Paraíso Guaraní

PARAISO GUARANI

Rodolfo Acosta Castro

Toda autoridad del Río de la Plata, desde Asunción, Buenos Aires u otro sitio, donde eventualmente se encontraba, siempre tenía disposición para buscar la manera de llegar a esa sierra de la plata que ya era legendaria. Gil Pérez y Toñuelo, apodado Gilsote, era un hombre llegado desde España acompañando al Capitán Juan de Ayolas y que, en 1538, después de la muerte de éste, estaba bajo el mando de Manuel Monteclaro, junto a otros adultos y jóvenes de su misma edad y similares aspiraciones.

Como era corriente había marchado, junto con otros expedicionarios, grandes distancias, buscando indicios que permitieran al Gobernador Domingo Martínez de Irala conquistar la gloria llegando a la sierra de la plata que haría ricos a todos quienes se jugaban la vida, moviéndose infatigablemente en busca de una posible utopía. El último desplazamiento salió desde la Candelaria hacia el norte, habiendo llegado a unas ciénagas que los nativos guías, llamaban Izozog. El sitió era fantástico por la variada fauna y su entorno vegetal. No era posible contar el número de coloridas aves, de todos los tamaños y matices, que se veía diariamente. En las aguas, poco profundas, existía tal cantidad de peces que los expedicionarios comían como nunca lo habían hecho antes, acompañando los pescados con un tubérculo que los indios llamaban yuca y que tenía sabor inconfundible por su exquisitez.

El 21 de mayo de 1555 regresó la patrulla, para informar que las noticias sobre la tierra, donde abundaba la plata, se llamaba Sumac Orcko y que estaba siendo explotada con todo éxito por número creciente, de españoles en un lugar que se conocía como Potosí, donde ya estaba fundada una próspera ciudad con miles de bocaminas, en la imponente montaña que confirmaba las noticias sobre lo que se conocía como sierra de la plata.

La expedición había sido completamente afortunada, consiguió muchos animales vivos y carne salada de mamíferos y peces. Además varias especies vegetales, desconocidas en Europa, entre las que sobresalía el tubérculo conocido como la yuca por su agradable sabor, cocida o asada. Después de cuarenta y dos días de campaña, o mejor dicho, de asombro y sorpresa incesantes, los hombres y caballos, pese a su rica alimentación, estaban delgados, extenuados, aunque conservaban la mirada vivaz y rellena de ímpetu. Los hombres estaban bronceados por la fuerza del sol y la tibieza del ambiente con los cabellos muy largos, las ropas deshechas y sucias, tan gastadas como los correajes y los avíos de las cabalgaduras. Los españoles, como todos los de su raza, se mostraban despreocupados por los peligros afrontados y por los infortunios que debieron padecer por las largas caminatas, las noches atentas a cualquier contingencia por parte de nativos hostiles.

Para realizar buen trabajo, tal como disponían los jefes, mandaba la religión y necesitaba cada uno, debía cada uno cumplir su objetivo de atesorar la mayor cantidad de riqueza, mantenerse sano de cuerpo y alma, encomendándose a Jesús y María. En casos como estos ¿qué jefe no hubiera preferido a estos valerosos y fieles expedicionarios?

Gilsote, igual que sus compañeros, tenía presente todo el tiempo que sus esfuerzos serían recompensados, indudablemente, más temprano que tarde, con el placer que brinda la posesión de oro o plata en cantidad suficiente para volver a la pobre aldea que le vio nacer, con la felicidad y placidez que proporciona ser rico. Tenía además presentes a sus padres y hermanos menores, junto a los abuelos, los tíos y primos, los amigos y los conocidos a quienes podría cambiarles la vida, al volver con medios suficientes para comprar algo de tierra, cultivar y criar ganado. Todos los días, desde muy temprano en la mañana y hasta muy tarde en la noche, pensaba en todas las pequeñas felicidades que le esperaban.

Ahora, luego de las penurias soportadas, se solazaba por dormir sobre algo mullido y bajo techo, intentando minimizar momentos difíciles, tristes y angustiosos vividos en lugares inhóspitos, plagados de riesgos. Con mucha satisfacción podía descansar sobre un colchón de paja, con la cabeza apoyada sobre sus ropas ya lavadas y recosidas. Su complacencia aumentaba al saborear, nuevamente, la comida tomada sentado en una silla y sobre una mesa, aunque sólo fuera de pan y carne salada, pero rodeado de alegres camaradas que sabían gozar la vida, aunque fuera incierto su destino.

