Paraíso Guaraní

PARAISO GUARANI

Rodolfo Acosta Castro

Toda autoridad del Río de la Plata, desde Asunción, Buenos Aires u otro sitio, donde eventualmente se encontraba, siempre tenía disposición para buscar la manera de llegar a esa sierra de la plata que ya era legendaria. Gil Pérez y Toñuelo, apodado Gilsote, era un hombre llegado desde España acompañando al Capitán Juan de Ayolas y que, en 1538, después de la muerte de éste, estaba bajo el mando de Manuel Monteclaro, junto a otros adultos y jóvenes de su misma edad y similares aspiraciones.

Como era corriente había marchado, junto con otros expedicionarios, grandes distancias, buscando indicios que permitieran al Gobernador Domingo Martínez de Irala conquistar la gloria llegando a la sierra de la plata que haría ricos a todos quienes se jugaban la vida, moviéndose infatigablemente en busca de una posible utopía. El último desplazamiento salió desde la Candelaria hacia el norte, habiendo llegado a unas ciénagas que los nativos guías, llamaban Izozog. El sitió era fantástico por la variada fauna y su entorno vegetal. No era posible contar el número de coloridas aves, de todos los tamaños y matices, que se veía diariamente. En las aguas, poco profundas, existía tal cantidad de peces que los expedicionarios comían como nunca lo habían hecho antes, acompañando los pescados con un tubérculo que los indios llamaban yuca y que tenía sabor inconfundible por su exquisitez.

El 21 de mayo de 1555 regresó la patrulla, para informar que las noticias sobre la tierra, donde abundaba la plata, se llamaba Sumac Orcko y que estaba siendo explotada con todo éxito por número creciente, de españoles en un lugar que se conocía como Potosí, donde ya estaba fundada una próspera ciudad con miles de bocaminas, en la imponente montaña que confirmaba las noticias sobre lo que se conocía como sierra de la plata.

La expedición había sido completamente afortunada, consiguió muchos animales vivos y carne salada de mamíferos y peces. Además varias especies vegetales, desconocidas en Europa, entre las que sobresalía el tubérculo conocido como la yuca por su agradable sabor, cocida o asada. Después de cuarenta y dos días de campaña, o mejor dicho, de asombro y sorpresa incesantes, los hombres y caballos, pese a su rica alimentación, estaban delgados, extenuados, aunque conservaban la mirada vivaz y rellena de ímpetu. Los hombres estaban bronceados por la fuerza del sol y la tibieza del ambiente con los cabellos muy largos, las ropas deshechas y sucias, tan gastadas como los correajes y los avíos de las cabalgaduras. Los españoles, como todos los de su raza, se mostraban despreocupados por los peligros afrontados y por los infortunios que debieron padecer por las largas caminatas, las noches atentas a cualquier contingencia por parte de nativos hostiles.

Para realizar buen trabajo, tal como disponían los jefes, mandaba la religión y necesitaba cada uno, debía cada uno cumplir su objetivo de atesorar la mayor cantidad de riqueza, mantenerse sano de cuerpo y alma, encomendándose a Jesús y María. En casos como estos ¿qué jefe no hubiera preferido a estos valerosos y fieles expedicionarios?

Gilsote, igual que sus compañeros, tenía presente todo el tiempo que sus esfuerzos serían recompensados, indudablemente, más temprano que tarde, con el placer que brinda la posesión de oro o plata en cantidad suficiente para volver a la pobre aldea que le vio nacer, con la felicidad y placidez que proporciona ser rico. Tenía además presentes a sus padres y hermanos menores, junto a los abuelos, los tíos y primos, los amigos y los conocidos a quienes podría cambiarles la vida, al volver con medios suficientes para comprar algo de tierra, cultivar y criar ganado. Todos los días, desde muy temprano en la mañana y hasta muy tarde en la noche, pensaba en todas las pequeñas felicidades que le esperaban.

Ahora, luego de las penurias soportadas, se solazaba por dormir sobre algo mullido y bajo techo, intentando minimizar momentos difíciles, tristes y angustiosos vividos en lugares inhóspitos, plagados de riesgos. Con mucha satisfacción podía descansar sobre un colchón de paja, con la cabeza apoyada sobre sus ropas ya lavadas y recosidas. Su complacencia aumentaba al saborear, nuevamente, la comida tomada sentado en una silla y sobre una mesa, aunque sólo fuera de pan y carne salada, pero rodeado de alegres camaradas que sabían gozar la vida, aunque fuera incierto su destino.

Sus sueños tenían sabor a la dulzura de la moza que gustaba atisbar en la lejana Almensilla, a tres leguas y al suroeste de Sevilla, que rogaba a Dios no consiguiera marido hasta que él retorne. Ella era bajita, bastante rellenita, pero con una sonrisa que podría alegrar la vida del más amargado mortal. Apenas había hablado una vez con ella, preguntándole sobre un corderito perdido cuando ambos hacían de pastores. Se preguntaba si habría cambiado su figura y su forma de lucirse con flores en el cabello; imaginaba llevaría un jazmín como le gustaba o una flor de granado o violeta. Pensaba que sus padres, amigos de los suyos, no se opondrían a tener un indiano en su familia, siempre que estuviera forrado con buena cantidad de oro, igual que algunos que habían retornado y comprado tierras, casas, muebles y ropas. Pero, también, se preguntaba si seguiría dueña de ese caudal de ternura y si le sería fiel y consecuente con su amor. La verdad era que no había ningún otro soldado, con aspiraciones iguales a las de Gilsote.

Daba mucha felicidad cumplir una misión, pero daba más placer quedarse en el campamento sin exponerse a los peligros de las travesías por lugares desconocidos, con toda clase de peligros.

Como era costumbre, la partida completa debía presentarse, después de recuperar fuerzas, acompañando a Manuel Monteclaro como jefe. A dos días del retorno se sintieron suficientemente capaces para cumplir la usanza militar. El superior de Manuel, Don Celestino Pino, los recibió paternalmente, manifestando que estaba orgulloso de tener bajo su mando a hombres tan valerosos, incluso dijo que estaba contento de los logros alcanzados en la incursión. Luego llamó aparte al comandante para, por mucho rato, decirle en voz baja un discurso que parecía ser agradable, según se podía calificar por la expresión de sus semblantes y era que le estaba convenciendo para ir a despojar a los nativos del oro que tuvieran.

Al terminar la plática, Monteclaro reunió a sus hombre para comunicarles que debían marchar, al día siguiente, en una nueva expedición mucho más al norte de la que habían concluido. El movimiento de los gruesos mostachos y luenga barba del jefe, se elevaba a la altura de sus cejas, mientras en sus subalternos la tranquilidad descendía, porque nadie podía superar el temor que entrañaba ser parte de pequeñas patrullas a las que se encargaban largas incursiones, en territorios desconocidos con innumerables riesgos. Se daba por seguro que los convocados simulaban no escuchar, ensayaban miradas de resignación. Los ojos y nariz del comandante se movían para mostrar signos de íntima satisfacción; pero también, se podía percibir alargadas miradas de los soldados, intentando desechar tétricos pensamientos.

Al día siguiente, de madrugada antes de la salida del sol, sólo tres días después de haber vuelto de una expedición que duró más de cuarenta días, el grupo de Manuel Monteclaro, acrecentado a quince subalternos, partió con rumbo noroeste, hacia la comarca conocida por los indígenas como Chacu y Chaco por los españoles.

Después de cuatro días de marcha, la expedición contactó con un indígena que había mantenido excelentes relaciones con los españoles en un pasado no lejano, cuyo nombre en lengua pampa era Calquen, en castellano águila grande. Cuando se enteró del rumbo a seguir, en su precario castellano comunicó que marchaban en dirección al Río Pilcomayo que nacía en los contrafuertes montañosos occidentales, donde vivían como nómadas los mataguayes, la tribu a la que otras de la región llamaban despectivamente “pies de ñandú”. Calquen, les dijo:

―Es una enorme llanura que limita muy al norte con los llanos del Mamoré una extensa área de bosques tropicales y al sur con las pampas. Está habitada por indígenas muy belicosos y crueles. En la llanura llueve mucho y el calor es insoportable. Los ríos que la atraviesan son el Pilcomayo y Bermejo cuyas nacientes están en las montañas del Tahuantinsuyo, el Estado poderoso donde está la sierra de la plata. El nombre chacu lo pusieron los quechuas y quiere decir: país de las cacerías, porque existe gran variedad de animales, unos con carne comestible y otros carnívoros peligrosos.

La sola mención de la tierra de la plata excitó a Monteclaro, incitándole a reiniciar la caminata para llegar, lo más antes posible, a la montaña que estaba seguro haría ricos a todos los expedicionarios. Siempre hacia el noroeste, reiniciaron la aventura tratando de ignorar el calor, el terreno anegado, la picadura de los mosquitos y el temor de toparse con alguna tribu de indígenas agresivos.

Dos días, después que el jefe decidiera caminar más de noche que de día, los cansados andarines vieron delante de ellos, a poca distancia, los destellos de una gran hoguera a la que se acercaron con mucha precaución, cuidándose de no causar algún ruido que podría delatar su presencia. Monteclaro no quería enfrentar a los que estuvieran alrededor del fuego, sólo quería saber quiénes y cuántos eran. Calquen que eventualmente hacía de guía, estuvo de acuerdo en no provocar un encuentro, antes de identificarlos. El jefe dispuso que sólo Calquen con dos hombres se aproximarían lo suficiente al lugar de proveniencia de los destellos.

El indígena, como todos los nativos, era muy sigiloso, contrastando con la torpeza de los castellanos, uno de los cuales era Gilsote y el otro un extremeño conocido como Fadrique. Con sumo cuidado llegaron a una colina desde la que era posible observar la hoguera, habían avanzado las últimas varas reptando. Cuando llegaron a la cima de un otero fueron sorprendidos por los nativos que en grupo, posiblemente, trataba de incorporarse a la reunión celebrada en torno a la fogata. La resuelta y súbita acción de los indígenas tomó de sorpresa a los blancos, no así a Calquen, impidiéndoles reaccionar; el ataque sorpresivo dejó muerto a Fadrique, mientras desaparecía el guía en las sombras de la noche y Gilsote caía en poder de dos robustos indios.

En instantes los captores avisaron con gritos la captura de un intruso, al centenar de hombres, mujeres, ancianos y niños que descansaban haciendo ruedo a un amplio fuego. La mayor parte de los indígenas salió chillando ferozmente por todo lado en busca de otros husmeadores, pero sin encontrar a nadie, debido a que el resto de la patrulla había espectado lo sucedido y retirado con la rapidez que impulsa el miedo.

Gilsote fue golpeado y empujado violentamente hacia la gente, que cuando lo tuvo a su alcance, se ocupó de quitarle sus ropas vociferando, de tal manera, que la víctima no pudo darse cuenta real de lo que le sucedía. Casi paralizado por el terror, no ofreció resistencia alguna, sólo atinó a resguardarse de los golpes que le propinaban en la cara y cabeza. No tardó mucho en perder el conocimiento.

Las luces del amanecer despertaron a Gilsote, cuyo cuerpo desnudo y atado como un ovillo, había permanecido la noche entera acostado sobre el suelo; sin embargo, no sintió dolor alguno ni molestia por dormir sobre la dura superficie del escampado, donde todavía humeaban los restos de la hoguera. Cuando tomó conciencia de lo sucedido, giró la cabeza y vio a sus captores. Eran muchos indígenas casi desnudos. Gilsote se irguió del suelo donde había pasado la noche. Cuando aguzó la vista evidenció que los indios mayores, hombres y mujeres, sólo llevaban como ropa una corta prenda parecida a camisa que no llegaba a cubrir el ombligo. No vio tienda, carpa u otra estructura parecida a vivienda o simple cobertura contra la intemperie.

Nunca supo que le decían las mujeres y niños que se agolparon a su alrededor, para gritar en una lengua extremadamente aguda que parecía herirle el cerebro; tampoco pudo entender por qué le golpeaban con puños y patadas, aún cuando estaba maniatado e indefenso. A media mañana, cuando los grupos todavía se alternaban para agredirle, apareció un indígena coronado con coloridas y largas plumas, portando un pequeño tronco, acompañado por otros tres individuos de apariencia similar pero sin las mentadas plumas.

Al ver al hombre desnudo que yacía ensangrentado y casi muerto de miedo, los indios hicieron, supuestamente, algunos comentarios en su incomprensible lengua, aumentando el terror que sentía el prisionero. Creyó que la decisión de ese conciliábulo debió ser mantenerle con vida, para que sirva de alimento en caso de necesidad. Lo cierto es que, desde ese momento, lo alivianaron de sus ataduras y pudo caminar por el campamento como uno más de los miembros de la tribu, con los que ya estaba, de entrada, identificado por su completa desnudez.

Su necesidad de alimento le llevó a merodear los lugares donde las mujeres asaban carne, teniendo en su entorno a los miembros de la familia aguardando recibir la parte que le correspondiese, pero sin poder precisar la clase de carne que era cocinada. Vio luego cómo se distribuían trozos asados a las llamas y presenció antojado cómo los engullían, sin tener perspectiva de recibir una ración. A medida que los comensales terminaban sus raciones, se iban deshaciendo de huesos y cueros, arrojándolos lo más lejos posible, sobre los que caía Gilsote para calmar su hambre. Desde ese momento adoptó la forma de obtener alimento, para no morir de inanición, sin pensar cuánto tiempo duraría ni siquiera imaginar otra forma de conseguir alimento.

Al principio el joven español, intentó conservar el registro del calendario, pero poco a poco se fue dificultando llevar debida cuenta del día y la fecha en que se encontraba, hasta olvidar por completo el día, mes y hasta el año. A medida que avanzaban los días iba reteniendo algunas de las palabras, con las que se comunicaban sus captores y empezó a usarlas con relativo éxito, a medida que los indígenas parecían olvidar que era un prisionero, para tratarlo como uno de los suyos. Los niños fueron quienes más próximos le recocieron como amigo, porque les enseñaba simples juegos de manos para tenerlos ocupados, mientras los mayores iban en busca de comida, siempre animal con alguna ingesta de yuca. Su problema de ropa fue resuelto pronto, cuando un anciano que había fallecido en el monte, fue descubierto por Gilsote y al que arrebató su corta vestimenta, con lo que parecía un hombre más de la tribu, porque el color de su piel oscurecía con facilidad y sólo le diferenciaba de los demás guaraníes su cada vez mas larga barba, por tanto era un ivy pora más.

Rápido el ex prisionero se dio cuenta que estaba en un pueblo que vivía preparado y preparándose continuamente para la guerra y que todos los otros pueblos vecinos, eran potenciales enemigos en determinadas circunstancias; aunque, el adversario declarado era siempre el conquistador español. Se enteró además que entre los pueblos autóctonos existía una especie de diplomacia que los mantenía informados sobre los sucesos trascendentales en cada grupo humano. De ahí que los nativos se referían a la sierra de la plata, asegurando su existencia. Las relaciones entre pueblos o tribus se establecían a través de un solo idioma, que Gilsote suponía era el guaraní similar al que utilizaba la tribu que le retenía. Sin embargo, algunos miembros de la tribu eran requeridos para comunicarse, cuando recibían algunas visitas cuya lengua era diferente al guaraní. Los que hacían de interpretes utilizaban el quechua como lengua del Estado más poderoso, cuya influencia se extendía, al parecer, por toda esa parte del continente. Suponía el cautivo que alguien en cada pueblo tenía conocimiento suficiente del quechua para relacionarse, a través de una lengua común, con cualquier otra etnia.

Con el tiempo se fue enterando de los ejercicios continuos de la especie de milicia que tenía la tribu, de donde salían hábiles combatientes. Supo a la vez que la tribu mantenía un ejemplar sistema de seguridad, basado en la sustentación de estrecha vigilancia alrededor del campamento sedentario unas veces y otras nómada, bajo estricta disciplina militar a cargo de un cuerpo de guardia que, en el día, se ubicaba en lo alto de los árboles y en la noche correspondía a muchos centinelas y espías distribuidos en dos y más leguas a la redonda, los que daban aviso inmediato de cualquier novedad usando pitos, para que los hombres sean alertados y prevenidos con prontitud, a fin de que los guerreros tomen sus armas, cuando se detectaba la presencia de enemigos, mientras las familias buscaban los lugares, previamente acordados, para refugiarse sin sufrir iguales consecuencias que los combatientes.

Cuando los nativos se detenían en algún lugar, tanto hombres como mujeres, se ejercitaban disparando el arco, para mejorar su destreza. Además del arco usaban gruesos y duros palos como macanas y cuchillos construidos con las quijadas, agudas como sierras, de palometa también llamada piraña, un pescado que abundaba en aquellos ríos. Dichas quijadas, eran engastadas en varas de madera y con ellas podían degollar a un hombre con facilidad y presteza. Así estaban seguros de estar preparados para rechazar cualquier agresión y también atacar con salvaje crueldad, intentando matar en el primer encuentro a todos quienes se ponían a su alcance, excepto a los muchachos reservados para criarlos de acuerdo con sus costumbres y aumentar el número de individuos de la tribu, casándolos con sus hijas. Dejaban también con vida a las mujeres adultas tomadas prisioneras, para venderlas a otras tribus donde servían como criadas.

Gilsote pronto comprendió el motivo por el que todavía estaba vivo, cuando una noche un indígena maduro lo tomó con fuerza de un brazo y lo arrastró hacia un sitio donde yacía una joven, posiblemente su hija, obligándole a copular con ella, de la misma manera que lo hacían todos, sin esconder su intimidad. Desde ese día, el joven marido era convocado para ejercitarse con el arco, la macana y el cuchillo. Su falta de destreza le ocasionaba castigos, con varas delgadas. Ya era un nuevo miembro de esa comunidad guaraní, sin siquiera conocer suficientemente la lengua con la que se comunicaba, pero sabiendo que la joven se llamaba Yibuti.

Ella le había dicho rojaijú, que significaba te amo, como única fórmula del enlace celebrado que duró poco hasta que Flor, a la que Gilsote llamaba cariñosamente Lola, desapareció en la floresta con un joven guerrero quedando el matrimonio concluido, sin consultar al aparente marido.

Antes, también sin su consentimiento, le habían tatuado en hombros, brazos y espalda, utilizando como instrumento las puntas del pez llamado raya. Lo que mayor impresión le causaba eran los agujeros en el labio inferior, donde metían un barbote o pendiente de madera, al que llamaban mbela, que de ordinario significaba el ingreso a la edad de guerrero o un reconocimiento por comportamiento destacado en el campo de batalla o la lucha con el yacaré, esa especie de cocodrilo cuya caza era la forma tradicional para demostrar valor y comer su agradable carne.

Llamaban yacaré al caimán de gran tamaño, siempre dispuesto a feroz acometida, sin posibilidad de que suelte la presa cogida, debido a la forma de sus dientes: los de arriba puntiagudos para encajar en los inferiores. Estos feroces reptiles carecían de lengua, por lo que salían a las playas de los ríos donde viven para ayudarse en la digestión, poniendo el vientre al calor de los rayos solares. El yacaré come lo que encuentra, ingiere todo aquello que se pone por delante: hombre o bestia. En cuanto a su aspecto era imponente cuando caminaba con paso ligero, siempre en vía recta, aunque era lento al revolver. Estaba cubierto de escamas durísimas; pero no obstante, los indios los pescaban en el agua tomando una estaca aguda por ambas puntas, atada mediante una cuerda gruesa, larga y fuerte con la que nadan para encontrar al reptil, al que acometían metiendo la estaca dentro su enorme boca y clavarla. El animal moría ahogado, porque, al no tener lengua, no podía contener el agua que ingresara por sus fauces.

La extraordinaria fuerza del reptil era equilibrada por el indígena que, para reducir los atroces vuelcos que realiza en trance de morir, lo ataba a un grueso árbol. Una vez desaparecido el peligro que representaba, los aborígenes le extraían las glándulas sudoríficas debajo las patas delanteras. Al principio era un líquido, una sustancia de tufo fuerte y persistente de fetidez muy desagradable que irritaba la nariz, pero se convertía, posiblemente por su contacto con el aire, en fragante parecido al almizcle de olor perdurable que también retrasaba la evaporación de sus fragancias. Los naturales del Chaco, así, se surtían con creces de un elemento neutralizador de los aromas biológicos desagradables.

