por lo que más queráis en este mundo nos digáis la verdad respecto a lo que os sucede― dijo entre sollozos antes de recurrir al siguiente argumento: ―Tened en cuenta que nosotros somos lo único que tenéis aquí y nos causa mucho dolor veros sufrir, tal vez podamos hacer algo para superar la angustia que os trastorna―, expuso la anciana llegando a su máxima resistencia y sin poder una palabra más, porque su llanto ya era incontrolable. Pedro se sintió muy afectado por las palabras de esas personas que quería tanto y que correspondían su sentimiento con sincero amor paternal; por lo que, su natural sensibilidad se amplió a tal punto que su mirada se fue enturbiando poco a poco, hasta concluir tratando de contener las lágrimas, infructuosamente, con las palmas de sus manos. El padecimiento que sentía al ocasionar sufrimiento en quienes se comportaban como amorosos padres, quebró su voluntad de mantener en secreto el motivo de su ansiedad y quebranto obligándole, mediante un esfuerzo grandioso, auto controlar su dolencia, vencido por la necesidad de mitigar el desconsuelo de los ancianos. En un rasgo de grandeza o de humildad, vencido por las circunstancias pronunció sólo dos palabras: ―¡Debo huir!― para después de un momento que pareció eterno para los tres, continuar: ―¡Descubrieron quien soy, estoy perdido!―. Ante esta terrible confesión, cuyos pormenores y alcances desconocía, el matrimonio al mismo tiempo, abrazó tiernamente a Pedro en ademán de protección, mientras el joven no dejaba de llorar amargamente. ―Este hombre es inconfundible, es el mismo― dijo con muestras de verdadero pánico, recordando al sacerdote alto y enjuto, de aproximadamente cuarenta años de edad, con ojos de mirada penetrante, nariz delgada pero larga, voz aflautada y presencia general que, por alguna razón, asustaba. Pasado apenas el mal rato, ya sereno Pedro pidió a quienes fungían como sus padres, escuchar la historia de su familia y suya propia. Con una seña cariñosa les pidió calma y juntos tomaron asiento alrededor de la única mesa, de todo uso, que tenía la familia. Armándose de valor y mirándoles a los ojos confesó: ―Soy judío, aunque desde que vivo con ustedes también amo a Jesús― dijo con una mano sobre el corazón, para seguir: ―Cuando nos conocimos con Juan, estaba viviendo escondido en el Puerto de Palos, huyendo de Cádiz con un certificado de trabajo falso, escrito por un judío converso para ayudarme a dejar el país. Mi familia, desde mis tatarabuelos vivía en Toledo, ejerciendo como banqueros, generación tras generación. Cuando Isabel y Fernando vencieron a los moros, emprendieron feroz persecución contra los judíos presionándoles y coaccionándoles para que se convirtieran, pero principalmente para apropiarse de sus bienes. Mi padre era el judío converso Aarón Abravanel que adoptó el apellido Ortega junto a sus hermanos Abraham y Jacob. Ellos habían condonado una fuerte deuda a la reina, para poder dejar el país llevando sólo dos mil ducados para los gastos de viaje y dejando todo lo que poseían, pero los jueces que atendían los problemas de los israelitas rechazaron la oferta, disponiendo la prisión de toda la familia, formada por tres parejas con siete hijos en total, uno de los cuales soy yo―. La amargura del recuerdo hizo que nuevamente derrame copiosas lágrimas, pero sobreponiéndose rápido pudo continuar: ―Los tres hermanos y sus esposas, fueron cruelmente torturados para confesar un pretendido depósito secreto de joyas y oro de la familia. Les decían que el dolor les purificaría de las herejías cometidas durante toda su vida y permitiría la entrega de la fortuna a la corona, con destino a la construcción de templos para los idólatras que encontraran los sacerdotes en sus viajes de evangelización―. Tomó una bocanada de aire antes de seguir: ―Infinidad de veces, casi a diario, por espacio de un mes, les aplicaron el tormento del potro, tanto a los hombres como a las mujeres. Toda la familia estaba alojada en una mazmorra oscura y húmeda en la cárcel de Toledo, de donde todas las mañanas sacaban a la fuerza a nuestros padres y madres para llevarles a una celda donde tenían instalada una máquina de madera que servía para sujetar caballos cuando se resistían a dejarse herrar o curar y que convirtieron en aparato en el cual sentaban a los procesados, para obligarles a declarar por medio del tormento. Cuando regresaban a nuestros mayores a la gran celda, donde permanecíamos los niños, los arrastraban porque no podían tenerse en pie. Los chicos, con sólo un sorbo de agua y una porción de pan, permanecíamos casi todos los días solos, llorando por el dolor que tendríamos que tratar paliar infructuosamente. Mi padre parecía ser el más fuerte, porque cuando me acercaba a él para consolarle, sacando fuerzas de no sé de donde, me decía que atienda a mi madre cuyo estado era, día a día más grave: parecía no sentir nada y ya no me reconocía. ―Un día acompañó un sacerdote al lúgubre séquito de