Sus sueños tenían sabor a la dulzura de la moza que gustaba atisbar en la lejana Almensilla, a tres leguas y al suroeste de Sevilla, que rogaba a Dios no consiguiera marido hasta que él retorne. Ella era bajita, bastante rellenita, pero con una sonrisa que podría alegrar la vida del más amargado mortal. Apenas había hablado una vez con ella, preguntándole sobre un corderito perdido cuando ambos hacían de pastores. Se preguntaba si habría cambiado su figura y su forma de lucirse con flores en el cabello; imaginaba llevaría un jazmín como le gustaba o una flor de granado o violeta. Pensaba que sus padres, amigos de los suyos, no se opondrían a tener un indiano en su familia, siempre que estuviera forrado con buena cantidad de oro, igual que algunos que habían retornado y comprado tierras, casas, muebles y ropas. Pero, también, se preguntaba si seguiría dueña de ese caudal de ternura y si le sería fiel y consecuente con su amor. La verdad era que no había ningún otro soldado, con aspiraciones iguales a las de Gilsote.

Daba mucha felicidad cumplir una misión, pero daba más placer quedarse en el campamento sin exponerse a los peligros de las travesías por lugares desconocidos, con toda clase de peligros.

Como era costumbre, la partida completa debía presentarse, después de recuperar fuerzas, acompañando a Manuel Monteclaro como jefe. A dos días del retorno se sintieron suficientemente capaces para cumplir la usanza militar. El superior de Manuel, Don Celestino Pino, los recibió paternalmente, manifestando que estaba orgulloso de tener bajo su mando a hombres tan valerosos, incluso dijo que estaba contento de los logros alcanzados en la incursión. Luego llamó aparte al comandante para, por mucho rato, decirle en voz baja un discurso que parecía ser agradable, según se podía calificar por la expresión de sus semblantes y era que le estaba convenciendo para ir a despojar a los nativos del oro que tuvieran.

Al terminar la plática, Monteclaro reunió a sus hombre para comunicarles que debían marchar, al día siguiente, en una nueva expedición mucho más al norte de la que habían concluido. El movimiento de los gruesos mostachos y luenga barba del jefe, se elevaba a la altura de sus cejas, mientras en sus subalternos la tranquilidad descendía, porque nadie podía superar el temor que entrañaba ser parte de pequeñas patrullas a las que se encargaban largas incursiones, en territorios desconocidos con innumerables riesgos. Se daba por seguro que los convocados simulaban no escuchar, ensayaban miradas de resignación. Los ojos y nariz del comandante se movían para mostrar signos de íntima satisfacción; pero también, se podía percibir alargadas miradas de los soldados, intentando desechar tétricos pensamientos.

Al día siguiente, de madrugada antes de la salida del sol, sólo tres días después de haber vuelto de una expedición que duró más de cuarenta días, el grupo de Manuel Monteclaro, acrecentado a quince subalternos, partió con rumbo noroeste, hacia la comarca conocida por los indígenas como Chacu y Chaco por los españoles.

Después de cuatro días de marcha, la expedición contactó con un indígena que había mantenido excelentes relaciones con los españoles en un pasado no lejano, cuyo nombre en lengua pampa era Calquen, en castellano águila grande. Cuando se enteró del rumbo a seguir, en su precario castellano comunicó que marchaban en dirección al Río Pilcomayo que nacía en los contrafuertes montañosos occidentales, donde vivían como nómadas los mataguayes, la tribu a la que otras de la región llamaban despectivamente “pies de ñandú”. Calquen, les dijo:

―Es una enorme llanura que limita muy al norte con los llanos del Mamoré una extensa área de bosques tropicales y al sur con las pampas. Está habitada por indígenas muy belicosos y crueles. En la llanura llueve mucho y el calor es insoportable. Los ríos que la atraviesan son el Pilcomayo y Bermejo cuyas nacientes están en las montañas del Tahuantinsuyo, el Estado poderoso donde está la sierra de la plata. El nombre chacu lo pusieron los quechuas y quiere decir: país de las cacerías, porque existe gran variedad de animales, unos con carne comestible y otros carnívoros peligrosos.

La sola mención de la tierra de la plata excitó a Monteclaro, incitándole a reiniciar la caminata para llegar, lo más antes posible, a la montaña que estaba seguro haría ricos a todos los expedicionarios. Siempre hacia el noroeste, reiniciaron la aventura tratando de ignorar el calor, el terreno anegado, la picadura de los mosquitos y el temor de toparse con alguna tribu de indígenas agresivos.