El joven español, convertido en guaraní, extrañaba mucho el trato con sus amigos: hablar castellano, cultivar esperanzas y elaborar planes para cuando volviera a su tierra repleto de riqueza, pero mientras llegaba el día de volver a España, trataba de hacer vida sin contratiempos; ya se había acostumbrado a las marchas forzadas, por lo que la vida con idas y venidas ya no fue problema para él. Por otra parte, le satisfacía beber el jugo de esa hierba excepcional, obtenida del hermoso y agradable árbol, cuyas hojas asemejaba a las del laurel europeo, que vio muchas veces utilizar como medicina emplástica para tratar miembros contusos o quebrados, gustaba las verdes hojas tomadas en infusión con agua fría tereré o con agua templada yerba mate, en idioma del Paraguay caiguá, expresión derivada de los vocablos guaraníes káa (yerba), y (agua) y gua (procedencia), lo que se puede traducir como agua de yerba, generalmente sola y ocasionalmente acompañada con otras yerbas tanto aromáticas como medicinales. Se acostumbró al mate del vocablo quechua matí, que significa calabaza, porque el recipiente para beber mate suele ser hecho de calabaza o porongo que sirve de recipiente para preparar la infusión y sorberla a través de una cañita denominada tacuarí, en cuyo extremo se coloca una semilla ahuecada que hace las veces de filtro.

Un día, cuando hacía años que la tribu subsistía a la vera de un arroyo, y poco tiempo después de la separación con Flor, Gilsote fue abordado por su ex suegro, un aña o diablo, quien lo amonestó por haber tomado otra mujer, haciéndose muy difícil revelar que él había sido el abandonado; su nueva mujer se llamaba Ñasaindy. Furioso porque la explicación no le satisfizo, el padre se sintió ofendido y recurrió a la fuerza para castigar la osadía del joven contra una persona de más edad. Acompañado por varios guerreros, atrapó con dureza al ex yerno y lo condujo, ayudado por sus acompañantes, al río cuyas aguas escurrían plácidamente a distancia apreciable del campamento y que estaba plagado de yacarés.

Vanas fueron las súplicas del aterrado joven, sabiendo cómo intentaban sancionar su comportamiento con Flor. Mientras era conducido lanzaba estrepitosos gritos que, extrañamente, parecía que nadie deseaba atender. Pese a su desolada situación y la ninguna atención que recibía de quienes lo habían aceptado como uno de ellos, Gilsote continuaba con sus explosivas demostraciones. Cuando llegaron a la orilla del torrente, donde percibió la gran cantidad de yacarés que parecían dormitar en la amplia playa, a la que los hombres empezaron a azuzar, mientras otros lo retenían fuertemente apoyado a un grueso árbol, preparando otros dos las lianas con las que esperaban atarle al tronco. Gilsote pataleaba, gritaba y se retorcía sin alcanzar un viso de piedad, sabiendo que su cuerpo sería desgarrado por los enormes colmillos del reptil.

La poca fuerza que le quedaba, no era suficiente para desprenderse de las fuertes manazas que pretendían inmovilizarle contra el tronco, ni la garganta podía emitir alaridos de socorro, el terror empezó a paralizar sus brazos y piernas sumiéndole en un estado de letargo que adormecía todo su cuerpo. Su cabeza y algo al interior del pecho parecían hervir, como si hubiesen sido expuestos al intenso fuego de una enorme hoguera que de improviso le impidió pensar, desplomando su voluntad en los garfios del espanto extremo.

Cuando esperaba lo peor, escuchó el inconfundible silbido de la bala de un arcabuz que se incrustó en la corteza de un árbol cercano. El sonido fue suficiente para que los indígenas abandonaran su presa en precipitada huída. Era una patrulla española que había escuchado los estruendosos gritos en castellano y acudió presurosa para ver un cuadro inesperado: un hombre blanco casi desnudo, arrastrado por varios salvajes hacia un árbol, cerca del cual se entremezclaba cantidad apreciable de yacarés, con las fauces en apronte para desgarrar lo que pudieran encontrar.

Los indígenas, en su huída, soltaron al desnudo que cayó estrepitosamente al suelo, convulsionándose como si todavía estuviera aprisionado. Cuando un soldado se acercó al caído le preguntó:

― ¿Sois cristiano? ¿Qué pretendían hacer con vos esos bárbaros?―. A las preguntas sólo hubo una respuesta dada en alta voz:

― ¡Gracias Señor! ¡Gracias Madre mía!―, después no pudo pronunciar palabra, sus ojos parecían abandonar sus cuencas, a tiempo de ir perdiendo sensaciones.

Gilsote despertó mullidamente acostado en un jergón de cuero, cubierto por una gruesa y áspera manta, pero dentro de un ambiente cubierto por muros y techo. Su alegría fue indescriptible. Cuando lo visitó un barchilón, se enteró que había vivido diez años y medio con los guaraníes. Existía nuevo gobernador en Asunción y se sabía que miles de personas, llegadas de todo el mundo, explotaban grandes cantidades de plata en la sierra de la plata, en la montaña llamada Potosí y que en breve plazo sus faldas se habían convertido en la ciudad más grande y prospera del Nuevo Mundo y la segunda del Mundo entero. La noticia no lo hizo feliz, porque pensó que se alejaba de la riqueza que era, para él y para todo castellano, motivo de su presencia en las tierras descubiertas por Colón. Fue enterado que, de todos modos, seguían las expediciones para repartir tierra entre los muchos españoles que día a día llegaban a esas tierras, comenzando a llamarse América. Le contaron que Asunción había crecido mucho, aunque parecía disminuida respecto a Buenos Aires que empezaba a ser más importante. Supo también que durmió durante tres días.

El Capitán Don Felipe del Carpio, comandante del puesto Santiago, llamado así en honor al santo de Compostela, fue indulgente con Gilsote, permitiéndole permanecer inactivo dos días más antes de reincorporarse al servicio, al cabo de los cuales le asignó tareas de avituallamiento de una expedición rutinaria hacia el noroeste, junto a otros dos hombres que le parecieron generosos y caritativos, a la vez que gentiles y simpáticos, especialmente quien cumplía funciones de cocinero, siempre dispuesto a darle algo para probar, mientras estuvo en cama. El retorno casi inmediato a los bosques no le causó gracia alguna al recién liberado.

Desde que le comunicaron su destino, Gilsote empezó nuevamente a sentir miedo, agrandado por su experiencia; aunque, no dejó de fantasear deseando quedarse en cama por mucho tiempo o que su cuerpo se hiciera inmaterial, sin que no existiera potencia alguna para retenerle fuera de ella. La fantasía obraba poco a poco sobre su mente ingresándola en un estado etéreo, incorpóreo y volátil, perceptible únicamente por los manantiales de sudor que emanaba su maltrecho cuerpo. Después se percató que cada vez que recordaba la decisión del comandante del puesto, se le nublaba la visión, dejaba de pensar y sentir, deseaba sólo permanecer acostado y durmiendo.

Por más esfuerzos que hacía Gilsote, no podía explicarse por qué su mente no sentía ningún sentimiento en la víspera de partida de la ronda, a la que había sido asignado; aunque, su corazón le hacía percibir un futuro sombrío con múltiples y diferentes alucinaciones, a medida que se acercaba el momento de partir. Con toda la mala gana del mundo se aprestó a la caminata, revisando el equipo que debía transportar, junto con su comida y agua para dos días, como disponía la norma militar. La patrulla no era numerosa, aparte de Hormando, Telésforo y Agustín el cocinero, iban otros tres hombres. El jefe era Eustaquio de Rivadeneira, un viejo soldado con cara de muy pocos amigos.

Los demás también tuvieron muy poco tiempo para prepararse, todos estaban preocupados por cambiarse, vestir prendas viejas y delgadas, tomar precauciones respecto a sus botas y también en cuanto a los trozos de charque y vasijas de agua dulce. Todos estuvieron arreglándose hasta medianoche, mientras Gilsote, antes del crepúsculo ya estaba en cama, durmiendo sin poder mantener-se despierto, los movimientos de sus compañeros producían ruidos que despertaban eventualmente al dormilón para de inmediato tener la precaución de no despertar completamente, por temor a no volver a quedarse dormido.

La excursión fue como siempre dificultosa, por los lodazales que debía atravesar el grupo; pero, sus miembros eran antiguos soldados, compenetrados en el espíritu de sacrificio que imbuían los superiores. Caminaban muy juntos para prevenir sorpresas indeseadas, comunes cuando los hombres se distanciaban unos de otros, facilitando el ataque audaz de los guaraníes a los más alejados del núcleo. Hablaban solamente lo indispensable, porque conocían las facultades auditivas de los nativos del bosque. Estaban convencidos que la patrulla podría cumplir su objetivo de mantener expedita la vía que comunicaba el puesto con la lejana Asunción, por eso trataban de no cometer errores y volver sanos y salvos, sin encuentros inesperados. Gilsote, por su experiencia anterior, era el que mayor cuidado tenía durante la marcha, moviéndose sin causar ruido siempre atento a los sonidos que le llegaban desde atrás del follaje. Su ánimo se debatía entre el temor y la sospecha.

Cuando menos esperaban, sigilosamente apareció gran número de hombres desnudos, muñidos para tomar por sorpresa a los expedicionarios, ajenos al osado ataque. Eran más de veinte guerreros armados con grandes y gruesas macanas, a más de cuchillos. En un momento, la patrulla caminaba maniatada con una sola liana desprendida de un árbol elevado, tan fuerte que impedía mínima reacción de quienes se suponía debían caminar cautelosamente, dispuesta a repeler cualquier forma de agresión.

Tardaron algo para llegar a un espacio abierto, despoblado de espesura donde reposaba la tribu, de inmediato los desnudaron y ubicaron tendidos de espaldas en posición adecuada para ser revisados por el cacique y su estado mayor. Grande fue la sorpresa de Gilsote, cuando vio acercarse al grupo a un hombrecillo rechoncho, medio desnudo, con amplia cubierta de plumas de vistosos colores sobre la cabeza, de pequeña estatura, amplio abdomen, feo como el más grotesco de los monos, cabellera ondulada y espesa, gran cantidad de tatuajes en todo el cuerpo y con un enorme cilindro de madera que cruzaba de fosa a fosa su aplastada nariz. Era el personaje con mayor poder, en la tribu que le mantuvo por más de diez años lejos de su gente; le acompañaba un hercúleo y desnudo individuo, con piel color de chocolate oscuro, formas de simio de igual o mayor fealdad que el cacique y que, para la desgracia de Gilsote, era el padre de Flor la aparente esposa que le había abandonado y que ocasionó que el padre reclamara airadamente, como si él hubiera sido el adúltero.

No podía haberle sucedido nada peor: apenas liberado de diez años de opresión volvía a la misma condición que tanto le había afligido. Su ex suegro le reconoció de inmediato y avanzó amenazante sobre su víctima, cuya dentadura empezó a crujir con estrépito. Gilsote estaba perdido cuando sintió el horrible aliento de su antiguo pariente, era inconfundible el hálito peor que el de los ajos. El miedo le puso en estado febril de tal grado que imaginó sería sometido a crueles tormentos por haber ofendido a su hija y al mismo suegro. No tardó mucho en verse acorralado por los yacarés, sin que tuviera mínima posibilidad de escapatoria, cuando el simio comenzó a sacudirle, con tanta violencia que se le aflojó la vejiga, de tal manera que sintió mojada su cara, al mismo tiempo que el agresor le gritaba:

—Ahora verás desgraciado, no puedes rehuir tu obligación — decía—. ¿Esperas ser disculpado por tu irresponsabilidad, Gilsote?

Al oír estas palabras en castellano, el aterrorizado personaje abrió los ojos como si fueran enormes portones. Su miedo le hizo remirar la situación que le agobiaba, de manera que pudo ver cómo el cocinero le zarandeaba por continuar acostado en el jergón. Para su asombro el guisandero que más parecía un mono nauseabundo, le dijo, mientras Gilsote le miraba con la boca abierta, respirando agitado y totalmente humedecido:

—Si continuáis en cama, tendréis que dar cuenta de vuestra resistencia al comandante ―le dijo en tono amenazante.

Gilsote nunca se jactaba de ser hombre con algunas luces, pero todo lo que le ocurrió durante más de un década merecía ser comparado con lo que vivió los dos últimos días. Él había añorado mucho la cultura europea, sin embargo no pensó nunca en cuanto sigmificaba la civilización europea. Durante su cautiverio había hecho lo que quería las más de las veces, por no suponer que siempre se manejó por sus instintos: comía cuando tenía hambre, no tenía definidas sus comidas, se llevaba al estomago lo que encontraba más cerca. Día y noche estaba casi desnudo, lo mismo que las personas que le rodeaban, no tenía que preocuparse por su vestimenta, ni por su barba, ni por sus modales, ni por nada.

Estaba convencido que evidentemente sentía terror ser nuevamente capturado, aún cuando se tratase de sólo una pesadilla, ocasionada porque el cocinero intentaba despertarle para que cumpla sus obligaciones, cuando por espació de más de 120 meses no debió inquietarse por la observancia de ninguna obligación. Pensó en las situaciones horribles que le tocaron espectar respecto a la conducta de los indios, no parecían en su momento ser tolerables; pero, se preguntaba ¿Era tolerable tener que vivir cumpliendo normas? ¿Es placentero estar obligado con sus semejantes en cuanto a la ropa, la comida, las relaciones con su pareja, la disciplina militar, el comportamiento social, la iglesia? Las respuestas que él mismo se dio eran ignominiosas para cualquier cristiano: no era justo vivir sujeto a reglas y códigos de conducta impuestos por otros sin aquiescencia de uno mismo; no es agradable pensar primero en la convivencia social europea, antes de desenvolverse como hombre libre porque todo individuo debe tener suficiente libertad para vestirse, comer, tener relaciones de pareja, cuestionar las órdenes de sus superiores, sobre todo para robar a los lugareños, quitarles su comida y usurpar sus bienes, su oro, sus dioses. En esta posición recién aquilataba lo magnífico de ser libre, lo gustoso de ser un hombre que hace lo que quiere y no lo que quieren otros. Realmente se vio frustrado, comparando sus últimos más de diez años con sus dos últimos días y llegó a una conclusión: la libertad es el mayor bien de los hombres, como es lo más deplorable utilizar armas de fuego para despojar a quienes viven sin hacer daño a nadie, respetándose a sí mismos.

Todos estos pensamientos le intranquilizaron tanto o más que a sus compañeros: Gilsote se estaba convenciendo rápidamente que vivió más feliz como salvaje que como conquistador. Aunque podría ser pronto un amyrÿi. Mejor como hombre libre que como soldado, obligado a obedecer las órdenes de un rey que nunca conoció. Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó, dejó el arcabuz, su ropa y sus creencias para ir a buscar a los guaraníes y vivir con ellos, desnudo de todo, pero contento; sin tener remordimiento por mantenerse carente de ropas, con más satisfacción que tener riqueza. Aspiraba a la corta camisa que le mantendría desnudo, más que a la riqueza que podría darle un Potosí.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Consejos para quienes opinan sobre historia de Bolivia

Muy comunmente personas con entusiasmo para pronunciarse sobre acontecimientos históricos de Bolivia, adquieren elementos simples sin profundidad ni extensión suficiente para lanzar opiniones equivocadas. Quien desea participar en la difusión de la historia boliviana, debido a la escasa información existente, toma lo que encuentra y en base a ello expone una opinión que casi siempre adolece de veracidad; porque la base fue obtenida de documentos extranjeros, como en el caso del Silogismo de Charcas, donde el Doctor Bernardo de Monteagudo es una especie de héroe de comics, uperior a Súperman y Batman que todo puede e hizo todo cuanto produjeron los abogados de la Universidad Real y Pontificia de San Francisco Xavier. Montegudo fue un gran rebelde partícpe de la Revolución del 25 de Mayo de 1809, luego fue importante su aporte un año más tarde en Buenos Aires, posteriormente en Chile y en Perú conjuntamente con el General José de San Martín. Pero, no todo se le puede adjudicar a él, pues debió, en el mejor de los casos, ser parte de los grupos corporativos organizados al interior de San Francisco Xavier, encaragados de diseñar el Silogismo, así como también su estrategai de aplicación e inclusive la Proclama de la Junta Tuitiva de La Paz que, sin pudor, algunos historiafpres argentinos atribuyen al fantástico héroe, con lo que sólo logran disminuir el valor de este insigne patriota, conviertiéndolo en una especie de Chapulín Colorado. Muy lamentable.

sábado, 26 de marzo de 2011

Consejo sincero Cuento de Rodolfo Acosta Castro

Consejo Sincero

Cuento romántico de Rodolfo Acosta Castro

Un joven apuesto, vestido con elegancia, y derrochando muy buena estampa, visitó a su anti-guo profesor Don Juan José Altamirano, para pedirle consejo. El profesor jubilado, sin muestra de estar agobiado por sus muchos buenos años encima, recibió con afecto a Víctor Manuel, un joven de apenas veintiséis años, con el rostro compungido por intenso dolor, acompañado de enorme incertidumbre. Cuando se creía irremediablemente perdido había recordado al profesor que antes de ampararse en la jubilación había ofrecido ayudar, sobre cualquier tema, a quienes la pidiesen.

Después de los saludos de rigor, Víctor Manuel sin bochorno alguno reiteró al jubilado, el pedi-do telefónico hecho un día antes:

―Mi muy estimado profesor, lamento molestarle, pero no tengo a nadie a quien recurrir para pedirle un consejo, confronto un lío amoroso que no soy capaz de deshacer y creo que su inva-lorable experiencia en esta clase de problemas, es la única con posibilidad que tengo para reci-bir ayuda―, dijo con una mueca reflejo del intenso dolor que le embargaba.

―Soy viejo; seguramente te comentaron que yo había vivido mucho, en esta clase de asuntos, pero no tengas plena seguridad de recibir un consejo ajustado a tu situación; ya que, en pro-blemas del corazón siempre existen diferenciadoras de cada caso; espero poder hacer algo por ti, pues me parece no estás en una buena situación―, respondió en antiguo profesor antes de continuar―:

―Si, comprendí bien, he aquí tu caso: conquistaste a una mujer casada demasiado obstinada, por lo que haré algunas precisiones para estar seguro de no equivocarme―, sentenció.

―Tú eres joven, muy joven, sólo cuentas veintiséis años. Después de vagabundear por todo lado, creíste haber sido llamado, como lo somos todos, al deseo de los amores intensos y refi-nados. Entonces te fijaste en una entrañable amiga de tu familia, condiscípula de tu madre, que pretendiste se fija en ti, desde hace algún tiempo. ¿Hasta acá estoy en el buen camino? ―, preguntó el viejo.

―Si profesor, esa es la situación―, respondió el muchacho.

―Ella está casada con un amigo de tu padre y forma una pareja que estuvo muchas veces en tu casa, celebrando acontecimientos y fiestas como las de fin de año. Ella está ahora en el mo-mento en el que las mujeres se encuentran todavía satisfechas consigo mismas, pero con algu-nas dudas sobre su futuro inmediato, debido a las tentaciones que rodean a los hombres en la edad de tu padre, con cincuenta años y una posición social envidiable―, resaltó las últimas palabras para demostrar haber entendido suficientemente el caso.

―Piensas que ella, con sus cerca a cincuenta años por cumplir, posee los atractivos de las jóvenes cuando se acicalan cuidadosamente para mostrarse seductoras y que, increíblemente, no logran atraer al marido, por lo cual se declaran postergadas, al no recibir respuesta suficien-te a sus requiebros, desde hace bastante tiempo―, acotó el anciano profesor, mientras el joven asentía sólo con movimientos de su cabeza.

―Imagino empezaron intercambiando miradas, luego cada vez más largos apretones de manos, primero con fuerza timorata hasta hacerse reveladora. Más tarde el beso hurtado, en un instan-te inolvidable con sólo penumbras por testigos. Después el repetido beso, devuelto con inter-eses de usurera, sin timidez ni bochorno.