verdugos―, continuó contando Pedro. Con el rostro cada vez más compungido por traer a la memoria momentos tan terribles, concluyó: ―Al vernos a los niños ordenó ese fraile fuéramos llevados al catecismo. Yo le dije a uno de mis primos de mi misma edad que posiblemente nos tratarían mejor, aunque lejos de nuestros padres. ―Pero cuán equivocado estaba―, balbuceó apenas Pedro para contar lo más horroroso de su relato: ―De inmediato aparecieron unos frailes que torpemente cargaron con nosotros fuera de la celda para llevarnos a otra más pequeña, donde al rato comenzaron a disciplinarnos en brazos y piernas, con unas largas y delgadas varas de madera, repitiendo como orates una y otra vez: ―¡Perdónalos Señor y absuélvelos de sus pecados! Mientras gritábamos al sentir manar nuestra sangre, de las huellas que las varas dejaban en nuestras carnes. Estaba a la cabeza de ellos un fraile con túnica y escapulario, sobre los que llevaba una capa, con capucha, todo de color negro. Él era quien manejaba con mayor destreza la vara. Al pronunciar las últimas palabras pareció que Pedro se desplomaría de la silla donde estaba sentado, por lo que Don Gumersindo y Doña Eugenia lo tomaron, al unísono, en sus brazos donde permaneció hasta que terminaron sus sollozos, para decir finalmente con los ojos muy abiertos por el espanto que aún sentía: ―El sacerdote que ordenó atormentarnos está aquí e hizo citarme a su alojamiento donde tuve que sostener no conocerlo. Él no me reconoció, pero presume soy judío que, más temprano que tarde, deberá confesar su credo―. Dijo desesperado, para decir nuevamente entre gemidos: ―Si no desaparezco pronto me apresará nuevamente, no lo hace ahora porque seguramente no tiene donde encerrarme. Conscientes de lo que se habían enterado, Don Gumersindo y su esposa arrullaron a Pedro como si fuera un bebé, hasta que estuvo dormido. Luego, el anciano salió rápidamente de la casa y se dirigió presuroso a la precaria construcción donde se alojaban provisionalmente dos clérigos de la Orden de San Francisco. Sofocado por la premura de la marcha, preguntó por Fray Santiago que momentos después estuvo frente a él preguntando amablemente: ―¿En qué os puedo servir Don Gumersindo? El interrogado contó minuciosamente todo lo que había escuchado de Pedro. Una vez concluida la historia pidió al clérigo: ―Por favor Fray Santiago, ayudadnos, sólo vuestra merced puede hacer algo a favor de nuestro Pedro―. Afirmó lleno de confianza Don Gumersindo, a lo que el franciscano, después de meditar por breves momentos aseguró: ―Hicisteis lo correcto, nosotros podemos ayudar a vuestro hijo. Traedlo esta misma noche, no importa la hora, pero que sea antes de la madrugada. De inmediato Don Gumersindo hizo el viaje de regreso a su casa, aligerando el paso hasta parecer que corría. Una vez en el interior de la misma y luego de informar brevemente a su esposa, despertó a Pedro exponiéndole lo que había aconsejado Fray Santiago. Al principio el joven se horrorizó pensando que el cura lo denunciaría con el testimonio del anciano, pero éste, cuando creía que su protegido saldría corriendo, se agachó y le susurró pocas palabras al oído, las que cambiaron la actitud de Pedro de manera inusitada. En pocos minutos ambos estuvieron listos para ir a buscar al sacerdote. Ya en su presencia, Fray Santiago abrazó a Pedro y le pidió se despidiera de su padre, porque pasaría bastante tiempo antes de que puedan reunirse nuevamente. Comenzaban los primeros días fríos del invierno de 1513. Al día siguiente por la tarde, cuando el crepúsculo empezaba a ensombrecer la pequeña ciudad, súbitamente un grupo de soldados mandados por un sacerdote se presentó en la casa de la familia Alanez. Ante las reiteradas preguntas sobre Pedro, marido y mujer sostuvieron que el joven había vuelto a la Península el día anterior, en una nave que desembarcaría en Cádiz después de hacer escala en La Española. Al lado de la pareja, atestiguando la veracidad de lo que sostenían, estaba Fray José de Soria, hermano en la fe de Fray Santiago Balenciaga y Rojas que avalaba lo afirmado la pareja: había partido en la misma embarcación a Tenerife, una de las siete islas que formaban el archipiélago de Canarias. En 1537 Juan, el hermano de Pedro, se encontraba sentado en una roca mirando el mar sobre un acantilado bajo, sujetando las riendas de un hermoso alazán, desde donde podía ver una playa amplia de arena fina que cubría toda la ribera. A su frente estaba una extensa masa de agua de color similar al del Mediterráneo. Se había adelantado por orden de su jefe, sin pensar toparse con el magnífico espectáculo de avistar un nuevo mar que se introducía hacia una porción enorme de territorio, al que se suponía llegaba hasta el centro de un enorme continente y donde se encontraba el legendario cerro de plata. Juan, pese a tener 60 años de edad, era un hombre ágil, musculoso y entusiasta cuando atónito contemplaba la magnificencia del Río de la Plata.