Dos días, después que el jefe decidiera caminar más de noche que de día, los cansados andarines vieron delante de ellos, a poca distancia, los destellos de una gran hoguera a la que se acercaron con mucha precaución, cuidándose de no causar algún ruido que podría delatar su presencia. Monteclaro no quería enfrentar a los que estuvieran alrededor del fuego, sólo quería saber quiénes y cuántos eran. Calquen que eventualmente hacía de guía, estuvo de acuerdo en no provocar un encuentro, antes de identificarlos. El jefe dispuso que sólo Calquen con dos hombres se aproximarían lo suficiente al lugar de proveniencia de los destellos.

El indígena, como todos los nativos, era muy sigiloso, contrastando con la torpeza de los castellanos, uno de los cuales era Gilsote y el otro un extremeño conocido como Fadrique. Con sumo cuidado llegaron a una colina desde la que era posible observar la hoguera, habían avanzado las últimas varas reptando. Cuando llegaron a la cima de un otero fueron sorprendidos por los nativos que en grupo, posiblemente, trataba de incorporarse a la reunión celebrada en torno a la fogata. La resuelta y súbita acción de los indígenas tomó de sorpresa a los blancos, no así a Calquen, impidiéndoles reaccionar; el ataque sorpresivo dejó muerto a Fadrique, mientras desaparecía el guía en las sombras de la noche y Gilsote caía en poder de dos robustos indios.

En instantes los captores avisaron con gritos la captura de un intruso, al centenar de hombres, mujeres, ancianos y niños que descansaban haciendo ruedo a un amplio fuego. La mayor parte de los indígenas salió chillando ferozmente por todo lado en busca de otros husmeadores, pero sin encontrar a nadie, debido a que el resto de la patrulla había espectado lo sucedido y retirado con la rapidez que impulsa el miedo.

Gilsote fue golpeado y empujado violentamente hacia la gente, que cuando lo tuvo a su alcance, se ocupó de quitarle sus ropas vociferando, de tal manera, que la víctima no pudo darse cuenta real de lo que le sucedía. Casi paralizado por el terror, no ofreció resistencia alguna, sólo atinó a resguardarse de los golpes que le propinaban en la cara y cabeza. No tardó mucho en perder el conocimiento.

Las luces del amanecer despertaron a Gilsote, cuyo cuerpo desnudo y atado como un ovillo, había permanecido la noche entera acostado sobre el suelo; sin embargo, no sintió dolor alguno ni molestia por dormir sobre la dura superficie del escampado, donde todavía humeaban los restos de la hoguera. Cuando tomó conciencia de lo sucedido, giró la cabeza y vio a sus captores. Eran muchos indígenas casi desnudos. Gilsote se irguió del suelo donde había pasado la noche. Cuando aguzó la vista evidenció que los indios mayores, hombres y mujeres, sólo llevaban como ropa una corta prenda parecida a camisa que no llegaba a cubrir el ombligo. No vio tienda, carpa u otra estructura parecida a vivienda o simple cobertura contra la intemperie.

Nunca supo que le decían las mujeres y niños que se agolparon a su alrededor, para gritar en una lengua extremadamente aguda que parecía herirle el cerebro; tampoco pudo entender por qué le golpeaban con puños y patadas, aún cuando estaba maniatado e indefenso. A media mañana, cuando los grupos todavía se alternaban para agredirle, apareció un indígena coronado con coloridas y largas plumas, portando un pequeño tronco, acompañado por otros tres individuos de apariencia similar pero sin las mentadas plumas.

Al ver al hombre desnudo que yacía ensangrentado y casi muerto de miedo, los indios hicieron, supuestamente, algunos comentarios en su incomprensible lengua, aumentando el terror que sentía el prisionero. Creyó que la decisión de ese conciliábulo debió ser mantenerle con vida, para que sirva de alimento en caso de necesidad. Lo cierto es que, desde ese momento, lo alivianaron de sus ataduras y pudo caminar por el campamento como uno más de los miembros de la tribu, con los que ya estaba, de entrada, identificado por su completa desnudez.