―Te elevaste hasta el cielo, libre, liviano, exaltado; con una canción de amor delirante en tus labios, con el corazón henchido de promesas y preñado de ofrendas. Llegaste a tocar el firma-mento celeste, te posaste en una nube prisionero, mientras mil trompetas anunciaban el triunfo de la pasión naciente y percibiste una cadena sutil que sujetaba tu alma, suave y dulcemente al inicio para irse endureciendo cada vez más, al pasar los días y comprobar tu encierro― aclaró el antiguo profesor, antes de afirmar con rigor:

―Recuerda la diferencia de edad, ella conspira contra ti y contra ella. La edad de la mujer que amas, crea un riesgo espantoso y la tuya una insolvencia extrema. Las mujeres arribadas a los años de ella, apetecen cumplir su rezagada hazaña. Los jóvenes a tu edad acarician la victoria, aunque tenga insípido sabor, disfrutan la primera porque no será la última. Ella atesora al que supone su éxito final, para disfrutarlo hasta sus últimos momentos. Tú lo olvidarás pronto, por-que tu sendero es ancho y prolongado, enmarcado en glorias sin número―, apuntó Don Juan José, antes que su ex discípulo preguntará:

―¿Cree usted que ella no olvidará fácilmente nuestra relación? Deseo que sea duradera.

―No la olvidará nunca, pero eso es lo perjudicial para ti, ella como todas las mujeres mayores está muy poco dispuesta a renunciar al amor. Atrasa con ahínco el momento de abdicar a lo que supuso sería eterno. Retarda el mayor tiempo posible, llegar a la verdad; su triunfo al con-quistar el amor de un joven es sólo una quimera de corta duración, porque los menores son todavía inconstantes, muy cambiantes, por ello tu me preocupas: coronadas tus ansias con laureles debiste olvidar tu victoria, para buscar un nuevo campo de batalla, en cambio, persis-tes en mantenerte atado a la lujuria de una dama raya a la senectud. Debes mudar de aires y liar tus bártulos en busca de nuevos horizontes―, aconsejó.

―Todavía la amo, es una mujer apetecible, todavía tiene mucho que dar―, exclamó con voca-ción a lo permanente, cuando el tiempo ya agotó sus horizontes, a lo que complementó el pro-fesor jubilado:

―Los amores de ustedes no condicen con la naturaleza, el desenfreno de ella y tus disolutas ansias comenzaron antes de tiempo, por ello terminarán antes de los previsto. Sin embargo, tu persistencia sólo provoca lástima, debes entender recordando que el tiempo transcurre más rápidamente para ella y que las señales del deterioro que provoca su edad son más perceptibles en ella, que las señales dejadas al pasar tu juventud buscando la madurez. Si continuas con lo que impropiamente llamas amor, pronto te darás cuenta que guardas un raro sentimiento, una extraña actitud hacia la mujer que ya presenta los estragos de la edad, mientras la tuya florece cada día. Lo que dices es sólo una evocación de algo irreal, de aquello que no puedes seguir labrando, porque hace mucho tiempo que plantaron la mies y cultivaron los frutos.

Fueron aleccionadores los consejos del viejo profesor, pero el joven enamorado no pudo aban-donar fácilmente el sentimiento que tenía encadenado su espíritu. La aventura no tuvo trágico final, terminó cuando el marido sorprendió a los amantes en uno de sus calurosos encuentros y prorrumpió en ruidosas carcajadas, desde hacía varios años atrás había estado buscando sin encontrar un motivo para divorciarse, porque una cabaretera lo tenía a sus pies, más enamora-do que el joven, porque igual que en su esposa, al amor en la senectud es más fuerte que en la juventud.

viernes, 25 de febrero de 2011

Ñuflo de Chaves, Bajo el Cielo más Puro de América 1

Rodolfo Acosta Castro

1. Descubrimiento del Río de la Plata

El conquistador español Juan Díaz de Solís, inicialmente al servicio de los portugueses, recorrió las costas africanas, rumbo a Asia, por la ruta descubierta por Vasco Da Gama, quien el 17 de abril de 1498 había hallado Calicut, paso marítimo hacia la India.
Díaz de Solís, fue contratado en marzo de 1508, por el rey español, Fernando VII, para hallar una ruta hacia la India, navegando hacia Occidente, tal como fuera la idea de Colón, pero siguiendo las pautas sobre una gran imperio asentado en el centro del continente descubierto, cuya riqueza no tenía comparación alguna. Los indígenas que dieron noticias sobre este emporio de riqueza, sostenían que las piedras preciosas y los metales nobles abundaban tal como las piedras en otros lugares. La identificación de la plata como el metal más abundante, hizo que el estuario descubierto fuese bautizado como Río de la Plata, entendiendo que era la vía fluvial por la cual se llegaba al imperio de la plata, ubicado en Potosí, en el Alto Perú.
La expedición por mar estaría a su cargo, y por tierra fue confiada a Yáñez Pinzón. El 29 de junio partió desde España, recorriendo el Océano Atlántico, pasando por Santo Domingo, para dirigirse luego a Cuba y bordear las costas de Nicaragua y Honduras, tomó rumbo al Norte, descubrió el Golfo Dulce, el Cabo de Las Hibueras y las costas de Yucatán.
En 1509, retornó a España sin hallar el paso buscado hacia el Oeste. En el año 1512, Solís es nombrado Piloto Principal, luego del fallecimiento de Américo Vespucio, y de haber padecido la cárcel, a causa de las acusaciones de Pinzón, de las que salió invicto. Ese mismo año, se ve frustrado un proyecto, por la intervención del rey de Portugal, para realizar otro viaje en busca de la ruta de Colón.
Al descubrir en 1513, Vasco Núñez de Balboa, el Mar del Sur, hoy Océano Pacífico, tras atravesar a pie el istmo de Panamá, surgió nuevamente, y con más fuerza, la idea de llegar a las islas Malucas. A tal fin, partió Solís, del Puerto de San Lúcar, el 8 de octubre de 1515, con tres navíos y una tripulación de 60 hombres, luego de preparar el viaje secretamente, para impedir que Portugal lo entorpeciera. Los portugueses ya habían arribado y descubierto el Cabo Santa María, en las puertas del Río de La Plata.
Luego de pasar por Tenerife, llegó a Brasil y se dirigió hacia el Sur llegando a una isla, que el conquistador denominó La Plata, actual Santa Catalina, y luego a la isla de San Sebastián.
En febrero de 1516, Solís creyó encontrar el estrecho buscado, pero lo que halló fue el Río de la Plata, al que llamó temporalmente Mar Dulce, ya que consideró que se trataba de un mar con un agradable sabor, siendo en verdad un río.
Al anclar en el Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria, ocupó esas tierras en nombre del rey, arribando luego a la isla Martín García, donde halló la muerte a manos de los indios del lugar. Dos de los barcos, con la tripulación diezmada regresaron a Sevilla, el 4 de septiembre de 1516.
En el año 1520, Hernando de Magallanes halló el anhelado paso interoceánico, que lleva su nombre, buscando un paso hacia las islas Molucas. Tras penetrar al Mar Dulce, descubrió el río Uruguay, para anclar en San Julián donde debió reprimir una rebelión de sus capitanes. Llegó al estuario del río Santa Cruz y el 21 de octubre descubrió el estrecho, para hallar a través de este, el mar Pacífico, y remontándolo llegó a Filipinas, donde halló la muerte a manos de los nativos. Sebastián Elcano, a bordo de la única nave subsistente, completó la vuelta al mundo en septiembre de 1522.
En 1526, la expedición a cargo de Sebastián Caboto arribó también al Río de la Plata, para realizar el mismo itinerario que Magallanes y Elcano, pero en las costas de Brasil, precisamente en la isla Santa Catalina, tras perder una de sus naves, se encontró con algunos sobrevivientes de la expedición de Solís, entre ellos, Alejo García quienes le contaron de la existencia de un lugar rico en oro y plata, remontando los ríos Paraná y Paraguay. Tentado por la idea de riqueza, desistió de su mandato original y tras recorrer el Río de la Plata, se internó en el río Paraná, fundando el fuerte de Sancti Spíritus, en la actual provincia argentina de Santa Fe, en la confluencia del Carcarañá y el Coronda.
Tras descubrir los Esteros del Iberá, prosiguieron el viaje hasta llegar a Apipé, lo que constituyó un escollo, ya este accidente fluvial los obligó a retornar hasta retomar el camino por el río Paraguay, donde se encontró con Diego García que movido por la misma inquietud de riqueza, había llegado desde España, lugar al que ambos retornaron al tomar conocimiento del incendio del fuerte de Sancti Spíritus.
En España, la noticia de los lugares provistos de metales preciosos, impulsó el envío de una nueva expedición, que estuvo a cargo de Pedro de Mendoza, quien partió con 16 barcos y 1500 hombres, recibiendo el título de Adelantado. Con la finalidad de fundar una ciudad, tres fortalezas, crear un sendero por tierra al Pacífico y la conversión al cristianismo de la población nativa, llegó a principios de 1536, al Río de La Plata.
El 3 de febrero de 1536, Mendoza fundó un fuerte, al que llamó Nuestra Señora del Buen Aire. Esta fue la primera fundación de la actual ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, al año siguiente, enfermo, y abatido por la resistencia de los aborígenes, partió de regreso a España, falleciendo en alta mar.
El nuevo gobernador, Juan de Ayolas, falleció víctima de un ataque indígena, cuando regresaba de una expedición en busca de un lugar más seguro, por las márgenes de los ríos Paraná y Paraguay. Le sucedió Domingo de Irala, quien llegó a las sierras del Potosí, con sus yacimientos de plata, pero ya habían sido descubiertas por hombres enviados por Pizarro desde Perú.
La región del Río de La Plata, descubierta por Solís, pasó en el año 1620, a pertenecer al Virreinato del Perú y en 1776 a los territorios de: Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay pasaron a depender del Virreinato del Río de la Plata. La Ciudad de Buenos Aires tuvo dos fundaciones. La primera en 1536 por Pedro de Mendoza, que fue destruida en 1541 por los propios habitantes a raíz de las constantes amenazas de los nativos, y la segunda en 1580 por Juan de Garay. Sus especiales características pronto la hicieron candidata a capital de un virreinato.
La creación del nuevo virreinato tenía por objeto garantizar la llegada segura de la plata explotada en Potosí, a puertos europeos, lo que últimamente rara vez venía sucediendo, debido a la acción depredadora de piratas, filibusteros y corsarios encubiertos en las islas e islotes del Mar Caribe, dedicados a expoliar la riqueza explotada por España para su propio beneficio. El cambio de puerto de embarque del Callao a Buenos Aires, tenía innumerables ventajas que hizo a Buenos Aires capital del recién creado Virreinato del Río de la Plata.

2. El Cerro Rico de Potosí

Como no podía ser de otra manera, la ubicación de la Montaña de la Plata fue un objetivo largamente practicado por los conquistadores, desde el Virreinato del Perú al norte, como desde el del Río de la Plata desde el sur. El Capitán Ñuflo de Chaves fue uno de los más célebres individuos dedicados a tan refulgente menester.
La Villa Imperial de Potosí fue la segunda ciudad más poblada del mundo, entre 1600 y 1750, ubicada al sur de Alto Perú y extendida por las faldas la legendaria montaña llamada Sumaq Orcko, en quechua: Cerro Rico, que contenía la mina de plata más grande del mundo y de todos los tiempos.
La historia de la ciudad es una mezcla enredada de hechos fantásticos con verídicos, por lo que no es fácil distinguir la historia de la leyenda. Se cuenta que las vetas de plata fueron descubiertas de forma casual, una noche del año 1545, por un pastor quechua llamado Diego Huallpa, que se perdió mientras regresaba después de pastar a su rebaño de llamas. Decidió acampar al pie del cerro Sumaq Orkho y encendió una gran fogata para combatir el intenso frío. Al día siguiente, cuando despertó encontró que, entre las brasas humeantes de la fogata, brillaban hilillos de plata, fundidos y derretidos por el calor del fuego. El cerro, aparentemente, era tan rico en vetas de plata que las mismas se encontrabas a flor de tierra. Un grupo de españoles encabezados por el Capitán Juan de Villarroel, el 1 de abril de 1545, tomaron posesión del Cerro Rico, tras confirmar el hallazgo del pastor, para inmediatamente establecer un poblado con el nombre de Potosí.
Otra versión sobre la misma plata de Potosí señala que los Incas conocían la existencia del metal en el cerro, pero cuando el emperador inca intentó explotar el cerro, éste lo expulsó mediante una estruendosa explosión, de donde deriva el nombre del lugar, “¡P'utuqsi!”, prohibiéndole extraer la plata, que estaba reservada “para quienes vendrían después”. Los historiadores perciben en esta variante una madurada influencia española en la leyenda, para legitimar su explotación inmisericorde del cerro.
Lo cierto es que en 1570, sólo veinticinco años después de su nacimiento, la población de la ciudad ya era de 50 mil habitantes. Primero se constituyó como un asiento minero dependiente de la ciudad de La Plata, Charcas o Chuquisaca, pero, tras larga lucha por conseguir su autonomía, adquirió el rango de ciudad el 21 de noviembre de 1561 mediante una capitulación expedida por el entonces Virrey del Perú Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva.
Mediante la indicada capitulación, la ciudad recibió el nombre de Villa Imperial de Potosí y adquirió el derecho a elegir a sus autoridades. La inmensa riqueza del Cerro Rico y la intensa explotación a la que lo sometieron los españoles hicieron que la ciudad creciera de manera asombrosa. En 1625 tenía ya una población de 160 mil habitantes, por encima de Sevilla y mayor aún que Madrid, Nueva York o Londres. Su riqueza fue tan grande que en su monumental obra “Don Quijote de la Mancha” Miguel de Cervantes acuñó el dicho español: “vale un Potosí”, que significa que algo vale una fortuna.
Los españoles residentes en la ciudad disfrutaban de un lujo increíble. A comienzos del siglo XVII Potosí tenía treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Habían teatros, tablados, salones de bailes y, para las fiestas se lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería. De los balcones de las casas colgaban damascos y brocateles coloridos, con lamas de oro y plata.
En 1579 había en Potosí 800 tahúres profesionales registrados, 120 prostitutas célebres y 26 casas de juego, a cuyos resplandecientes salones concurrían los mineros ricos. En 1608 se festejaba las fiestas del Santísimo Sacramento durante seis días de comedias y seis noches de máscaras, ocho días de toros y tres de saraos, dos de torneos y otros de fiesta. Los altares de las iglesias eran de plata, lo mismo que las alas de los querubines en las procesiones. En las casas de los mineros más potentados circulaban todo tipo de joyas, adornos, perfumes, joyas, porcelanas y objetos suntuosos, y se afirma que hasta las herraduras de los caballos eran de plata. La cantidad explotada de plata era tan grande que los españoles inundaron con ella toda Europa, haciendo posible la verificación de la primera revolución industrial en aquel continente.
Sin embargo, y en tanto la población indígena sufría una explotación infrahumana, además de ser la encargada de realizar el trabajo más duro en los cientos de ingenios establecidos. La mita o trabajo gratuito fue instaurada para facilitar la explotación de la plata. Decenas de miles de indígenas fueron sometidos a la mita, un sistema de esclavitud que ya era habitual en el período incaico, pero cuyo uso intensificaron los españoles, y creció aún más a instancias del virrey Francisco de Toledo, ante la falta de mano de obra para la minería. A los mitayos, llamados así a los indígenas sometidos a la mita, se les hacía trabajar hasta 16 horas diarias, cavando túneles, extrayendo el metal manualmente o a pico, etc. Eran muy frecuentes los derrumbes y otros accidentes, que ocasionaban la muerte de cientos de trabajadores. Las rebeliones eran ahogadas a sangre y fuego. Es probable que hasta 15.000 indígenas hayan muerto en la explotación de la plata, entre 1545 y 1625.
Con el agotamiento de trabajadores indígenas, los colonizadores pidieron al rey permiso para importar desde 1500 a 2000 esclavos africanos por año. Recibieron permiso, y durante el periodo colonial se importaron aproximadamente 30 mil esclavos para trabajar en las minas de la ciudad. Los esclavos también fueron usados como acémilas humanos, era más barato reemplazar un esclavo que un burro o una mula.
La producción de plata llegó a su cenit alrededor del año 1650, momento en el cual las vetas empezaron a agotarse, y Potosí entró en un camino cuesta abajo del que no pudo recuperarse jamás. En 1719, una epidemia de tifoidea mató a cerca de 22 mil personas, y otras tantas abandonaron la ciudad. Para 1750 la población se redujo a 70.000 habitantes. Treinta años después, cayó a 35.000 habitantes. Desde 1776 Potosí, como todo el Alto Perú, la actual Bolivia, pasó a formar parte del Virreinato del Río de la Plata, por lo que la plata dejó de embarcarse a España por el puerto de Arica y empezó a embarcarse por el de Buenos Aires, a 55 días a caballo de distancia. Al estallar el movimiento de independencia, la población había descendido a tan sólo 8 mil habitantes.
Lo que salvó a Potosí de convertirse en un pueblo fantasma fue la explotación de estaño, metal al que lo españoles nunca le dieron importancia. La explotación se inició durante la primera mitad del siglo XIX. Pero a principios del siglo XX, la sobre-producción hizo que los precios internacionales cayeran, por lo que Potosí volvió a hundirse en la pobreza.
Las iglesias de estilo barroco y las elegantes mansiones, hoy convertidas en museos en la actualidad, se mantienen como un vivo recuerdo de la espléndida época de la plata.

3. Fundación de Buenos Aires

La Ciudad de Buenos Aires tuvo dos fundaciones. La primera en 1536 por Pedro de Mendoza, destruida en 1541 por los propios habitantes a raíz de las constantes amenazas de los nativos y la segunda en 1580 por Juan de Garay, en ambas ocasiones perteneció al Virreinato del Perú del Imperio Español.
En 1776 fue designada por el Rey de España, capital del recién creado Virreinato del Río de la Plata. Durante la primera de las invasiones inglesas, ocurrida en 1806, la ciudad fue ocupada por fuerzas armadas inglesas y quedó por unos meses bajo la bandera del Reino Unido. En 1810, se produjo la Revolución de Mayo, que expulsó al virrey, estableció una junta de autogobierno, continuada después como gobierno propio hasta el presente.

3.1. Primera fundación

Pedro de Mendoza fue nombrado en 1534 Primer Adelantado, Gobernador y Capitán General, por el rey Carlos I de España. Mendoza había ocupado cargos en la corte real de Carlos I y participó en varias campañas militares en Italia y Alemania, participando del Saco de Roma el 6 de mayo de 1527. Partió el 24 de agosto de 1535 desde Sanlúcar de Barrameda, con el encargo de fundar al menos cuatro ciudades. Su expedición estaba integrada por más de mil doscientos hombres trasladados por catorce navíos, además de caballos y vacas que al escapar y reproducirse formó las primeras manadas, alcanzando para la llegada de Juan de Garay, miles de animales.
“La primera fundación de lo que Mendoza llamó Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire, ocurrió el 2 de febrero de 1536 (o 3 de febrero según otros historiadores), y según algunos historiadores su función no era la de convertirse en ciudad, sino que el fuerte fue instalado por motivos estratégicos, para ser utilizado en la defensa de la zona. El fuerte estaba construido en forma precaria, rodeado por un muro de tierra de 150 varas por lado y casi dos metros de alto, y una fosa con una palizada. En el fuerte había varios ranchos construidos de barro y paja, utilizados como viviendas, y cinco iglesias”.
“Pero con el correr del tiempo la población comenzó a diezmar debido a las enfermedades, los ataques indígenas, las peleas internas y la imposibilidad de obtener una cantidad considerable de víveres. La zona estaba habitada originariamente por aborígenes pampas conocidos como querandíes”, que comenzaron a atacar el fuerte causando numerosas muertes. Para abril de 1537 “Mendoza envió a Juan de Ayolas hacia el norte, bordeando las costas del Río Paraná, con la misión de obtener víveres para el fuerte. Al morir Ayolas, la tarea quedó a cargo de Domingo Martínez de Irala, quién se dirigió al fuerte de Asunción”.
Pedro de Mendoza sufría de sífilis, y debido al agravamiento de su enfermedad dejó la expedición en manos de Irala y volvió a España en abril de 1537, muriendo en el viaje. A finales de 1538 llegó a la zona del Río de la Plata el veedor real Alonso de Cabrera, quien portaba la Real Cédula que designaba al sucesor de Pedro de Mendoza, Juan de Ayolas, quién había muerto durante la expedición. Al dirigirse a Asunción Cabrera designó, en lugar del fallecido Ayolas, a Domingo Martínez de Irala, quien ordenó el abandono y destrucción del fuerte de Buenos Aires: "Por cuanto yo, Domingo Martínez de Irala, teniente de gobernador por el muy magnífico señor Juan de Ayolas, gobernador y capitán general de estas provincias del Río de la Plata, por suma he determinado de llevar la gente que estaba en el puerto de Buenos Aires para la juntar con la que está arriba, en el Paraguay...”.  Los habitantes del fuerte finalmente fueron trasladados a Asunción en 1541.
El sitio de la primera fundación aún es discutido: muchos, guiándose en lo escrito por Don Pedro de Mendoza, han supuesto que el primer asiento fue en lo que es el actual barrio de La Boca. Esta teoría fue defendida por Paul Groussac, mientras que historiadores como Guillermo Furlong llegaron a suponer que el primer asentamiento fue en el actual barrio de Parque Patricios. Mucho más cierto parece ser lo opinado por Gutiérrez Nájera: la primera fundación de Buenos Aires se habría realizado en "Las Puntas de Buenos Aires", esto es en el altozano donde actualmente se encuentra el Parque Lezama, estando delimitada la primera ciudad al norte y oeste por el arroyo de Granados o Tercero del Sur, y al este por un antiguo brazo del Riachuelo o Riachuelo de Los Navíos, que se encontraba separado del Río de la Plata por una baja y anegadiza isla llamada “de Los Pozos”. Ese brazo del Riachuelo, con su antigua boca, quedó cegado durante el siglo XVII.
Sin embargo, aún en febrero de 2011, no se han encontrado relictos que constaten fehacientemente la ubicación de la primera ciudad de Buenos Aires. Tal curiosidad se explica por lo endeble y perecedero de los materiales con que fue edificada; los europeos al abandonarla llevaron consigo todo lo que les fue dable.
Los aborígenes “het” y “chanás” tomaron como botín o destruyeron lo remanente. La posibilidad que algunos aborígenes tomaron elementos de la primera fundación explica la hipótesis dada por Federico Kirbus en la década de 1970: según este señor el primer solar de la ciudad fue en las cercanías de la actual ciudad de Belén de Escobar, más exactamente en el paraje actualmente llamado El Cazador. Kirbus, también afirma esto porque en tal lugar se encontraron balas de arcabuz y cerámicas europeas con dataciones correspondientes a inicios del siglo XVI.