Su necesidad de alimento le llevó a merodear los lugares donde las mujeres asaban carne, teniendo en su entorno a los miembros de la familia aguardando recibir la parte que le correspondiese, pero sin poder precisar la clase de carne que era cocinada. Vio luego cómo se distribuían trozos asados a las llamas y presenció antojado cómo los engullían, sin tener perspectiva de recibir una ración. A medida que los comensales terminaban sus raciones, se iban deshaciendo de huesos y cueros, arrojándolos lo más lejos posible, sobre los que caía Gilsote para calmar su hambre. Desde ese momento adoptó la forma de obtener alimento, para no morir de inanición, sin pensar cuánto tiempo duraría ni siquiera imaginar otra forma de conseguir alimento.

Al principio el joven español, intentó conservar el registro del calendario, pero poco a poco se fue dificultando llevar debida cuenta del día y la fecha en que se encontraba, hasta olvidar por completo el día, mes y hasta el año. A medida que avanzaban los días iba reteniendo algunas de las palabras, con las que se comunicaban sus captores y empezó a usarlas con relativo éxito, a medida que los indígenas parecían olvidar que era un prisionero, para tratarlo como uno de los suyos. Los niños fueron quienes más próximos le recocieron como amigo, porque les enseñaba simples juegos de manos para tenerlos ocupados, mientras los mayores iban en busca de comida, siempre animal con alguna ingesta de yuca. Su problema de ropa fue resuelto pronto, cuando un anciano que había fallecido en el monte, fue descubierto por Gilsote y al que arrebató su corta vestimenta, con lo que parecía un hombre más de la tribu, porque el color de su piel oscurecía con facilidad y sólo le diferenciaba de los demás guaraníes su cada vez mas larga barba, por tanto era un ivy pora más.

Rápido el ex prisionero se dio cuenta que estaba en un pueblo que vivía preparado y preparándose continuamente para la guerra y que todos los otros pueblos vecinos, eran potenciales enemigos en determinadas circunstancias; aunque, el adversario declarado era siempre el conquistador español. Se enteró además que entre los pueblos autóctonos existía una especie de diplomacia que los mantenía informados sobre los sucesos trascendentales en cada grupo humano. De ahí que los nativos se referían a la sierra de la plata, asegurando su existencia. Las relaciones entre pueblos o tribus se establecían a través de un solo idioma, que Gilsote suponía era el guaraní similar al que utilizaba la tribu que le retenía. Sin embargo, algunos miembros de la tribu eran requeridos para comunicarse, cuando recibían algunas visitas cuya lengua era diferente al guaraní. Los que hacían de interpretes utilizaban el quechua como lengua del Estado más poderoso, cuya influencia se extendía, al parecer, por toda esa parte del continente. Suponía el cautivo que alguien en cada pueblo tenía conocimiento suficiente del quechua para relacionarse, a través de una lengua común, con cualquier otra etnia.

Con el tiempo se fue enterando de los ejercicios continuos de la especie de milicia que tenía la tribu, de donde salían hábiles combatientes. Supo a la vez que la tribu mantenía un ejemplar sistema de seguridad, basado en la sustentación de estrecha vigilancia alrededor del campamento sedentario unas veces y otras nómada, bajo estricta disciplina militar a cargo de un cuerpo de guardia que, en el día, se ubicaba en lo alto de los árboles y en la noche correspondía a muchos centinelas y espías distribuidos en dos y más leguas a la redonda, los que daban aviso inmediato de cualquier novedad usando pitos, para que los hombres sean alertados y prevenidos con prontitud, a fin de que los guerreros tomen sus armas, cuando se detectaba la presencia de enemigos, mientras las familias buscaban los lugares, previamente acordados, para refugiarse sin sufrir iguales consecuencias que los combatientes.

Cuando los nativos se detenían en algún lugar, tanto hombres como mujeres, se ejercitaban disparando el arco, para mejorar su destreza. Además del arco usaban gruesos y duros palos como macanas y cuchillos construidos con las quijadas, agudas como sierras, de palometa también llamada piraña, un pescado que abundaba en aquellos ríos. Dichas quijadas, eran engastadas en varas de madera y con ellas podían degollar a un hombre con facilidad y presteza. Así estaban seguros de estar preparados para rechazar cualquier agresión y también atacar con salvaje crueldad, intentando matar en el primer encuentro a todos quienes se ponían a su alcance, excepto a los muchachos reservados para criarlos de acuerdo con sus costumbres y aumentar el número de individuos de la tribu, casándolos con sus hijas. Dejaban también con vida a las mujeres adultas tomadas prisioneras, para venderlas a otras tribus donde servían como criadas.