3.2. Segunda Fundación 

La corona española necesitaba una salida protegida hacia el océano Atlántico, por lo que requería repoblar Buenos Aires. El motivo de esta fundación se explica a través de las palabras de Don Juan de Matienzo, Oidor de la Real Audiencia de Charcas, quien en 1566 mencionó la necesidad de abrir una puerta a la tierra, es decir, buscar y dar una salida al Atlántico a todo el territorio que existía desde Potosí hacia el sur.  
La tarea fue encomendada a Don Juan de Garay, que partió desde Asunción comandando una expedición de cien hombres, sesenta y tres de ellos futuros pobladores que fueron favorecidos con la entrega de tierras dentro y fuera de la ciudad y hoy inmortalizados en el nombre de alguna de sus calles como: Franco, Escobar, Vallejos, Pareja, Griveo.
Del antiguo fuerte no quedó rastro, por lo que el 11 de junio de 1580 se estableció la Ciudad de La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, con el reparto de tierras entre él, su esposa Ana Díaz, y sus 63 acompañantes mencionados más arriba, a los que también asignó familias guaraníes, en un sitio presumiblemente cercano al de Mendoza. En esta ocasión los nativos querandíes, comandados por Tububá, fueron diezmados hasta exterminar su cultura.
La zona tenía características para albergar una ciudad de importancia: contaba con importantes defensas naturales, aguas poco profundas hacia el estuario del Río de la Plata que no permitían la llegada directa de naves enemigas, mientras que las barrancas que bordean el territorio entre el Riachuelo y el Arroyo Maldonado permitían controlar a quienes se acercaban por el río. Sin embargo y a pesar de esto, la ciudad permaneció constantemente en alerta durante los primeros años de su fundación, ya que los piratas ingleses y flamencos solían navegar la zona. A principios del siglo XVII la ciudad estaba constituida por el fuerte, tres conventos y varias casas de barro y paja, y existía un régimen disciplinario estricto por el cual los habitantes estaban obligados a tener armas y nadie podía ausentarse sin permiso del gobernador.
El nuevo poblado estaba constituido por 250 manzanas, cubriendo la superficie delimitada por las actuales calles Balcarce - 25 de Mayo hasta la Av. Independencia, y por las calles Salta - Libertad hasta la Avenida Córdoba. También se consideran como límites el Zanjón de Granados al sur, que desembocaba por la actual calle Chile; la orilla del Río de la Plata al este; las actuales calles Salta y Libertad al oeste; y el Zanjón de Matorras hacia el norte, que desaguaba en el río por donde corre la calle Viamonte y el pasaje Tres Sargentos.
Cada manzana medía 140 varas de lado, y si bien muchas eran urbanas, el resto estaba destinado a la instalación de "chácaras" o chacra, en un comienzo, lo que fue olvidándose a medida que la ciudad mostraba sus enormes condiciones para constituirse en una urbe de primer orden.

4. Fundación de Asunción del Paraguay

Pedro de Mendoza y Luján, oriundo de Guadix, Granada, nació en 1487 y murió en las Islas Canarias el 23 de junio de 1537. Fue un militar de familia noble, almirante y conquistador español, primer adelantado y gobernador del Río de la Plata, territorio que comprendía desde el Río de la Plata hasta el Estrecho de Magallanes. Fundó la primera ciudad de Buenos Aires el 3 de febrero de 1536 y antes de regresar a España delegó en Juan de Ayolas la misión de fundar uno de los fuertes acordados en su capitulación. Ayolas remontó el Paraná y el Paraguay, y se internó en una ruta hacia el Perú, dejando en la zona a Domingo Martínez de Irala.
El 15 de agosto de 1537, Irala y Juan de Salazar, enviado por Mendoza, fundaron el fuerte de Nuestra Señora de la Asunción en territorio de los guaraníes. Con la muerte de Ayolas, Irala quedó al mando y consolidó la nueva fundación y la organización de un cabildo; mediante una encomienda, llamada así al  reparto de indios entre los españoles para ser utilizados como mano de obra.
La Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, nombre oficial de la ciudad capital de la República del Paraguay, es el establecimiento urbano permanente más antiguo y actual en la cuenca del Río de la Plata, fundado por Juan de Salazar y Espinosa de los Monteros, natural de la Villa de los Monteros en España. La fundación del fuerte que dio vida a la ciudad de Asunción, se llevó a cabo en  territorio de propiedad de los Carios, una de las tribus Guaraníes que ocupaban la región. Durante la conquista del Río de la Plata, fue la ciudad más importante de la época colonial y luego un importante centro de descanso y reaprovisionamiento, para aquellos que llegaban al Río de la Plata desde Europa, atraídos por el oro y la plata del Alto Perú.
Asunción fue conocida como la “Madre de Ciudades”, porque durante la Conquista partieron desde ella varias expediciones con el objetivo de fundar otras ciudades del cono sur americano, entre ellas Buenos Aires por segunda vez, luego del fallido intento de 1536, Corrientes, Santa Fe, Concepción del Bermejo, Santa Cruz de la Sierra, Santiago de Jerez y Ciudad Real.
El sitio donde se ubicó definitivamente la ciudad, habitado en un principio por indios carios, fue probablemente visitado por Juan de Ayolas en la expedición que ordenó Pedro de Mendoza desde la primera Buenos Aires, por esta razón a Ayolas se le atribuía antes su fundación; pero luego se comprobó que el fuerte llamado Nuestra Señora de la Asunción fue fundado por Juan de Salazar y Espinosa de los Monteros, quien justamente había ido en búsqueda de Ayolas. Dicho fuerte se convirtió en ciudad con la creación del Cabildo el 16 de septiembre de 1541, puesto que hasta ese entonces sólo existía un gobierno de carácter militar.
Durante la época colonial, en 1731, hubo en Asunción el foco principal de una rebelión al mando de José de Antequera y Castro, una de las primeras reacciones contra el dominio colonial español. Este alzamiento fallido se conoce como la Revuelta de los Comuneros. Haber sido el origen de las expediciones que se dirigieron por todo lado, en el afán de fundar nuevas ciudades, hizo que Asunción también sea conocida con el sobrenombre de “Madre de Nuevas Ciudades”.

5. Llanuras del Grigotá

El espacio geográfico en el que se fundó la actual ciudad de Santa Cruz de la Sierra era conocido por el nombre de Llanuras del Grigotá por el pueblo de los “chané” que, inmigrando supuestamente desde el Mar Caribe, desde hace 2500 años ocuparon los llanos del Oriente Boliviano.
Los “chanés” tenían por título de rey el nombre de Grigotá. Fue en este periodo cercano al siglo XIV de la era actual que el encuentro con el Imperio Incaico y el avance del pueblo Guaraní puso al Grigotá de lado del Imperio Incaico: reconociendo la superioridad y organización imperial, los “chanés” ofrecieron sus tierras del Grigotá al Inca soberano del Cusco.
Para protegerse, los Incas, en pleno derecho sobre esas tierras, fundaron fuertes a lo largo de las Serranías de Santa Cruz, siendo el Templo-Fuerte de Samaipata un punto fuerte de la presencia Inca en la Región, nombrando, como era costumbre en las provincias del Imperio, a un inca representativo llamado Inca Guacané, y su Hermano Condori.
Santa Cruz de la Sierra, es el centro geográfico de Sudamérica, está situada en la margen derecha del río Piraí, que avanza hacia el norte para desembocar en el río Grande o Guapay y es parte de la cuenca amazónica. Tiene una altitud media sobre el nivel del mar de 416 m. La ciudad está en una divisoria de aguas. Hacia el oeste sus aguas van al río Piraí, y al este van al río Grande. La topografía es completamente plana y el entorno natural muy agradable en la mayor parte del año. Es un jardín repleto de bellas flores multicolores y de todos los aromas y ambiente de infinidad de animales.
El área actual ocupada por la ciudad es de 567 kilómetros cuadrados y tiene un perímetro de 110,2 kilómetros. El clima de Santa Cruz de la Sierra es cálido subtropical. La temperatura media anual es de 24°C, y la humedad relativa media es del 75%. Los meses de mayor precipitación pluvial son enero y febrero. El mes más caliente es enero, y el mes más frío es julio.

6. Don Ñuflo de Chaves

Ñuflo, Nuflo o Nufrio, de Chaves, llamado también Ñufrio o Nunflo de Chávez, fue un explorador y conquistador español del Paraguay y la zona sur oriental del Alto Perú.
El Capitán Ñuflo de Chaves era hijo de Álvaro de Escobar y María de Sotomayor. Había nacido en 1518 en la villa extremeña de Santa Cruz de La Sierra, Provincia de Cáceres, entonces perteneciente al conjunto de pueblos de Trujillo. La familia de Escobar y Sotomayor era acomodada, tanto el esposa como la esposa gozaban de buena posición económica y social; él como su hermano fray Diego de Chaves, que llegó confesor del rey Felipe II, recibieron excelente educación. Dado que Ñuflo había optado por la milicia, buscaba animosamente acomodo para embarcarse en alguna expedición. En 1542 llegó al territorio conocido como Paraguay, formando parte de las fuerzas del adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

6.1. Misiones del Capitán Ñuflo de Chaves

Las misiones encomendadas al Capitán Ñuflo de Chaves, estuvieron dirigidas casi con exclusividad hacia la extensa región conocida como Gran Chaco y a las míticas ciudades de El Dorado y Paitití.
El nuevo Adelantado del Río de la Plata, Capitán General y Alguacil Mayor Álvar Núñez Cabeza de Vaca, fue un gran conquistador español que tras la larga navegación desde España, descansando en la isla de Santa Catalina, frente a la costa de América del Sur, se enteró, por medio de unos indígenas, que la ciudad de Asunción estaba en peligro, por lo que salió en su auxilio. Como no conocía el terreno ni los peligros que allí podrían acaecer, dispuso una partida exploradora, en la que participaba Ñuflo de Chaves, y que era mandada por el factor Pedro Dorantes, para que le descubriese el camino. A su regreso, se puso en marcha la expedición de ayuda a Asunción, bajo la dirección de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Al enterarse éste que los indígenas del Piquerí le estaban preparando una emboscada cuando intentase pasar del río Iguazú, dividió la expedición en dos grupos: uno acompañado de ochenta hombres, dirigido por él, que iría en canoas, y el resto, por tierra, hasta la confluencia de dicho río y del Paraná, donde se volverían a reunir todos.
En este tramo sólo se produjo la pérdida de una vida, pero varios enfermos y heridos que dificultaron la marcha de los expedicionarios, Cabeza de Vaca resolvió enviarlos en balsas por el río Paraná, hasta llegar a dos supuestos bergantines pedidos por él a Asunción. Los enfermos fueron acompañados por cincuenta hombres al mando de Ñuflo de Chaves, para defenderlos en caso de ataque de los indígenas. No surgió ningún percance de importancia, por lo que llegaron a Asunción sin tener que sufrir la pérdida de un solo hombre.
Sin embargo, existe también la versión de que Cabeza de Vaca, después de informarse sobre los naturales del río Paraná, la zona donde se encontraban, decidió enviar a los enfermos e impedidos, una treintena más o menos, por el río en unas canoas y balsas al mando de Ñuflo de Chaves, junto a cincuenta hombres y un nativo principal, de nombre Yaguarón. Recibieron la orden de entrar por el Paraguay y caminar hasta juntarse con él en Asunción, donde llegaron sin mayor dificultad.[1]
Luego, Ñuflo de Chaves formó parte de la expedición que intentaba descubrir las riquezas sobre la cuales se tenía tan halagadoras noticia, respecto al Alto Perú y la Montaña de Plata. Poco después, participó en una confabulación que pretendía desbancar de su puesto a Álvar Núñez Cabeza de Vaca y, en consecuencia, sea nombrado Gobernador Domingo Martínez de Irala. La conjura terminó con la prisión de Cabeza de Vaca, que, un tiempo después, sería llevado a España, para ser juzgado pero donde sería declarado inocente de todos los cargos levantados contra él por las personas que le tenían encono.
Poco tiempo después, Ñuflo de Chaves tuvo que combatir  contra los guaraníes, aquel aguerrido pueblo nativo que habitaba el Chaco sublevado en 1545. Después, Irala dispuso, en octubre de 1546, que el Capitán Ñuflo de Chaves, con cincuenta soldados y un grupo de indígenas, fuera a buscar una senda más seguro y accesible hacia la Montaña de la Plata. Remontó Chaves el Paraguay, hasta el puerto de San Fernando, ubicado sobre la orilla derecha del río Paraná. Allí desembarcó y se internó en la selva. Abriéndose camino, primero por el territorio de la tribu de los “mbayaes”, otro pueblo del Chaco, halló una zona repleta de recursos para el fácil  abastecimiento de la tropa. En diciembre del mismo año, retornó a Asunción sin haber perdido un solo hombre, lo que ameritaba poca predisposición de Chaves para entrar en conflicto con los nativos.
En marzo de 1547, Irala envió a Chaves, al mando de treinta hombres, a realizar una nueva exploración, remontando, esta vez el río  Pilcomayo, afluente, por la derecha del río Paraguay cuyo nacimiento y cabecera estaban en el Alto Perú, por si esta ruta fuese más directo a la Montaña de la Plata. En esta expedición no se sabe con certeza hasta dónde llegó la partida; pero se cree que hasta las estribaciones de la cordillera de los Andes. Cuando regresó a Asunción, Chaves dio conocimiento, a Irala, de los resultados de su exploración, y “se dedicó mayormente a disponer la gran expedición tantas veces proyectada”.[2]
Ya en julio de 1647 y como resultado de las acertadas informaciones de Ñuflo de Chaves, Irala resolvió realizar su entrada por la tierra de los “mbayaes”. En este momento, Irala contó con la ayuda de doscientos cincuenta españoles y más de dos mil indígenas.
En noviembre del mismo año, partió la expedición. Unos peninsulares en embarcaciones, y los indígenas con algunos españoles por tierra. Se reunieron todos, en el puerto de San Fernando, en enero del año siguiente. Al llegar a este sitio, Irala dispuso que cincuenta hombres, con dos bergantines y las correspondientes vituallas, se quedaran con él y que el resto regresara a Asunción.
El recorrido del viaje de Irala fue el previsto, atravesó la región de los “mbayaes” y de los “chanés” o “tapuios”, el pueblo Amerindio que habitaba la zona occidental del Chaco, en el alto Pilcomayo y en el Parapetí; su legua autóctona es la “arauca” y siguió su camino hacia la Montaña de la Plata, donde se enteró que el paraje de gran riqueza ya habían sido conquistados por los españoles llegados desde el Perú.
Cuando Irala supo la noticia decidió junto con sus oficiales reales y capitanes, enviar a Lima una delegación encabezada por Chaves, como jefe y capitán, e integrada, además, por Pedro de Oñate, Pedro de Aguayo y Miguel de Rutia. Se le asignó a Ñuflo de Chaves la misión de agasajar al Presidente de la Audiencia de Lima, Pedro de La Gasca, de parte de Irala, y ponerse a su disposición, para la pacificación del Perú enfrascado en una guerra civil entre seguidores de Pizarro y Almagro. Al mismo tiempo, debía solicitar para Irala, el mando y gobierno del Río de la Plata. Partió Chaves con su acompañamiento, acordando estar de vuelta al término de su misión, en la provincia de los “corocotoquis”.
A su llegada a Lima, Chaves se presentó al Gobernador que posiblemente tenía conocimiento del viaje y su objetivo, por lo que prohibió terminantemente su ingreso al Perú, por temor de que se uniesen los recién llegados a los grupos “pizarristas”. La Gasca hizo a los emisarios, pequeñas concesiones, pero no lo que pretendían, en cuanto al gobierno del Río de la Plata para Irala. Lo cierto es que La Gasca ya había comprometido al Capitán Diego Centeno le fuera concedida la conquista del Río de la Plata.
Pedro de la Gasca, o Pedro de Lagasca, (1493 – 1567) fue un sacerdote, político, diplomático y militar español del siglo XVI. Caballero de la Orden de Santiago y consejero del Tribunal del Santo Oficio. Fue nombrado en 1546 Presidente de la Real Audiencia de Lima con la misión de debelar la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Perú y pacificar el Perú de la guerra civil librda entre “pizarristas” y “almagristas”. Cumplió a cabalidad su cometido, pasando a la historia con el apelativo de Pacificador. Hizo luego un ordenamiento general del Virreinato. Culminó su brillante carrera como Obispo de Palencia y luego de Sigüenza.
Las principales disposiciones y medidas que tomó La Gasca fueron las siguientes:
    * Dio disposiciones a favor de la sufrida población indígena. Moderó los tributos, suprimió la esclavitud, prohibió los trabajos demasiados pesados, y obligó que toda labor fuera pagada con justo salario. Aunque no logró efectuar muchos de sus planes a favor de la población indígena, sugirió por escrito al nuevo virrey que venía en su reemplazo los proyectos que debería llevar a cabo. Señaló la necesidad de imponer tasas sobre los tributos que los indios comunes brindaban a sus curacas o caciques, de reducir o congregar en pueblos a la población nativa, que por entonces vivía muy dispersa en todo el territorio, y señaló también la necesidad que los yanaconas o sirvientes indios tuviesen un régimen laboral más estable
    * Promovió expediciones de conquista y de población en los confines del virreinato: o Dio permiso para que partieran expediciones de conquista o “entradas” a zonas todavía inexploradas en la región selvática del norte peruano colindante con Quito, como la dirigida por Diego de Palomino a la región de Chuquimayo (río Mayo-Chinchipe), que fundó Jaén de Bracamoros (1549); la de Hernando de Benavente a Macas; la de Alonso de Mercadillo al valle de Yaquiraca donde fundó Zamora de los Alcaides.
          + Otras expediciones fueron encomendadas a Pedro de Valdivia y Juan Núñez de Prado con rumbo a Chile y Tucumán, respectivamente.
          + Hizo regresar al Capitán Ñuflo de Chaves que venía del Paraguay hacia el Perú, enviado por Irala y asignó la jornada del Paraguay a Diego Centeno, que se frustró.
          + Se fundaron nuevas ciudades como Nuestra Señora de la Paz en el Alto Perú, por Alonso de Mendoza, el 20 de octubre de 1548.
    * Fomentó la utilización del camino del río de La Plata, pensando que sería un eficaz remedio para las dificultades que ofrecía el viaje al Perú a través del istmo centroamericano.
    * Entre otras resoluciones cabe mencionar sus ordenanzas sobre el laboreo de minas, la captura y reducción de esclavos cimarrones, la visita y despacho de navíos en el puerto de Lima.
Poco tiempo después, La Gasca otorgó, al capitán Diego de Centeno, una capitulación en virtud de la cual se le concedía una gran parte del Chaco y del Paraguay. Esto no tuvo trascendencia para Irala, porque Centeno renunciaría a tal decisión en su favor.
Centeno era un conquistador español, capitán y caballero natural de Sevilla y de cuantiosa fortuna, participó en la conquista del Perú y en las guerras civiles entre los conquistadores. A lo largo de toda su carrera se mantuvo fiel a la Corona española. Organizó en el sur del Perú la resistencia contra la rebelión de Gonzalo Pizarro, aunque fue derrotado en la sangrienta batalla de Huarina. Se sumó luego a las tropas del Pacificador Pedro de La Gasca, y estuvo en la batalla de “Jaquijahuana” donde fueron derrotados los “gonzalistas” en 1548. Como premio a su lealtad fue nombrado Gobernador del Paraguay, cargo al que no asumió. Falleció poco después, posiblemente envenenado. Quedó en el recuerdo no solo por su persistente lealtad a la Corona, sino por la afabilidad de su trato y la caballerosidad que demostró para con todos, en particular hacia los indígenas, quienes le tuvieron gran estima.
Durante el tiempo que duraron las conversaciones en Lima, se produjo, en el asentamiento de Irala, una gran confusión, porque pasaba el tiempo y Chaves no regresaba. Los capitanes se unieron contra Domingo de Irala, lo destituyeron y nombraron a la fuerza, como sucesor a Gonzalo de Mendoza, para que les sirviese de guía en su camino de regreso. En este viaje, murieron algunos españoles por la insubordinación de los soldados, reacios a obedecer las órdenes de su caudillo en tal desdicha, y por la mala aptitud de quien había aceptado el mando.
A la llegada al puerto de San Fernando, unos soldados les informaron que en su ausencia, Francisco de Mendoza, segundo de Irala, había sido destituido y, luego, al saber que conspiraba, Diego de Abreu, mandó que le cortaran la cabeza. Al oír esto, sin más dilación, los soldados que volvían del Chaco, con Gonzalo de Mendoza al frente, restituyeron a Irala en su puesto, el 13 de marzo de 1549.
Se conocía como Chaco entonces a una extensa región situada en el centro de América del Sur y repartida, actualmente, entre Bolivia, Paraguay y Argentina y dentro de la cual se llevó a cabo toda la gesta épica del Capitán Ñuflo de Chaves.
Un mes después, llegaron los emisarios al Perú, lo que trajo consigo se enteraran de lo acaecido en Asunción. Desde ese momento, Ñuflo de Chaves persiguió a Diego de Abreu, pidiendo a Irala su muerte y la de los cómplices en tal asesinato. Se debe tener en cuenta que Chaves se había casado con Elvira la hija de Mendoza. Al no poderse negar a esto, por ser quien se lo pedía uno de sus mejores y más leales capitanes, y, a su vez, al no poderlo ajusticiar por ser el Gobernador, comenzó una persecución contra Diego de Abreu y sus amigos.
Diego Gonzalo de Abreu, sevillano de nacimiento, fue un conquistador español que acompañó a Pedro de Mendoza en la primera fundación de Buenos Aires en 1536. Gobernó el Paraguay en la ausencia de Domingo Martínez de Irala, el gobernador titular, quien a su regreso lo hizo capturar y matar. Abreu era opuesto a las políticas conquistadoras de Martínez de Irala y tuvo actitudes crueles ante los indígenas. Ordenó la muerte de Jerónimo Luís de Cabrera, quien había gobernado en el Tucumán y fundado Córdoba, donde era regidor; tras la muerte de Cabrera Abreu ocupó su puesto.
Irala decidido a terminar con este ambiente de irritación, ofreció indultar a los participantes en aquel asesinato. La mayoría de sus enemigos se acogió a ello, con excepción de Diego de Abreu y algunos más.
Para apuntalar esta paz tan frágil, Irala casó a sus hijas con los insubordinados Francisco de Vergara y Alonso Riquelme y con los capitanes Gonzalo de Mendoza y Pedro Segura. A la espera de su confirmación en el cargo, Irala mandó a Ñuflo de Chaves para que prestase auxilio al Adelantado Diego de Sanabria. Chaves llegó a San Gabriel, pero todavía no había arribado el Gobernador, por lo que regresó. A causa del retraso del Adelantado Sanabria, Irala decidió ir a “El Dorado” o “Paitatí”.
Diego de Sanabria, había nacido en Medellín, Badajoz, en 1502 y era hijo de Juan de Sanabria, quien se había casado en segundas nupcias con Mencía Calderón, y por consiguiente era esta dama madrastra del joven Diego de Sanabria.
Juan de Sanabria, al enterarse de la destitución de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en la Gobernación del Río de la Plata y del Paraguay, el 22 de junio de 1547, elevó solicitud al rey Carlos I para que se le concediese la plaza vacante. Aceptado el pedido fue nombrado Adelantado el 1 de enero de 1549, pero después de tener lista la expedición para ir al Río de la Plata, murió en España tres meses después de su nombramiento.
Su muerte supuso un trance familiar y hacía presumir la ruina de aquella familia si Doña Mencía, que fuera mujer decidida y no resolviera emprender la empresa por su cuenta; pero las leyes de la época se lo prohibían y aquella resuelta dama determinó ponerla en manos de su hijastro Diego de Sanabria, que por aquel tiempo contaba unos 17 años de edad.
Después de pocos días de salir Irala de Asunción, le llegó la noticia de que, en su ausencia, Abreu había estado intentando, de nuevo, derrocarle de su puesto, por lo que tuvo que volver, castigando a los infractores. Diego de Abreu se convirtió, nuevamente en un fugitivo en la selva.
En mayo de 1553, Irala volvió al lugar donde había dejado la expedición, siguiendo su camino en busca de “El Dorado”. El 17 de octubre de 1554, por falta de abastecimiento, envió a Chaves, con treinta jinetes, a explorar la provincia de Itatin, Argentina situado orillas del Paraná. Irala pensaba salir tras él, pero la llegada imprevista de los despachos de Bartolomé Justiniano, se lo impidió. Al enterarse, por los indígenas que traían los despachos, de que Justiniano estaba retenido por los portugueses en el puerto de San Vicente, hizo llamar a Ñuflo de Chaves y a Pedro de Molina.
Bartolomé Justiniano nacido en Génova, participó en la conquista española del Río de la Plata. Bartolomé Justiniano fue tesorero, cobrador de impuestos y mensajero oficial del Gobernador Martínez de Irala, hablaba portugués y castellano, además sabía leer, escribir y era un hábil negociante. Junto con Ñuflo de Chaves, Justiniano partió de Asunción del Paraguay en 1557 hacia el norte donde eventualmente se fundó la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
El 24 de julio de 1555, se pusieron en marcha hacia Itatín, con la orden explícita de Irala de recoger las provisiones y conseguir la libertad de Justiniano. Esta empresa se logró sin sufrir percance digno de referir.
Al respecto, el historiador Antonio de Herrera escribe que, llegados unos despachos, Irala “mandó pregonar estas Provisiones, y despachó al Rey un Regidor, su amigo, llamado Pedro de Molina; y porque nadie escribiese, le hizo acompañar por Ñuflo de Chaves, que con 30 soldados, publicando, que le enviaba a poner freno à los Indígenas “Pupies”, que eran de la jurisdicción del Brasil, porque hacían mala vecindad a los de la Corona de Castilla, que confinan con ellos; Ñuflo de Chaves dejó avisado al Regidor Molina, y revolvió sobre los Indígenas “Pupies”, y los castigo, iDeló en paz con los de la Corona de Castilla, y para que adelante cesasen las diferencias, puso términos en los confines, y señales, para que todos conociesen su territorio, con que cesaron las Guerras, que teñían los indígenas unos con otros, por esta causa: dijese, que Ñuflo de Chaves anduvo muy riguroso con aquellos indígenas, y que llevó al Asunción muchas mujeres, i muchachos, y que sobre este caso Domingo de Irala no hizo demostración ninguna; entendiéndose, que quiso tener respeto a Ñuflo de Chaves, por ser persona”.[3]
Durante este tiempo, Irala fundó la villa de Ontiveros e impulsó la encomienda. Por motivo de formar nuevas encomiendas parece ser que Irala dispuso una expedición, mandada por Ñuflo de Chaves, al territorio de Guairá. Esta nueva empresa salió de Asunción en septiembre de 1555. El camino hasta el Paraná se realizó sin ninguna dificultad. Los problemas surgieron a la vuelta de viaje, en la región de los indígenas “peabeyúes” o “peabiyus”, de la gran familia guaraní. Estos sucesos fueron instigados por su hechicero Cutiguará o Cotiguara, que les dijo que los españoles “traían consigo pestilencia y mala doctrina”, y que “toda su pretensión era quitar a los indígenas de sus mujeres e hijas”, explorar aquellas tierras y poblarlas poco después, con lo que los indígenas atacaron a los españoles con total confianza en una victoria que no consiguieron.
Tras este incidente, tuvo algún que otro ataque que le produjo algunas pérdidas, pero ninguno como el narrado, llegaron a Asunción, llevando consigo a los principales cabecillas de la sublevación.
Como consecuencia de esta expedición, se crearon trece pueblos en la región de Guairá: Loreto, San Ignacio, San Javier, Concepción, San Pablo, San Pedro.

6.2. El Gran Chaco

El Gran Chaco es el término aceptado como proveniente del quechua chaku, en español territorio de cacería, fue y es una de las principales regiones geográficas de Sudamérica, ubicada en el Cono Sur, que se extiende por parte de los actuales territorios de la Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay, entre los ríos Paraguay y Paraná y el Altiplano andino.
Hasta fines del siglo XIX fue conocida como Gran Chaco Gualamba aunque, estrictamente hablando, Gualamba debía aplicarse sólo al Chaco ubicado al sur del río Pilcomayo o Araguay. Casi la totalidad del territorio correspondiente al Gran Chaco, estuvo en la jurisdicción de la Gobernación de Chiquitos, que luego por efecto del uti possidetis juri, fue parte de la República de Bolivia, sin embargo, debió ceder gran parte del territorio denominado Chaco Central a la Argentina; luego a raíz de la Guerra del Chaco, perdió la parte denominada Chaco Boreal quedándose con sólo la nominación de Gran Chaco a una parte comprendida en la provincia del mismo nombre del Departamento de Tarija.
El Gran Chaco forma la parte septentrional de la gran Llanura Chacopampeana. Se distingue de la región pampeana por la presencia de importantes bosques, selvas y parques, con claro predominio de especies de madera dura, poseyendo suelos con elevadas proporciones de sal, factor al que quizás se debe la elevada presencia de tanino en varias especies de árboles de esta región, en especial los quebrachos.
La región del Gran Chaco es una extensa llanura boscosa y de parque. Se extiende por el Norte desde el paralelo 16ºS, por lo cual Santa Cruz de la Sierra está incluida en el área chaqueña así como las vertientes occidentales del Gran Pantanal, antiguamente llamado Laguna de Xarayes y las cuencas de los Otuquis y Parapetí; por el sur alcanza el norte de la provincia argentina de San Luís; por el este va desde la ribera izquierda del eje fluvial conformado por los ríos Paraná y Paraguay, finalmente, por el oeste llega a las sierras, no yungueñas, que anticipan al Altiplano.
De este modo el Gran Chaco cubre 1.510.000 kilómetros cuadrados, distribuyéndose entre: Argentina (el 55%), Bolivia (el 25%), Paraguay (el 20%), y Brasil (el 5%), aunque estas cifras varían según los autores y los criterios utilizados para definir a esta región.
Al este y noreste el Gran Chaco se extiende casi sin solución de continuidad por El Cerrado. La gran horizontalidad del relieve hace que sus ríos suelan ser divagantes, cambiando de cauce en períodos reducidos, dejando paleocauces, bañados y “madrejones” y, como restos de antiguas orillas, lomadas llamadas “albardones”.
El Gran Chaco comprende la siguientes sub regiones de Norte a Sur en:
    * Chaco Boreal, que se extiende desde el río Pilcomayo hasta el paralelo 16ºS.
    * Chaco Central, que se extiende entre el río Pilcomayo hasta el antiguo cauce del río Bermejo es decir el llamado por los guaraníes Ypitá o Agua Roja.
    * Chaco Austral, que se extiende desde el río Bermejo hacia el Sur hasta los entornos de la laguna de Mar Chiquita, el la provincia de Córdoba y la confluencia del río Salado con el río Paraná, o aproximadamente el paralelo 30ºS. Las subregiones, central y austral conforman en la Argentina la Región Chaqueña.
Entre los pueblos originarios estuvieron: los Ayoreo; los Wichí o Weenhayek, llamados por los andinos quechuas despectivamente “matacos”; los lengua o enlhet, los Besïro o Chiquitanos y los Qom motejados como “tobas frentones” por los guaraníes, durante milenios, correspondieron principalmente al conjunto llamado de los pimpidos; luego poblaron la región los Chané de lengua “arawak” y años antes de la conquista española recibió por el este importantes poblaciones del grupo guaraní, principalmente de la rama Avá Guaraní o Chiriguanos y desde el oeste influjos culturales andinos e incursiones, primero de los aymaras y después del imperio inca.
Después de 1880, se acentuó la presencia de poblaciones caucásicas en todas las subregiones del Gran Chaco. Dos años después, y luego de una larga y cruenta lucha, colonos e indígenas llegaron a un acuerdo de pacificación que se manifestó en el Tratado de 1884, pero en 1892 se desencadenó la guerra abierta que terminó con la derrota y muerte de miles de de Guaraníes, Chanés, Tobas y Weenhayekes, algunas de cuyas comunidades sobrevivieron hasta el presente, aunque enfrentando la reducción territorial. Hasta el siglo XX los Ayoreo trataron de evadir el contacto con los colonos y mantuvieron su forma de vida tradicional. Actualmente, después de las aniquilaciones encomendadas por la Argentina,  la mayoría de la población está constituida por mestizos, pero además viven junto a ellos colonos indígenas provenientes de los Andes, así como campesinos “menonitas” y algunos grandes hacendados de origen europeo. En Argentina diferentes comunidades indígenas se han organizado para reivindicar derechos territoriales, sociales y culturales.
Los pueblos indígenas del Gran Chaco pertenecen a cinco familias lingüísticas: Zamuco; Mataco-guaicurú, aunque los lingüistas y antropólogos no le dan connotaciones peyorativas o derogativas al nombre de esta familia, tal nombre se originó en apodos despectivos e insultantes dados por los quechuas, por una parte, y por los guaraníes o avá, por la otra, a los pueblos de esta familia lingüística, Tupí-Guaraní, Lengua-Mascoy y Charrúa.
Aunque por las latitudes en las que se extiende el Gran Chaco la idea es la de una región siempre muy cálida, lo cierto es que debido a la continentalidad y a los regímenes eólicos estacionales, especialmente las corrientes de viento procedentes de la Antártica, existen grandes variaciones térmicas según el ritmo día/noche y según las estaciones.
En cuanto al régimen pluvial, las precipitaciones se distribuyen casi siempre irregularmente: predominan en la región oriental y durante el verano, siendo por lo general los meses de invierno meses secos y existiendo, muy vinculadas a las oscilaciones de el Niño, épocas de grandes sequías.

6.3. El Dorado y el Paitití

El Dorado fue y es hasta el presente un lugar mítico donde se suponía que existían grandes reservas de oro y que fue buscado por los conquistadores españoles e ingleses con gran empeño. Todos atraídos por la idea de un lugar con calles pavimentadas del áureo metal, en donde el preciado mineral era algo tan común que se despreciaba. Muchos conquistadores  murieron en el intento por descubrir la ciudad, ya que las largas expediciones transcurrían por la selva y a la dureza del terreno había que unir la falta de provisiones. Se suponía que estaba ubicado en alguna parte de la selva Amazónica, entre Bolivia o Brasil, Ecuador, Perú, Colombia, Venezuela y Guyana.
La ficción empezó en el año 1530 en los Andes de lo que hoy es Colombia, donde el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada encontró por primera vez a los “Muiscas”, una sociedad ubicada en lo que actualmente se conoce como el Altiplano Cundiboyacense. La historia de los rituales “muiscas” fue llevada a Quito por los hombres de Sebastián de Belalcázar; mezclada con otros rumores, se formó allí la leyenda de El Dorado, “El Hombre Dorado”, “El Indio Dorado”, “El Rey Dorado”. Imaginado como un lugar, El Dorado llegó a ser un reino, un imperio, la ciudad de este lugar legendario.
En busca de este reino legendario fue primero enviado Don Ángel Guerra por la corona de la Reina Isabel la Católica, sin suerte después de una profunda búsqueda por el Amabaya, sus pasos fueron seguidos entonces por Don Francisco de Orellana y Don Gonzalo Pizarro quienes partieron de Quito en 1541 hacia el Amazonas en una de las más fatídicas y famosas expediciones para encontrar El Dorado.
Hay otra leyenda acerca del Dorado que cuenta que en la época de Tahuantinsuyo, cuando los incas se enteraron que Atahualpa había sido asesinado por los conquistadores, a pesar de que continuaban llegando a Cajamarca cientos de indígenas cargados con oro y plata para pagar su rescate, Rumiñahui, uno de sus principales generales, decidió esconder todo el oro de la ciudad acompañado de al menos mil incas. La leyenda no dice exactamente dónde se escondió el oro, pero muchas personas piensan que el oro se escondió en el fondo del lago Titicaca o en los “llanganatis” ecuatorianos. Desde el siglo XVIII se adelantaron expediciones para buscar el tesoro de los incas en la abrupta e inhóspita zona de la cordillera de los Andes conocida como “Llanganates”, una parte de la cual era una reserva natural, todas con resultados oficialmente inútiles y trágicos por la pérdida de vidas.
Una famosa balsa Muisca evidencia de las ceremonias sagradas que dieron origen a la leyenda de El Dorado. La narración original se encuentra en la crónica, El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle. Según Freyle, el cacique sacerdote de los “muiscas” era ritualmente cubierto en polvo de oro en el festival religioso de Guatavita, cerca del sitio donde hoy está Bogotá.
En 1636 Juan Rodríguez Freyle escribió una versión, dirigida a su amigo Don Juan, el cacique o gobernante de Guatavita: “...En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían… A este tiempo estaba toda la laguna coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas… Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parada, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos… Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe”.
Existen también otras lagunas en el departamento de Cundinamarca en las que se practicaba este ritual y en las cuales se encontraron piezas de oro, exhibidas hoy en día en el Museo del Oro de Bogotá. Una de ellas, la balsa muisca de Pasca, representa el rito de El Dorado en una hermosa figurilla de oro encontrada en la campiña cercana al pueblo de Pasca, Cundinamarca.
Las poblaciones muiscas y sus tesoros cayeron rápidamente en manos de los conquistadores. Al hacer inventario de las nuevas tierras obtenidas, los españoles pronto se dieron cuenta de que, a pesar de las cantidades de oro en manos de los indios, no había ciudades doradas, ni siquiera minas ricas, puesto que los “muiscas” obtenían el oro a través del comercio con naciones vecinas. Pero al mismo tiempo los españoles empezaron a escuchar historias de El dorado de los indios capturados, y de los ritos que tenían lugar en la laguna de Guatavita.
La laguna de Guatavita tiene hoy una gran zanja en uno de sus costados, evidencia de los intentos que se hicieron en 1580 de drenar la laguna.
La expedición más famosa en busca de El Dorado fue aquélla de Francisco de Orellana en 1541, aunque hubo otros intentos antes de ésta. Al principio, los exploradores buscaron El Dorado en los Andes, cerca de Colombia. Sebastián de Belalcázar, un conquistador español que había viajado con Cristóbal Colón y Francisco Pizarro, buscaron El Dorado en el suroeste de Colombia en 1535. Nicolás de Federmann, explorador y cronista alemán que participó en la conquista española de Venezuela y Colombia, también dirigió una expedición para buscar El Dorado en 1535. El conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada partió en busca de El Dorado en 1536. Después de haber derrotado a los “Muiscas” y haber establecido a Bogotá como la capital del Nuevo Reino de Granada, Quesada se dio cuenta de que Federmann y Belalcázar también habían reclamado la misma tierra; en un pacífico encuentro llevado a cabo en Bosa, les convenció de regresar a España en 1539 y resolver el asunto.
Mientras los tres entablaban batallas legales por Nueva Granada, otros hombres continuaron la búsqueda. En 1541 Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana salen en pos de El Dorado y terminan en un desastroso viaje por el Amazonas. Después de dividirse en dos grupos, Pizarro y sus hombres regresaron a Quito, mientras que Orellana continuó el viaje, descubriendo y dando nombre al río Amazonas.
En 1541 el explorador español, nacido en Alemania, Felipe de Utre, emprendió una infructuosa búsqueda de El Dorado a lo largo del Amazonas en el territorio de Omagua. Encontró un territorio densamente poblado, pero ningún reino dorado.
Walter Raleigh fue el primer explorador inglés en emprender la búsqueda. Raleigh partió para la Guayana, a la que denominó en 1595 como “Guiana”. Navegó a lo largo del río Orinoco, en la actual Venezuela, hacia el interior de la Guayana, encontró algunos objetos de oro, pero nada de las dimensiones de la leyenda, después de lo cual publicó un libro sobre su viaje titulado El descubrimiento de la Guiana, donde promovía la exploración del Reino Dorado.
También tuvo trascendencia algo acontecido en el Estado de Roraima, Brasil, lo que podría significar, si se verifica, un descubrimiento excepcional hecho por Roland Stevenson, chileno radicado en la ciudad de Manaus. Dio cuenta de un camino inca desde el Ecuador hasta las sierras de las Guyanas con tambos de piedra en su recorrido. Además encontró vestigios de indumentaria inca e inclusive grabados en piedra con motivos andinos. Especuló además con que el nombre “Guyana” podría provenir del Inca Huayna Cápac, ya que se su pronunciación es semejante, y aseguró que algunas etnias hablaban una lengua emparentada con el idioma quechua, así como que la fisonomía de algunos representantes de la etnia Yanomami era muy parecida a la de los pobladores andinos.