Gilsote pronto comprendió el motivo por el que todavía estaba vivo, cuando una noche un indígena maduro lo tomó con fuerza de un brazo y lo arrastró hacia un sitio donde yacía una joven, posiblemente su hija, obligándole a copular con ella, de la misma manera que lo hacían todos, sin esconder su intimidad. Desde ese día, el joven marido era convocado para ejercitarse con el arco, la macana y el cuchillo. Su falta de destreza le ocasionaba castigos, con varas delgadas. Ya era un nuevo miembro de esa comunidad guaraní, sin siquiera conocer suficientemente la lengua con la que se comunicaba, pero sabiendo que la joven se llamaba Yibuti.

Ella le había dicho rojaijú, que significaba te amo, como única fórmula del enlace celebrado que duró poco hasta que Flor, a la que Gilsote llamaba cariñosamente Lola, desapareció en la floresta con un joven guerrero quedando el matrimonio concluido, sin consultar al aparente marido.

Antes, también sin su consentimiento, le habían tatuado en hombros, brazos y espalda, utilizando como instrumento las puntas del pez llamado raya. Lo que mayor impresión le causaba eran los agujeros en el labio inferior, donde metían un barbote o pendiente de madera, al que llamaban mbela, que de ordinario significaba el ingreso a la edad de guerrero o un reconocimiento por comportamiento destacado en el campo de batalla o la lucha con el yacaré, esa especie de cocodrilo cuya caza era la forma tradicional para demostrar valor y comer su agradable carne.

Llamaban yacaré al caimán de gran tamaño, siempre dispuesto a feroz acometida, sin posibilidad de que suelte la presa cogida, debido a la forma de sus dientes: los de arriba puntiagudos para encajar en los inferiores. Estos feroces reptiles carecían de lengua, por lo que salían a las playas de los ríos donde viven para ayudarse en la digestión, poniendo el vientre al calor de los rayos solares. El yacaré come lo que encuentra, ingiere todo aquello que se pone por delante: hombre o bestia. En cuanto a su aspecto era imponente cuando caminaba con paso ligero, siempre en vía recta, aunque era lento al revolver. Estaba cubierto de escamas durísimas; pero no obstante, los indios los pescaban en el agua tomando una estaca aguda por ambas puntas, atada mediante una cuerda gruesa, larga y fuerte con la que nadan para encontrar al reptil, al que acometían metiendo la estaca dentro su enorme boca y clavarla. El animal moría ahogado, porque, al no tener lengua, no podía contener el agua que ingresara por sus fauces.

La extraordinaria fuerza del reptil era equilibrada por el indígena que, para reducir los atroces vuelcos que realiza en trance de morir, lo ataba a un grueso árbol. Una vez desaparecido el peligro que representaba, los aborígenes le extraían las glándulas sudoríficas debajo las patas delanteras. Al principio era un líquido, una sustancia de tufo fuerte y persistente de fetidez muy desagradable que irritaba la nariz, pero se convertía, posiblemente por su contacto con el aire, en fragante parecido al almizcle de olor perdurable que también retrasaba la evaporación de sus fragancias. Los naturales del Chaco, así, se surtían con creces de un elemento neutralizador de los aromas biológicos desagradables.

El joven español, convertido en guaraní, extrañaba mucho el trato con sus amigos: hablar castellano, cultivar esperanzas y elaborar planes para cuando volviera a su tierra repleto de riqueza, pero mientras llegaba el día de volver a España, trataba de hacer vida sin contratiempos; ya se había acostumbrado a las marchas forzadas, por lo que la vida con idas y venidas ya no fue problema para él. Por otra parte, le satisfacía beber el jugo de esa hierba excepcional, obtenida del hermoso y agradable árbol, cuyas hojas asemejaba a las del laurel europeo, que vio muchas veces utilizar como medicina emplástica para tratar miembros contusos o quebrados, gustaba las verdes hojas tomadas en infusión con agua fría tereré o con agua templada yerba mate, en idioma del Paraguay caiguá, expresión derivada de los vocablos guaraníes káa (yerba), y (agua) y gua (procedencia), lo que se puede traducir como agua de yerba, generalmente sola y ocasionalmente acompañada con otras yerbas tanto aromáticas como medicinales. Se acostumbró al mate del vocablo quechua matí, que significa calabaza, porque el recipiente para beber mate suele ser hecho de calabaza o porongo que sirve de recipiente para preparar la infusión y sorberla a través de una cañita denominada tacuarí, en cuyo extremo se coloca una semilla ahuecada que hace las veces de filtro.