6.4. Expedición a Través del Chaco

Domingo Martínez de Irala encomendó, a Ñuflo de Chaves, la misión de establecer, lo más pronto posible, un procedimiento para favorecerse las comunicaciones con el virreinato del Perú, con un fin político y económico. En esta ocasión, Ñuflo estuvo acompañado por unos ciento cincuenta españoles y unos mil quinientos indígenas, además de todos sus víveres.
La expedición salió de Asunción a principios de marzo de 1558. Al no poder abordar todos en las embarcaciones para remontar el río Paraguay, Chaves tomó un pequeño grupo de sus hombres, haciéndoles marchar por tierra hasta juntarse con él en el puerto de Itatin o de San Fernando.
Al llegar Chaves en primer lugar, en las embarcaciones al puerto, dispuso que el teniente Hernán de Salazar y unos cincuenta hombres, fuesen en busca de los que iban por tierra. Los encontraron dificultad, pero, en el camino de regreso a Itatin, fueron atacados por indígenas “payaguaes”, que les ocasionaron grandes pérdidas. No obstante, gracias a la astucia y habilidad del Teniente Salazar, lograron llegar al puerto de San Fernando.
Los “payaguaes” formaban un grupo junto con los “mbayaes”, “agaces” y “cadiveos”, dentro de la familia “guaicurú”. Era una de las familias más importantes de esta zona, extendida, en el sentido de la latitud, a lo largo del río Paraguay y del bajo río Paraná.[4]
Algo después, la expedición se adentró por el río, llegando a una zona con diversas ramificaciones. Chaves acordó proseguir la marcha por el río Aracay, lo que aprovecharon los indígenas “guatos” para prepararles una emboscada. Esto supuso la perdida de noventa vidas entre españoles e indígenas.
Tras provocarse este hecho, Ñuflo de Chaves decidió remontar el río principal, llegando al puerto de Santiago el 29 de julio de 1558. Al no encontrar un espacio adecuado para la fundación que se le había asignado, determinó internarse por tierra, lo que transgredía las órdenes dadas por Irala. Chaves inició su ingreso por tierra a finales de agosto, dejando las naves al cuidado de los indígenas “jarabes”.
Después de poco tiempo, llegó a un poblado, gobernado por Paisuri, como cacique principal, donde fueron bien recibidos. Reanudaron la marcha a través de la región de Chiquitos, poblada por los indígenas “jaramasis”, donde recuperaron las fuerzas perdidas por la gran espesura de los bosques por donde habían transitado.
Después de un corto descanso, Chaves se dirigió a la región de Moxos, en la Zona del Chaco que, en actualmente es una provincia boliviana cuya capital es San Ignacio.
Allá tuvo noticia de minas de oro y plata en la zona de los indígenas “trabasicosis”, hacia donde casi de inmediato. En esta región se detuvieron un tiempo, librando algunas escaramuzas con los indígenas que habitaban aquella zona.
Las malas condiciones de vida que tenían algunos de los generales, les permitieron tramar una conspiración en contra su persona, para hacer regresar la expedición a Asunción. Esta situación la resolvió Ñuflo de Chaves, dejando partir hacia la capital a todos aquéllos qué quisieran regresar. Con él se quedaron, aproximadamente, unos cuarenta soldados, que siguieron su camino en dirección al río Guapay. Al mismo tiempo, en la ciudad de Asunción fallecía Irala.
Aprovechando la buena oportunidad que se le presentó, el 1 de agosto de 1558, Chaves fundó, entre el río Guapay y la laguna de Mapá, la ciudad de Nueva Asunción.
Sin embargo, otro problema acontecería al valiente Ñuflo de Chaves. A unas ocho leguas de allí, se encontraba el Capitán Andrés Manso, que, procedente del Perú, estuvo ocupado de poblar la región del río Parapetí. En consecuencia, ambos se creían tener derecho en tal conquista; por un lado, Chaves, suponía que esas tierras, pertenecientes a la gobernación del Río de la Plata y descubiertas por Juan de Ayolas, correspondían a los conquistadores paraguayos, “y en el caso a él, que también se creía descubridor de ellas”; por otro lado, Manso pensaba que la autorización y poderes que le había concedido el virrey del Perú, marqués de Cañete, le permitían reivindicar sus derechos.
A partir de 1539 una serie de expediciones habían partido desde Charcas hacia el este y sureste impulsadas por el deseo de conquistar y alcanzar el Océano Atlántico para llegar a España, por una ruta más segura que la obligaba el paso por el Istmo de Panamá y el Caribe plagado de piratas.
En 1557 salió desde Charcas, el Capitán Andrés Manso, hacia el Sureste fundando a orillas del Río Condorillo, hoy Parapetí, Santo Domingo de la Nueva Rioja. La llegada paralela de Chaves y Manso a la misma zona trajo una serie de problemas entre los dos conquistadores.
Tras varias pláticas, decidieron, Chaves y Manso, pedir consejo al Virrey, dividiéndose, mientras tanto, el territorio a la espera de una solución oficial. Chaves creyó adecuado dirigirse a la Ciudad de los Reyes, para propiciar, en su favor, la cuestión del territorio. Junto a él, marchó el teniente Hernando de Salazar. Con esto logró, aunque no lo que ansiaba, que el virrey nombrase gobernador de Moxos a García de Mendoza; a Chaves, teniente del gobernador, y, a Salazar, alguacil mayor.
Con todo lo conseguido, regresó, en julio, a la fundación de Nueva Asunción. Manso recibió con clara hostilidad a Chaves y pretendió sublevarse, pero, con gran astucia, Chaves mandó pregonar los despachos redactados por el Virrey de Lima. Esto le supuso que la mayoría de los que estaban con Manso en la rebelión, se alejasen de él, con lo que Ñuflo de Chaves ordenó sea aprisionado y remitiéndolo a la ciudad de Charcas, la ciudad de los cuatro nombre.
La tranquilidad para el Capitán Chaves duró poco, pues Manso se escapó de la cárcel, retornando a su asentamiento de Nueva Rioja y ocasionando que todo lo acaecido, vuelva a la misma situación de antaño, con reclamaciones de territorio, por uno y otro, ante la audiencia de Charcas y del Virrey. Finalmente, el regente de la audiencia, Ramírez de Quiñones, intervino. Recorrió el territorio que se discutía e hizo una delimitación sumamente vaga, dando, a Chaves, los territorios de Moxos y Chiquitos, y, a Manso, lo que actualmente es el Chaco boliviano y argentino. Pero, lo que realmente supuso el fin del enfrentamiento, fue la muerte de Manso, acaecida en 1564.[5]
Ñuflo de Chaves revivió su proyecto interrumpido de realizar una expedición a través de la provincia de Chiquitos. Acometió la empresa para lo cual dejó al mando del asentamiento de Río Grande o Nueva Asunción, a su teniente Salazar. Sometió las tribus de “gorgotoquis” y “chanés” y, al hallar “un lugar cómodo, de grandes labranzas y comidas frutales, y pesquerías y cazas”,[6] como él mismo expresó, fundó, el 26 de febrero de 1561, la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, y nombró Regidor del Cabildo de la ciudad a Juan de Garay, en mérito a que fue uno de sus principales propulsores.
Al respecto, el historiador Antonio de Herrera dio la siguiente versión: "Y volviendo el Capitán Chaves a los Taguamacis, y hallándolos alterados, los pacificó, y fundó la Ciudad, que llamó Santa Cruz de la Sierra, por un pueblo de este nombre, a tres leguas de Trujillo, así llamado, adonde se crió, y esta población ha permanecido, y es de mucho fruto, para lo que se pretendía de la Contratación del Paraguay, y sus Provincias”.[7]
Esta fundación no estaba dentro de la jurisdicción del Paraguay, por lo cual, Chaves quedó desvinculado de la autoridad de los gobernadores de Asunción.
Como supuso Groussac, Chaves aspiraba a la total autonomía de la ciudad, independizándose de la tutela limeña y también asunceña. En un comienzo la fundación no alcanzó gran florecimiento, perdiendo habitantes, progresivamente, a partir de 1575.
Después de solventar el levantamiento de los indígenas de la provincia del Paraguay y Paraná, Chaves determinó volver a Asunción para impulsar la reciente fundación, a costa de la colonia asunceña y, en consecuencia, para aumentar su prestigio y autoridad. Salió, pues, de Santa Cruz, dirigiéndose al Paraguay, acompañado por unos veinte soldados, entre ellos, Diego de Mendoza, su cuñado. Salvó, con gran habilidad, el difícil tramo entre la fundación y el río Paraguay, donde pidió auxilio a los indígenas “guaxarapos” o “payaguaes”, para que le proporcionaran canoas para poder cruzar el río. Y consiguió llegar a Itatin, donde se encontró con el factor Pedro Dorantes y, juntos, regresaron a Asunción.
Dorantes había sido enviado por el Gobernador de Asunción, para verificar las noticias llegadas sobre la nueva fundación, Santa Cruz de la Sierra.
Por temor a represalias del Gobernador, Chaves y su séquito entró con cierta precaución a la ciudad, por lo que, con gran habilidad, se mostró “sumiso ante el Gobernador y ganando a su causa al obispo Fray Pedro de la Torre”. El recelo primero se vería, pues, injustificado.
El temor del Capitán Chaves era que se le acusase de haber participado en la muerte de Diego de Abreu y, también, de no haber acatado las órdenes asignadas, lo que había traído consigo la separación de un gran territorio, la zona de Santa Cruz de la Sierra, de la gobernación del Río de la Plata.[8]
Considerándose seguro de cualquier imputación que se le hiciese, propuso una ampliación de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra y, también, una gran expedición al Chaco. Para ello contaba con el apoyo del obispo, por lo que consiguió hacer realidad ambas exigencias.
En la expedición todos tenían algo que ganar: “Chaves y los suyos aspiraban a llevarse lo mejor de Asunción; el obispo deseaba buscar campo más apto para su genio emprendedor”,[9] a excepción del Gobernador, que no sabía el porqué ni el para qué se había comprometido en tal aventura.
El gran traslado fue e mayor acontecimiento surgido en Asunción, hasta el punto de que, “aunque no había objeto de guerra, apenas se había visto hasta entonces expedición tan numerosa, como si se llevase la idea de abandonar el Paraguay”.[10]
La partida de Asunción fue, en octubre de 1564, de unas dos mil personas. Ñuflo de Chaves, que pronto se haría con el mando y gobierno de la expedición, marchó por tierra con unos cuantos españoles, y el resto de la expedición lo hizo en 21 embarcaciones de remo y vela, y unas ochenta canoas. Por el camino, fue recogiendo algunos indígenas, que, por falta de alimento para tantas personas, perecieron en su gran mayoría. Por esto, decidió fundar, en pleno Chaco, el poblado de Itatin, donde se quedó la mayoría de los supervivientes de los indígenas que sacó del Paraguay.
A su arribo a Santa Cruz, en mayo de 1565, los expedicionarios consideraron haber llegado al fin de sus fatigas, pero se encontraron con que la ciudad carecía de lo más indispensable para la vida, a causa de una grave sublevación de los indígenas de aquella zona. Además, se había interrumpido toda comunicación con el Virreinato del Perú.
Poco tiempo después de confrontar esta grave situación, Chaves salió de Santa Cruz de la Sierra con un puñado de cincuenta españoles y algunos indígenas. Tras una rápida campaña, sometió a las tribus cercanas, aunque los “guapas y los “chiriguanos” se resistieron con gran tenacidad, debiendo los españoles librar duros combates, de los que salieron victoriosos. Esto permitió que, en poco tiempo, se restableciese la comunicación con el Perú.
Durante este periodo, el Gobernador, Ortiz de Vergara, sucesor en el cargo tras la muerte de Irala, intentó proseguir su camino en dirección a Charcas, pero no se lo permitió Hernando de Salazar, con el pretexto de trabas burocráticas. Este impedimento tenía como propósito ganar tiempo y disponer los acontecimientos a medida de los deseos de su capitán y amigo, Ñuflo de Chaves.

7. Villa Santa Cruz de la Sierra

La Villa de Santa Cruz de la Sierra era un municipio en la provincia de Cáceres, Partido Judicial de Trujillo, de Extremadura. La hermosa Santa Cruz se asentaba sobre un relieve en el que dominaban las formas aplanadas, salvo en el sector emplazado sobre la sierra de Santa Cruz, donde la altitud supera los 700 metros sobre el nivel del mar y las pendientes superan el valor del 20 por 100. Su clima se clasifica como del tipo mediterráneo y su característica esencial es la irregularidad pluviométrica y el contraste térmico estacional.
Según Navarro del Castillo, la contribución de Santa Cruz de la Sierra a las 29 personas de esta pequeña villa, se integraban en el proceso americano para contribuir la otra Santa Cruz de la Sierra en Charcas tras una expedición que partió desde Asunción del Paraguay.
La villa de Santa Cruz de la Sierra, en 1594, pertenecía a la Tierra de Trujillo en la Provincia de Trujillo. A la caída del Antiguo Régimen la localidad se constituyó en municipio constitucional en la región de Extremadura, dos siglos y medio después.
La agradable villa era dueña de verdores primaverales, de encantos naturales muy atrayentes, de perspectivas muy agradables, era un pequeño poblado que vivía entre grandes recuerdos históricos, que lo hacía ser visitada con frecuencia por curiosos, pero sin porvenir, por lo reducido que quedó su patrimonio.
Poseía numerosos restos arqueológicos encontrados en la demarcación de la villa, pertenecientes al Neolítico y a la época romana. También del período visigodo había algunos restos, como una pilastra de mármol que en la actualidad se conserva en el templo parroquial.
Por esta villa pasaron las civilizaciones precélticas, celtíberas, lusitanas, vetonas, árabes y romanas. En su patrimonio contaba con la Iglesia-convento de los Agustinos, un convento agustino del siglo XVII, con la iglesia de mampostería de cruz latina, celdas, claustro y numerosas dependencias. Se conservaban restos de pintura mural, con motivos vegetales, geométricos y animados. De los retablos e imágenes que tuviera, sólo se conserva una pequeña imagen en granito de San Agustín, de hacía 1700.

8. Fundación de Santa Cruz de la Sierra

La fundación de Santa Cruz de la Sierra tuvo características diferentes a las de otras fundaciones hispánicas en América: fue un asentamiento realizado más al interior del continente, casi al centro exacto del subcontinente sudamericano, “lejos de todo y cerca de nada” como alguien diría, según el artículo publicado en la revista prefectural “Carretón Cultural”, escrito por Luís Darío Vásquez.
Don Ñuflo de Chaves, el fundador, concibió su tarea de una forma diferente a la que pensaban las autoridades de Asunción, cuando por razones de mejor administración colonial le comisionaron para poblar la región de los Xarayes, es decir, como un sitio desde el cual fuese posible llegar con mayor facilidad al Paitití, el Gran Moxo o al El Dorado, sino como asiento de carácter permanente para una población que no debería perderse y por el contrario ir en constante incremento, como se supone debió decir el acta de fundación correspondiente, relacionado las atribuciones para repartir encomiendas con las de poblar e introducir civilización a fin de hacer producir el suelo.

8.1. Pueblos autóctono prehispánicos

Antes de la llegada de los europeos a la región central de Sudamérica, en el siglo XVI el territorio estaba escasamente poblado, con posiblemente menos de un habitante por kilómetro cuadrado. Estaba ocupado por muy diversas etnias de linajes amazónicos y pámpicos, cuya actividad principal era la caza y la recolección de alimentos; aunque algunos grupos como los “arawakos- chané” llegaron a practicar una horticultura regular con visos de incipiente agricultura, con predominio de la yuca o mandioca seguida del maíz. Esta diversidad de etnias se hallaba frecuentemente en guerra entre ellas; los “amazónidos” “arawakos”, especialmente los llamados “chanés” fueron subyugados por los, también amazónicos, guaraníes creando el grupo mixogénico despectivamente llamado por los altiplánicos como “chiriguanos” incluyendo las parcialidades de los “itatines” en el este, “pausernas-guara sug'we” o “itenez” también en el este; “izozog” y “mbia Auki”.
En el núcleo territorial habitaban los “guarayos”, “gorgotoquis” entre el río Guapay y al región de San José de Chiquitos,  al este los “chapakuras”, los “otuquis”, los “guatos” o “xarayes” y los pámpidos mal denominados chiquitos, incluyendo a los “penoikia” o “penoquiquias”, “saravecas”, “paunacas”, “paiconecas”, “pioconas”, “piñocas”, “manasicas”, “animomecas”. Al sur se destacaban los “ayoreos”, “morotocos” o "ugaraños"; al sureste los “išir”, vulgarmente llamados “chamacocos” o “zamucos”; aunque, la palabra “zamuco” originalmente designó tanto a los “ayoreo” o “ugaraños” como a los “chamacocos”, también los “siriones” o “sirionó”, “yucaráes-yuras”, “otomanas” y “bororos” en el este.
Todos estos pueblos pertenecían a la etnia guaraní, prevaleciente en esta parte del sub continente.

8.2. Irrupciones Europeas

La primera irrupción europea documentada se inició desde el sudeste y habría sido llevada a cabo por Alejo García entre 1523 y 1525 quien lideró una muchedumbre de guaraníes en busca de la Montaña de la Plata, vale decir, las zonas mineras de los Andes, le siguió Juan de Ayolas quien partió desde el Puerto de La Candelaria ubicado en el río Paraguay probablemente en las cercanías de la actual ciudad brasileña de Corumbá. La expedición de Ayolas en la región abarcó el periodo que va de 1537 a 1540; le siguió otro español, antiguo lugarteniente de Ayolas: Domingo Martínez de Irala quien en la laguna La Gaiba fundó la efímera ciudad y Puerto de Los Reyes el año 1543, luego hubo un intento más por parte de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
La base de la expansión de los españoles se ubicaba en la consolidada ciudad de Asunción del Paraguay, desde allí también partió el primer conquistador establecido definitivamente en la región camba o cruceña. La ciudad de Santa Cruz de la Sierra fue fundada el 26 de febrero de 1561 por el Capitán español Ñuflo de Chávez, quien comandaba una expedición proveniente del Paraguay. En la Chiquitania o Llanos de Chiquitos y en la cuenca del Parapetí se establecieron exitosamente pueblos y ciudades misionales fundadas por jesuitas y franciscanos, esto desde  fines del siglo XVII y especialmente en el siglo XVIII. Testimonio de ello son, entre muchas otras, las ciudades de San José de Chiquitos y San Ignacio de Velasco.
El actual territorio cruceño formó la Gobernación de Santa Cruz de la Sierra dependiente de la Real Audiencia de Charcas dentro del Virreinato del Perú hasta la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776. En 1777 fue creada la Gobernación de Chiquitos a la vez que la Gobernación de Moxos, las cuales estaban: “sujetas al Presidente y Audiencia de Charcas, para el orden gradual de los recursos y demás asuntos que por su gravedad e importancia pidieron su conocimiento, y al gobernador de esa Provincia de Santa Cruz de la Sierra en lo militar por ahora”.
La Real Ordenanza de Intendentes de Ejército y Provincia del 28 de enero de 1782, dividió el Virreinato del Río de la Plata en ocho intendencias, entre ellas la Intendencia de Santa Cruz de la Sierra, siendo suprimidos los gobiernos de Chiquitos y de Moxos, pero esta Ordenanza no fue llevada a la práctica, por similar disposición del siguiente año. Sin embargo, la posición adquirida por esfuerzo propio, era mejor reconocida en la administración colonial.

8.3. Breve Descripción de Situación 

Entre 1550 y 1561, desde 1492, año en el que arribó Colón a La Española, hasta la conquista del Perú por Francisco Pizarro en 1532, transcurrieron 40 años de organización y montaje de aparatos y formación de grupos de conquistadores para diseminarse por el Norte y el Sur, hacia México y el Perú donde lograron la caída de los  imperios azteca e inca a manos peninsulares, para luego producirse la repartición y definición de áreas de influencia tanto de encomenderos, como de aventureros o hidalgos españoles.
Cuando se produjo la fundación de Santa Cruz de la Sierra en 1561, ya habían pasado 29 años de la caída del imperio incaico, años claves para consolidar la influencia de los  llegados por la ruta del Pacífico y para la frustración de los que llegaron por la ruta del Atlántico.
En esos años se había consolidado el control español sobre amplios y ricos espacios del Alto Perú y ya se adentraban al Amazonas, pese a que estas tierras eran difíciles de explorar, porque estaban pobladas por salvajes poco probables a someterse. Estos grupos, con menor grado de civilización que los incas,  tenían desarrollados pocos conocimientos y destrezas para el tratamiento de los metales y para acumular riqueza.
Los conquistadores llegados por el lado oriental, se adentraron en selvas y chaco, sin comprender que éstos no podían ser territorios para ricas conquistas y grandes botines. Como sólo encontraron nativos, a los que despreciaron de inmediato, se los repartieron como único beneficio que podrían obtener. El error de creer en la existencia de grandes riquezas se alimentaba por mitos y leyendas tomadas de los propios nativos. Era cada vez más seguro que los mitos de la tierra de los metales o Kandire, El Dorado, el gran Paitití, etc. se referían al  imperio incaico o al emporio representado por Potosí. Hasta el siglo XVIII, la ambición e ilusión les hizo creer que eran otras riquezas, ubicadas en otros lugares.
Sin saber con precisión lo que pasaba en las colonias, los que llegaban por la ruta del Atlántico no cejaron en su empeño de encontrar riqueza fácil, en otras palabras oro, plata y piedras preciosas al simple alcance de las manos. Se hicieron primeras incursiones por el llamado río de La Plata, llamado así por ser supuestamente el camino hacia la Montaña de la Plata, luego se asentaron en Asunción, donde Irala como gobernador buscó datos y trató de acercarse lo más que se pudiera a El Dorado. En esos momentos, 1543, en el Perú, Gonzalo Pizarro y sus seguidores se habían rebelado porque rechazaban las nuevas leyes de Indias y luego se enfrentaron con el primer virrey Blasco Nuñez de Vela, al que derrotaron y decapitaron. La época no podía ser mejor en descubrimientos de riquezas porque en 1545 apareció Potosí, que fue a partir de ese momento el fenómeno económico trascendental. Con más razón el rey estaba interesado en pacificar estas tierras y para resolver el problema el soberano mandó a un prelado, Pedro De la Gasca, que llegó con amplios poderes para pacificar la colonia, actividad en la que estuvo cerca de dos años.
En 1548, los llegados por el Atlántico, enviaron una delegación a Lima, con Chaves y otros, para pedir a La Gasca el nombramiento de Irala como gobernador. La Gasca temiendo que Chaves y su acompañamiento se pliegue a los alzados, ordenó que no se muevan un paso de donde se encontraban. La política de la colonia fue no hacer por el momento mayores exploraciones. Irala por ello murió sin haber avanzado algo más sobre nuevas tierras de vivir un tiempo posiblemente hubiese dirigido sus esfuerzos a otros emprendimientos vinculados con el mandato de poblar con cristianos las tierras que tan fácilmente conquistaron.

8.4. Fundación de la Ciudad

El Tratado de Tordesillas de 1494, suscrito por Portugal y España dispuso la repartición de  Sudamérica para tomar control de “su” territorio por cuenta de los españoles que comenzaron a realizar un movimiento envolvente desde dos orígenes ubicados en el continente, desde el Pacífico partiendo de Panamá y desde el Atlántico a través del río de La Plata primero y luego desde Asunción.
Probablemente todo esto sin existir una planeación previa y sin que alguien se hubiese propuesto claramente; sobre todo guiado por la simple ambición que era dominante en las iniciativas de adelantados y otros designados por la corona. Hubo quienes usaron su propio peculio, para buscar e ir tras fabulosos tesoros de cuya existencia tenían algunas referencias recogidas por donde transitaban.
Tanta codicia provocó  enfrentamientos entre ellos, adquiriendo, en ocasiones, carácter de guerra civil; pero, pese a las condiciones relativamente favorables, no se dio que los españoles desconocieran al rey, aunque estuvieron tentados a ello. La audacia de los más ansiosos no pasó de desconocer o incluso ajusticiar a las autoridades designadas por la corona o de asumir poderes para controlar el territorio de acuerdo a sus propios intereses. Las disputas entre los “leales” españoles era porque finalmente el inmenso territorio de América quedó pequeño para sus apetencias, lo trajinaron y rebatieron de norte a sur y de este a oeste, para buscar riqueza. En ese afán fundaron muchas ciudades de las cuales muy pocas se encuentran en el lugar de su establecimiento.
Parte de la historia colonial es la historia de esas luchas por riqueza, poder y por aprovechamiento del sudor y la sangre de los pueblos indígenas, pese a su rebelión  permanente. Esta es una verdad innegable pero decirla no justifica la conducta de los conquistadores, contra los aborígenes.
La corona española, ávida de obtener grandes riquezas en estos territorios, contaba con la potestad otorgada caprichosamente por la Iglesia que había definido la política de conquista y colonización, primero a través de “capitulaciones”, una especie de contrato entre la corona y el conquistador por el cual se otorgaba al susodicho derechos sobre los territorios conquistados, siendo su deber financiar la expedición, fundar ciudades para su respectiva colonización y catequizar a los indígenas, mal llamados indios.
La división inicial que España fijó en 1534 la partición del continente en cuatro, Nueva Castillo para Francisco Pizarro, Nueva Toledo para Diego de Almagro, Nueva Andalucía para Pedro de Mendoza, Nueva León para Simón de Alcazaba.
Ahí se inicio una grave reyerta porque dichas demarcaciones colisionaban con los intereses de cada conquistador. La verdad es que estas y otras delimitaciones posteriores provocaron toda suerte de enfrentamientos hasta llegar a las guerras civiles entre los conquistadores y entre la corona y los conquistadores. Es el caso de la lucha entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro por la posesión del Cusco, 70 leguas más o menos de su capitulación, entre Gonzalo Pizarro y la corona representada por el virrey Nuñez de Vela, entre Diego de Mendoza y el virrey Toledo y otras. Esto demuestra que la conquista no fue dispuesta por un cuerpo monolítico con un solo interés.

8.5. Fundaciones previas, definitiva y traslados

Por una decisión de independizarse de la gobernación del Paraguay, el Capitán Ñuflo de Chávez se adentró a su suerte en la zona de Chiquitos y en 1558 fundó en un primer momento La Barranca, sólo como un asiento informal, y otra con el nombre de Nueva Asunción. Pero, por otro lado, apareció un nuevo conquistador, Andrés Manzo, quien había sido facultado por el virrey para conquistar todas las tierras ubicadas detrás de Charcas; por lo que, deambulaba por el Chaco fundando otras ciudades como la Nueva Rioja o Condorillo y otra también bautizada como La Barranca. Estaba en esas andanzas cuando se tropezó con Chávez y allí surgió un serio conflicto de intereses y derechos.
Para resolverlo, en 1560, Chávez viajó nuevamente a Lima para conseguir que el virrey dirima su conflicto con Manzo y acepte crear una provincia nueva sobre los amplios territorios desde Chiquitos a Moxos. El virrey aceptó y nombró gobernador de ese nuevo territorio a su propio hijo Francisco Hurtado de Mendoza, en la medida que la idea de encontrar muchas riquezas, tal como Ñuflo de Chaves proponía sagazmente y alimentaba la avaricia de esos ambiciosos. El hijo del virrey nunca llegó a las tierras sobre las que así se decidía. En los hechos Chávez, nombrado lugarteniente de Mendoza, se hizo cargo de la gobernación.
A su vuelta, ya con todas las de la ley, Chávez fundó Santa Cruz de la Sierra, en un acto que se llevó a cabo en una región muy alejada de su definitiva ubicación, tierra de los “gorgotokis” y “cibacicosis”, hoy Chiquitos, y debió ser en base a los argumentos jurídicos inventados por los españoles para apoderarse sin mayor derecho de estas tierras, tal como se reconoce actualmente.
Era por demás convincente que en vísperas de un asalto a una aldea, los españoles explicaban a los nativos que Dios había venido al mundo y dejado en su lugar a San Pedro, quien tenía por sucesor al Papa y que él Santo había concedido  a la reina de Castilla autoridad para disponer de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro. En caso de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían esclavizados junto a sus mujeres e hijos. Aunque, este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, durante la noche, en lengua castellana y sin intérprete, en presencia de un notario, pero de ningún indígena, porque ellos dormían, a varias leguas de distancia, y no tenían la menor idea de lo que decidían contra ellos.
Se debe entender que una cosa fue el territorio de la gobernación y otra la ciudad de Santa Cruz, que a partir de ese momento se constituía en un hito de la frontera, pero que resultaba demasiado lejana para los intereses del virreinato pese a  pasar a depender de la recién creada Audiencia de La Plata o Charcas.
El Acta de Fundación de Santa Cruz de la Sierra desapareció pero hay quienes, en base a suposiciones lógicas, la reconstituyeron y  publicaron como tal, haciendo énfasis en un supuesto espíritu bondadoso y caritativo de los fundadores.

8.6. Recreación del Acta de Fundación

Muy lamentablemente, en Bolivia y en España no existe el original o una copia del Acta de Fundación de Santa Cruz de  la Sierra, pese a esfuerzos de notables investigadores para encontrarla, no fue posible hasta la fecha. Debió perderse en algún luctuoso acontecimiento, sin que se haya perdido la esperanza de hallarla algún día.
 Sin que resuelva el problema se cuenta con la posibilidad de tener un acta supletoria, creada como efecto de la disposición de 20 de abril de 1561, a sólo dos meses de fundarse la ciudad en tierras de Chiquitos, por la cual es posible recrear un documento de esta naturaleza conociendo otros similares.
Se tienen pruebas adicionales en otros documentos, como el denominado “Resolución de los casos ofrecidos al Capitán Ñuflo de Chaves”, suscrito en Santa Cruz de la Sierra, el 9 de mayo de 1561.
Los documentos que fungen como fuentes consultadas, por el señor Nino Gandarilla, con la finalidad de recrear el Acta de Fundación de Santa Cruz de la Sierra, son: el Acta de repartición de encomiendas de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, de 20 de abril de 1561; el Acta de Fundación de la ciudad de San Lorenzo, de 13 de septiembre de 1590; además de la Historia de la Conquista del Oriente Boliviano de Enrique Finot; “Ñuflo de Chávez” de Roberto E. Porcel; “Fundaciones y traslaciones de la Ciudad de Santas Cruz y San Lorenzo” de Guillermo Pinkert J. “Ñuflo de Chávez, el Caballero Andante de la Selva” de Hernando Sanabria Fernández, de 1984;la “Relación de la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra y su Gobernación” de Juan Pérez de Zurita.
“Con fines académicos, uno de los fundadores de la Nación Camba, Nino Gandarilla, intenta reproducir lo que el 26 de febrero de 1561 pudo ser el Acta de Fundación de Santa Cruz de la Sierra. Indagó para ello los documentos a su alcance y consultó a investigadores; entre ellos Carlos Cirbián, Elio Montenegro, Paula Peña, Róger Otero y Saúl Suárez, quienes le manifestaron su prudente parecer. Pese a ello, dice el autor, este documento puede servir para que estudiantes y ciudadanos puedan recrear -aunque sea un poco- ese momento solemne, conociendo los protagonistas y sitios de la época. Sin embargo, evidentemente su valor no pasa de ser un producto de la imaginación”.
“En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas en un solo Dios, que vive y reina por siempre, amén, tomando por intercesora e abogada a la Virgen María, Nuestra Señora de las mercedes, para lo que abajo irá declarado:
“Estando en el asiento de los Gorgotoquis, indios por nos llamados Chiquitos, en el llano que se encuentra al pie de la longa sierra de nombre natural Riquío a orillas del arroyo que le dicen Sutó, a veinte y seis días del mes de febrero del año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de mil y quinientos y sesenta e un años, el muy magnífico señor capitán Nuflo de Chaves, Teniente General de Gobernador y Justicia Mayor en estas provincias y gobernación, por el muy ilustre señor don García Hurtado de Mendoza y Manrique, Gobernador y Capitán General en las dichas provincias y gobernación por su Majestad el Rey don Felipe nuestro señor, desde el río Paraguay y el Pilcomayo hasta la cordillera de los chiriguanaes y los confines de los Charcas e todo lo demás que descubriere y poblare, por el Rey nuestro señor, dijo, que para gloria y honra de Dios Nuestro Señor, y en que se celebre, santifique y alabe su Santísimo Nombre y que se predique el Sagrado Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo e para poblar y desencantar esta tierra de la gran noticia e traer a los indios chiquitos e chiriguanaes y demás indios naturales al conocimiento de Dios Nuestro Señor y de nuestra Santa Fe Católica, poniéndolos en toda buena policía y en república a modo de españoles e a la obediencia del Rey Don Felipe nuestro señor y de sus sucesores en los reinos de Castilla y León, con maduro consejo y parecer de personas de ciencia y experiencia y conciencia, ha determinado hacer y fundar en este asiento de los indios Gorgotoquis, y para que mejor efecto tenga, dijo:
“Que en el dicho nombre y por virtud de los reales poderes que su Majestad tiene, que por ser tan notorios no van aquí insertos, fundaba y fundó y depositaba y depositó en este asiento de los Gorgotoquis, la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, a la cual daba y dio toda la jurisdicción real, civil y criminal para que usen de ella según y de la manera que las demás ciudades de los reinos del Perú y del Río de la Plata la usan y ejercen y en esta gobernación pueden y deben usar, en nombre de Su Majestad.
“Asimismo, dijo que concedía y concedió a la ciudad por términos y jurisdicción por la parte de levante desde el río Paraguay, que incluye las tierras y provincias de los indios Xarayes, Payconos, Coroquies, y Chiquitos, hasta la cordillera de Vitupué y los Yuracarés que es al poniente, pasando por las tierras de los Citaguaries, los Tamacosis, el río que llaman Guapay, llanos de Cotoca, la Barranca, los llanos de Grigotá y la Punta de San Bartolomé y por la parte desde el sur desde el río Parapetí y Pilcomayo, hasta los confines de los Charcas y toda la provincia de los chiriguanaes, porque desde allí comienza el término y jurisdicción de esta gobernación de los Mojos y entran en esta jurisdicción todas las exenciones, franquezas, libertades y mercedes que a esta ciudad tiene concedidas y que en esta fundación van insertadas.
“Otrosí. En virtud de Su Majestad y por los reales poderes, dijo que daba y dio, concedía y concedió a esta ciudad todas las preeminencias, franquicias y libertades y exenciones que tienen las ciudades de los reinos del Perú y del Río de la Plata y más las que en los capítulos insertos le tiene concedidas, para que de todas, en nombre de Su Majestad, use y goce como en ella se declara,
“• Que mandaba y mandó a todos los jueces y justicia de esta Gobernación de los Mojos que contra ellas, ni parte alguna de ellas, no vayan en manera alguna so pena de caer e incurrir en las penas establecidas por derecho, y de sanciones pecuniarias para la cámara e fisco de Su Majestad, por cuanto se les concede por servicios de guerra y para poblar esta ciudad, las cuales no pueden ser revocadas en manera alguna. E firmólo de su nombre Don Ñuflo de Chaves. Por mandado, Francisco Gallego, escribano mayor de gobernación.
“• Ansí hecha la dicha fundación, de la manera que dicha es, este día, mes y año, en la plaza de esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra, por voz de Bartolomé Ruiz, pregonero. Testigos que fueron presentes el capitán Hernando de Salazar, el capitán Alonso de Cañizares, capitán Juan de Garay, don Diego de Mendoza y otros ochenta y cuatro hidalgos, capitanes y soldados. Doy fe, Francisco Gallego, escribano mayor de gobernación.
“• Después de lo dicho, este día veinte y seis de febrero de mil y quinientos y sesenta e un años, el muy magnífico señor capitán Nuflo de Chaves, estando en dicho asiento, con el pendón de Castilla en alto, acompañado de sus capitanes cabalgó hacia los cuatro lados de este asiento invocando el nombre de Su Majestad y de Castilla. Luego puso mano en la espada diciendo en alta voz: Posesión, posesión, posesión por el Rey Don Felipe nuestro Señor y por sus sucesores de los reinos de Castilla y León. Y tirando cuchilladas a todas las partes cortó ramos de árboles tomando posesión real y corporal y actual señorío de esta ciudad de Santa Cruz de la Sierra que en nombre de Su Majestad ha fundado y funda en este asiento de los Gorgotoquis, en la llanura a orillas del arroyo que le llaman Sutó al levante y pie de la serranía del Riquío al sur, la cual dicha posesión tomó y aprehendió en público, y estando presentes como testigos el capitán Hernando de Salazar, capitán Juan de Garay, P. Francisco Pérez y otros ciudadanos, capitanes y soldados.
“• Ansí de cómo tomó y aprehendió dicha posesión sin contradicción de persona alguna, pidió a mi, el escribano, se lo dé por testimonio de lo actuado en nombre de Su Majestad y del muy ilustre Don Andrés Hurtado de Mendoza e firmólo de su nombre, el señor capitán Nuflo de Chaves ante mí Francisco Gallego.
“• Luego in continenti, después de haber tomado posesión el teniente general de gobernador don Nuflo de Chaves, levantó e hizo levantar con palo en señal de horca e rollo, dando a la ciudad e a las Justicias con que castiguen e sean castigados los malhechores, e dijo que estaba dispuesto a la defender con sus armas, lo pidió por testimonio e fueron a ello presentes los testigos y personas susodichos e firmólo el señor capitán Nuflo de Chaves, ante mi, Francisco Gallego, escribano.
• Luego in continenti ordenó al vecindario la elección de los alcaldes e regidores del Cabildo, e prosiguiendo con lo ordenado fueron aclamados como alcaldes los hidalgos Pedro Tello Girón y Juan de Agreda Garcés y elegidos como regidores Fernán Campos, Jorge de Herrera e Juan de Garay. E luego de tomarles juramento en nombre de Su Majestad ordenó que el alguacil mayor Hernando de Salazar, el factor Bartolomé de Moya e veedor Alonso de Cañizares y el tesorero Gerónimo de Leiva entren desde ese momento en ejercicio de sus cargos.
“E ansí hecho firmólo el teniente gobernador y el Cabildo, Justicia e Regimiento. Don Nuflo de Chaves, Pedro Tello Girón, Juan de Agreda Garcés, Bartolomé de Moya, Hernán Campos, Jorge de Herrera e Juan de Garay. Ante mí, Hernando de Salazar, Alonso de Cañizares, Gerónimo de Leiva. - Ante mí Francisco Galle”.[11]

9. Muerte del Capitán Ñuflo de Chaves

En 1568, se presentaron, en Santa Cruz, el obispo, el Teniente General Felipe de Cáceres, y otros caballeros que iban de regreso a Asunción. Allí fueron bien acogidos por Chaves para ganar la voluntad de algunos y conseguir que se quedaran a vivir en aquella ciudad, como así hicieron posteriormente. Chaves se ofreció a acompañar, a los que no se quedaban, hasta la mitad del camino de regreso a Asunción, desde donde volvería de nuevo a su fundación. Iniciado el viaje, al llegar al pueblo de Itatin, se sorprendieron de hallarlo abandonado. Por temor a una traición, Chaves se separó del grupo con una compañía de soldados, yendo de un lado para otro del itinerario.
Al llegar a un pueblo, en el que, según conoció, estaban muchos caciques principales, se adelantó, de su compañía, con doce soldados. Fue bien recibido y hospedado con muestras de amistad, dándosele una casa por posada. Chaves entró en ella. Allí tenían colgada una hamaca, se sentó y se quitó la celada, pieza de la armadura que cubría la cabeza, para refrescarse. En ese momento, un cacique principal llamado Porrilla, le dio con una macana, especie de clavo o maza, que usaban los indígenas americanos como arma ofensiva, en la cabeza, con tanta furia, que le sacó fuera los sesos y lo derribó al suelo.
Este hecho terminó con la vida del valiente aventurero trujillano, que, por las numerosas hazañas, gozaba de gran popularidad entre los conquistadores españoles, y que, como dice Azara, acabó con la expansión de aquella región: “Si esta desgracia no hubiese sucedido, es de creer que no sólo habrían descubierto y poseerían los españoles los minerales de oro, diamantes y otras piedras preciosas que disfrutan los portugueses en Matogrosso y Cubayá, sino, también, que se habría conservado abierta, por el río Paraguay, la comunicación del Río de la Plata con España, de la provincia de Chiquitos, Moxos, Santa Cruz y otras que, por falta de esta proporción, fueron y serán siempre pobres”,[12] aunque tal expresión sobre el futuro era inexacta pues el oriente del Alto Perú, después Bolivia es una de las regiones más ricas en recursos naturales del planeta.
Así desapareció de la escena de las fundaciones gloriosas su más alto exponente, el hombre que había comprometido su corazón, su alma y su cuerpo a llenar de españoles esa parte de América, talvez la más bella.

10. Actual Oriente Boliviano

Después de los 16 años de Guerra de la Independencia, donde Santa Cruz de la Sierra no escatimó esfuerzo para logar la liberación nacional, pasó a formar parte de la nueva República de Bolivia, creada en 1825 y constituirse por derecho propio en la ciudad más importante del oriente boliviano y recibir con orgullo la denominación de Esperanza y Futuro de Bolivia. Se conoce ahora con el nombre de Oriente Boliviano la extensa zona boliviana que se agranda desde las últimas estribaciones de la Cordillera Oriental de los Andes hacia el este, hasta Mato Grosso, en Brasil; y desde los ríos Madera y Abuná, en el norte, hasta las llanuras del Chaco Boreal, en el sur, ocupa los actuales departamentos de Pando, Beni, y Santa Cruz y parte de los de La Paz y Cochabamba, o sea más del 50% del territorio nacional.
Por razones geográficas, históricas y fundamentalmente culturales, el territorio del Oriente Boliviano se suele dividir en tres subáreas: los Llanos de Moxos, la Chiquitania y la Cordillera de Chiriguanos.

10.1. Asentamientos Culturales en el Oriente Boliviano
 
Los estudios arqueológicos existentes señalan la dificultad de establecer cuales fueron las relaciones entre las culturas del Oriente Boliviano con las áreas colindantes, sin embargo, las noticias históricas expresan  haber tres temas de gran interés: a) La expedición del Inca a tierras del Gran Grigotá; en el actual Departamento de Santa Cruz; b) La expedición del Inca a los Llanos de Moxos; y c) Las migraciones de los grupos guaraníes.

10.2. Referencias Iniciales

Se hallan disponibles las siguientes primeras referencias:
1. El adelantado y Gobernador del Río de la Plata Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en su Relación, da muchas noticias de gran interés etnográfico y habla de una expedición comandada por un portugués, alejo García, que habría penetrado en el Oriente Boliviano en el primer tercio del siglo XVI, con un número considerable de indios y “de estos guaraníes que fueron con García habían quedado muchos perdidos por la tierra adentro”
2. En la Relación verdadera del asiento de Santa Cruz de la Sierra, 1574, se habla de los chiriguanos como de origen guaraní “que han pasado de la otra banda del río de la Plata”.
3. A principios del siglo XVII el P. Felipe de Alcaya, cura de Mataca, escribió una relación en la que se hace referencia a las expediciones del Inca hacia el Oriente Boliviano y establece lo siguiente:
3.1. Huayna Capac decidió la conquista de los llanos de Grigota. Efectuada ésta, el Inca se erigió en “rey y señor de los llanos” haciendo de Samaipata cabeza de su reino. Sin embargo, pronto empezaron los ataques de los chiriguanos que derrotaron al enviado del Inca.
3.2. La noticia del establecimiento del Inca en Samaipata llego a oídos de los guaraníes, quienes organizaron una gran expedición: “cinco mil de ellos vinieron para Grigotá y mil se quedaron en la provincia Itatín donde hoy existen más de ocho mil. Y los mil restantes fueron a ver a Manco Inca, de los cuales han quedado pocos, porque hallaron gente de guerra que los fueron matando”.
3.3. También en tiempos de Huayna Cápac sitúa la expedición a los chunchos o moxos. Una vez realizada la conquista, con mucho esfuerzo, pobló la región con gente que había traído. Ante la noticia de la muerte del Inca y la llegada de los españoles, esta gente se quedo en Moxos, Según los Cronistas de 1961.
4. En Comentarios Reales de los Incas, el Inca Garcilazo de la Vega da amplia información sobre las expediciones del Inca al Oriente Boliviano así como sobre los chiriguanos.
4.1. Tanto la expedición a Moxos como a los llanos de Grigota se realiza-ron en tiempos del Inca Yupanqui. A diferencia de Alcaya, Garcilaso dice que primero se realizo la expedición a Moxos.
4.2. Con muchas dificultades consiguieron la conquista de los moxeños, quienes “se redujeron al servicio del Inca… eran poco mas de mil cuando llegaron a ella…” Pasado el tiempo, durante el reinado de Huayna Capac pensaron regresar al Cusco, pero ante la noticia de la llegada de los españoles “acordaron quedarse de hecho”.
4.3. La expedición hacia los chiriguanos fue un fracaso. Garcilaso habla de la presencia de este grupo en su actual hábitat desde tiempos del inca Yupanqui.
5. En la historia de los Incas, de Pedro Sarmiento de Gamboa se afirma que en tiempos de Huayna Capac los chiriguanos se hallaban alzados; asimismo se hace clara referencia a los problemas que este grupo había causado con anterioridad.

10.3. Referencias de Historiadores de los siglos XVIII y XIX

Las principales referencias conocidas en la actualidad son las siguientes:
1. Los jesuitas Juan Patricio Fernández (1985) y Pedro de Charlevoix (1910) dan como cierta la noticia que atribuye al portugués Alejo García la migración de guaraníes hacia el Oriente Boliviano.
2. El viajero francés Alcides D’Orbigny en su obra “El hombre Americano” da como cierta la noticia de Garcilaso sobre la expedición del Inca a los chiriguanos; asimismo, también admite la de Alejo García. “Tales guaraníes, los que vinieron con García, son con seguridad los que habitan hoy los lugares, pero nada prueba, como asegura el padre Lozano, que esos nuevos guaraníes hayan aniquilado por completo a los habitantes que encontraron, y la unidad de la lengua en ambos sexos, la pequeña corrupción de la lengua, y el gran numero de chiriguanos en la actualidad, dé la certeza de que los chiriguanos de los Incas eran también guaraníes, a los cuales se mezclaron los recién llegados del Paraguay formando una sola y misma misión”.
Algunos criterios del siglo XX, como de Nordenskiold (1919:72-78) llegan a las siguientes conclusiones respecto a las invasiones guaraníes: “Que al principio del siglo XVI numerosos indios guaraníes emigraron del río Paraná y del río Paraguay a los mas distantes valles de los Andes; Que los distritos en que estos indígenas habitaron no fueron antes habitados por otros nativos guaraníes, sino únicamente por “arawakas”; Que Alejo García, el portugués, estuvo en el Imperio Incaico antes que Pizarro”. Este autor, sólo admite la migración que hicieron los guaraníes con Alejo García.
Lo anterior muestra claramente la amplia vinculación entre las culturas occidentales y orientales de Bolivia, para sentar base imprescindible destinada a no sólo incrementar dichos vínculos, sino buscar afanosamente, cuanto pueda establecer la escasa diferencia existente entre las culturas nativas bolivianas.
En la actualidad Santa Cruz de la Sierra es una ciudad próspera y moderna, con más de un millón habitantes y a la cabeza en cuanto a desarrollo entre los departamentos de Bolivia. La ciudad es la más poblada de la República de Bolivia y su importancia se incrementa cotidianamente.
El departamento produce: algodón, caña de azúcar, tabaco, soya, arroz, vainilla, café, girasol, cacao, urucú (achiote), variedad de verduras, cítricos y frutas tropicales.
Uno de los campos de inversión en Bolivia de los últimos años es el destinado a incrementar la calidad y el número de cabezas de ganado; también se han introducido al país sementales de: cebú, holstein y santa gertruds; que se han adaptado a las tierras cálidas de oriente y norte de Bolivia.
Al sudeste del departamento se encuentra el Mutún, yacimiento de hierro y manganeso con una producción de 100,000 toneladas de acero. Existen también varios yacimientos auríferos, como los del río Colorado que nos son intensivamente explotados. En la zona de Chiquitos afloran cristales de mica y se han registrado la existencia de caolines, estaño, plata, manganeso, platino, plomo y oro.

10.4. Santa Cruz de la Sierra en los siglos XVI y XVII

Razón sobraba para asegurar cuán complicada era la cronología de fundaciones y traslaciones de Santa Cruz de la Sierra en su primer medio siglo de vida. Desde las primeras andanzas de los conquistadores por estas tierras tropicales, hasta el definitivo asentamiento de la ciudad, pasó mucho tiempo, y la población, cual si se hubiese contagiado de la manía ambulatoria de los castellanos, vagaba andariega de un lado para otro.
Como quiera que aún exista confusión acerca de fechas y lugares en todas estas idas y venidas, es oportuno fijar lo que podría llamarse el proceso cronológico de las fundaciones y traslaciones de Santa cruz de la Sierra. A ello responde este modesto trabajo:
    * 1547: Domingo Martínez de Irala con Ñuflo de Chaves y otros expedicionarios llegan al río Guapay, al oriente de la actual Santa Cruz de la Sierra; tropiezan con indios encomendados a Peranzures y se detienen. Chaves es enviado a Lima a entrevistarse con La Gasca. Cuando vuelve, ya no encuentra a Irala y con la gente que trajo del Perú, más o menos 80 hombres debió seguir hacia ¡Asunción!
    * 1558: Febrero; sale Ñuflo de Chaves de Asunción; entra por los Xarayes y llega hasta los campos del actual Mojos; desciende al Sur.
    * 1559: 24 de Junio. Se subleva la ente de Chaves y lo abandona retornando a Asunción. Quedan Chaves, Hernando de Salazar, más de 40 españoles y algunos centenares de indígenas amigos.
    * 1559: 1 de agosto. Con la dicha gente, Chaves funda Nueva Asunción en la orilla derecha u oriental del río Grande o Guapay.
    * 1559: Una avanzada de Chaves encuentra en la otra banda del Guapay a gente que había entrado con Andrés Manso. Ante el conflicto jurisdiccional emergente, Chaves con Salazar marchan a Lima a pedir justicia.
    * 1560: Por esta época, gente de Manso, o de Chaves, o de Luis de Cabrera lugarteniente del primero, fundan La Barranca, más o menos a la altura del paralelo 17, frente a la Nueva Asunción.
    * 1560: 15 de febrero. El Virrey del Perú, Marqués de Cañete, nombra a su hijo don García Hurtado de Mendoza, gobernador de la provincia de Moxos y su lugarteniente a Ñuflo de Chaves; como don García estaba en chile, de hecho el gobernador fue Chaves. Con este acto, creó también esta nueva provincia o gobernación. Manso resistió las órdenes virreinales y preso fue enviado a La Plata.
    * 1561: 26 de febrero. Ñuflo de Chaves fundó Santa Cruz de la Sierra en la falda de la serranía de Chiquitos, a muy pocos kilómetros de la actual población de San José de Chiquitos.
    * 1561: Más o menos por esta época, Chaves debió trasladar La Barranca, de la orilla izquierda del Guapay a la orilla derecha o sea al sitio de la Nueva Asunción por él fundada. Esas dos poblaciones, constituyeron así una sola.
    * 1563: Continúan los diferendos entre Chaves y Manso. Este último se escapó o lo hicieron escapar de su prisión de Potosí y con alguna gente entró nuevamente hacia el oriente y fundó Santo Domingo de la Nueva Rioja, en la orilla izquierda u occidental del Parapeto. En este año, el propio presidente de la Audiencia se traslada a Santa Cruz y trae a Charcas a ambos capitanes; dio a Manso 1500 presos y a Chaves 1000 y dividió las jurisdicciones. Ambos quedaron contentos y no volvieron a repetirse los diferendos.
    * 1564: A mediados de este año, tanto Santo Domingo de la Nueva Rioja como La Barranca son destruidas por los chiriguanos. Manso es muerto en su población.
    * 1568: Septiembre. Ñuflo de Chaves es muerto por el cacique Sacuaratáo, en el pueblo de Buezteni, entre los itatines que se hallaban cerca de la margen occidental de los Xarayes.
    * 1575: 11 de mayo. En La Paz, el Virrey don Francisco de Toledo al designar a Juan Pérez de Zurita, Gobernador de Santa Cruz, le da orden de trasladar la población, orden que no se cumplió.
    * 1590: 13 de septiembre. Lorenzo Suárez de Figueroa y Gonzalo de Solís Holguín fundan solemnemente en la orilla oriental o derecha del Guapay la ciudad de San Lorenzo de la Frontera, que después se llamaría San Lorenzo el Real o San Lorenzo de La Barranca. La ubicación de la primera San Lorenzo parece fue en los antiguos restos de La Barranca.
    * 1591: Al finalizar este año, la población de San Lorenzo, de la orilla derecha del Guapay, cruza el río, trasladándose al lugar de Cotoca.
    * 1592: 27 de diciembre. Don Lorenzo Suárez de Figueroa funda la población de Santiago del Puerto, posiblemente en la orilla derecha u oriental del río San Miguel.
    * 1594: A mediados de este año, Santiago del Puerto cercado como estaba por los indios Tomacocíes, es abandonada para siempre.
    * 1595: 21 de mayo. Solemnemente Lorenzo Suárez de Figueroa y Gonzalo Solíz de Holguín, trasladan San Lorenzo, de Cotoca a la Punta de San Bartolomé, donde se asienta definitivamente.
    * 1600: En octubre o noviembre, gran parte de los habitantes de Santa Cruz de la Sierra es trasladada por Gonzalo de Solíz Holguín, de las faldas de la serranía de Chiquitos a Cotoca. La nueva población planta rollo y horca, tiene jurisdicción, etc. Sin embargo, muchos pobladores quedaron en la vieja Santa Cruz de la Sierra.
    * 1604: 4 de octubre. El Fiscal de la Audiencia de Charcas Francisco de Alfaro, nombra a Gonzalo Solíz Holguín, Capitán General para fundar un pueblo nuevo, etc. Sale el comisionado y se establece con su gente en las orillas del río San Miguel, a la espera de la autorización virreinal.
    * 1604: 1 de noviembre. El fiscal Alfaro, es el último en abandonar Santa Cruz de la Sierra en Chiquitos, habiendo trasladado ya todos sus habitantes a Cotoca.
    * 1605: 16 de agosto. Gonzalo de Solíz de Holguín funda solemnemente la población de San Francisco de Alfaro en la margen derecha u oriental del río San Miguel, o sea en el mismo sitio o las inmediaciones de la desaparecida Santiago del Puerto. La población de San Francisco de Alfaro, parece fue abandonada muy luego y vuelta a repoblar más o menos entre 1616 y 1618. Pronto desapareció y quedó su lugar señalado en los mapas jesuíticos del siglo XVIII, con una cruz, que designaba los pueblos o misiones abandonadas.
    * 1621: Noviembre. Se resuelve la traslación de Santa Cruz de la Sierra, de su asiento de Cotoca a San Lorenzo, cosa que se efectuó en los primeros meses del año siguiente de 1622. En consecuencia, Santa Cruz de la Sierra y San Lorenzo, constituyen una sola ciudad, denominándoselas así indistintamente. El primer nombre habría de prevalecer.
    * 1784: Es la última vez que en documentos coloniales conocidos de quien esto escribe, se llama a la dicha ciudad San Lorenzo. De aquí en adelante es únicamente nombrada como Santa Cruz de la Sierra.

Es todo cuanto se pudiera decirse al respecto. La fundamentación documental, tanto impresa como inédita sería muy larga de detallar y quedaría fuera de los propósitos y límites de estas notas







































Índice de Contenido

1. Descubrimiento del Río de la Plata                                         1
2. El Cerro Rico de Potosí                                                          3
3. Fundación de Buenos Aires                                                    6
3.1. Primera fundación                                                              6
3.2. Segunda Fundación                                                8
4. Fundación de Asunción del Paraguay                                      9
5. Llanuras del Grigotá                                                              10
6. Don Ñuflo de Chaves                                                             11
6.1. Misiones del Capitán Ñuflo de Chaves                                   12
6.2. El Gran Chaco                                                                    19
6.3. El Dorado y el Paitití                                                           21
6.4. Expedición a Través del Chaco                                            24
7. Villa Santa Cruz de la Sierra                                                  29
8. Fundación de Santa Cruz de la Sierra                                     30
8.1. Pueblos Autóctono Prehispánicos                                         30
8.2. Irrupciones Europeas                                                         31
8.3. Breve Descripción de Situación                                            32
8.4. Fundación de la Ciudad                                                      33
8.5. Fundaciones previas, definitiva y traslados                            35
8.6. Recreación del Acta de Fundación                                       36
9. Muerte del Capitán Ñuflo de Chaves                                       39
10. Actual Oriente Boliviano                                                       41
10.1. Asentamientos Culturales en el Oriente Boliviano                  41
10.2. Referencias Iniciales                                                         41
10.3. Referencias de Historiadores de los siglos XVIII y XIX          43
10.4. Santa Cruz de la Sierra en los siglos XVI y XVII                  44






[1] Díaz de Guzmán Ruy. La Argentina. Editorial de Enrique de Gandía, Madrid, 1986. Pág. 152.
[2] Julián María Rubio y Esteban, Exploración y conquista del Río de la Plata, siglos XVI y XVII. Historia de América, tomo XVIII. Salvat editores, Barcelona, 1942. Pág. 229.

[3] Herrera, Antonio de: Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar océano. 1736, Década VIII. Pág. 43.

[4] Pericot García, Luis: América indígena. Historia de América, T. I, Salvat editores, Barcelona, 1936. Pág. 672.
[5] P.Groussac: Mendoza y Garay, ob. cit. Pág. 290.
[6] Ibíd. Pág. 291.
[7] Herrera, Antonio de: Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. 1736, Década VIII. Pág. 97.
[8] Julián María Rubio y Esteban: Exploración y conquista del Río de la Plata. Pág. 305.
[9] Julián María Rubio y Esteban: Exploración y conquista del Río de la Plata. Pág. 305.
[10] Azara, Descripción e Historia del Paraguay y del Río de la Plata, tomo II. Pág. 171.
[11] Tomado del blog de Radio Caracol, Colombia: con el nombre de El Acta de Fundación de la Ciudad no ha sido Hallada. 24 de Febrero de 2011.

[12] Azara: Descripción e Historia del Paraguay, ob. cit. Pág. 177.