Un día, cuando hacía años que la tribu subsistía a la vera de un arroyo, y poco tiempo después de la separación con Flor, Gilsote fue abordado por su ex suegro, un aña o diablo, quien lo amonestó por haber tomado otra mujer, haciéndose muy difícil revelar que él había sido el abandonado; su nueva mujer se llamaba Ñasaindy. Furioso porque la explicación no le satisfizo, el padre se sintió ofendido y recurrió a la fuerza para castigar la osadía del joven contra una persona de más edad. Acompañado por varios guerreros, atrapó con dureza al ex yerno y lo condujo, ayudado por sus acompañantes, al río cuyas aguas escurrían plácidamente a distancia apreciable del campamento y que estaba plagado de yacarés.

Vanas fueron las súplicas del aterrado joven, sabiendo cómo intentaban sancionar su comportamiento con Flor. Mientras era conducido lanzaba estrepitosos gritos que, extrañamente, parecía que nadie deseaba atender. Pese a su desolada situación y la ninguna atención que recibía de quienes lo habían aceptado como uno de ellos, Gilsote continuaba con sus explosivas demostraciones. Cuando llegaron a la orilla del torrente, donde percibió la gran cantidad de yacarés que parecían dormitar en la amplia playa, a la que los hombres empezaron a azuzar, mientras otros lo retenían fuertemente apoyado a un grueso árbol, preparando otros dos las lianas con las que esperaban atarle al tronco. Gilsote pataleaba, gritaba y se retorcía sin alcanzar un viso de piedad, sabiendo que su cuerpo sería desgarrado por los enormes colmillos del reptil.

La poca fuerza que le quedaba, no era suficiente para desprenderse de las fuertes manazas que pretendían inmovilizarle contra el tronco, ni la garganta podía emitir alaridos de socorro, el terror empezó a paralizar sus brazos y piernas sumiéndole en un estado de letargo que adormecía todo su cuerpo. Su cabeza y algo al interior del pecho parecían hervir, como si hubiesen sido expuestos al intenso fuego de una enorme hoguera que de improviso le impidió pensar, desplomando su voluntad en los garfios del espanto extremo.

Cuando esperaba lo peor, escuchó el inconfundible silbido de la bala de un arcabuz que se incrustó en la corteza de un árbol cercano. El sonido fue suficiente para que los indígenas abandonaran su presa en precipitada huída. Era una patrulla española que había escuchado los estruendosos gritos en castellano y acudió presurosa para ver un cuadro inesperado: un hombre blanco casi desnudo, arrastrado por varios salvajes hacia un árbol, cerca del cual se entremezclaba cantidad apreciable de yacarés, con las fauces en apronte para desgarrar lo que pudieran encontrar.

Los indígenas, en su huída, soltaron al desnudo que cayó estrepitosamente al suelo, convulsionándose como si todavía estuviera aprisionado. Cuando un soldado se acercó al caído le preguntó:

― ¿Sois cristiano? ¿Qué pretendían hacer con vos esos bárbaros?―. A las preguntas sólo hubo una respuesta dada en alta voz:

― ¡Gracias Señor! ¡Gracias Madre mía!―, después no pudo pronunciar palabra, sus ojos parecían abandonar sus cuencas, a tiempo de ir perdiendo sensaciones.

Gilsote despertó mullidamente acostado en un jergón de cuero, cubierto por una gruesa y áspera manta, pero dentro de un ambiente cubierto por muros y techo. Su alegría fue indescriptible. Cuando lo visitó un barchilón, se enteró que había vivido diez años y medio con los guaraníes. Existía nuevo gobernador en Asunción y se sabía que miles de personas, llegadas de todo el mundo, explotaban grandes cantidades de plata en la sierra de la plata, en la montaña llamada Potosí y que en breve plazo sus faldas se habían convertido en la ciudad más grande y prospera del Nuevo Mundo y la segunda del Mundo entero. La noticia no lo hizo feliz, porque pensó que se alejaba de la riqueza que era, para él y para todo castellano, motivo de su presencia en las tierras descubiertas por Colón. Fue enterado que, de todos modos, seguían las expediciones para repartir tierra entre los muchos españoles que día a día llegaban a esas tierras, comenzando a llamarse América. Le contaron que Asunción había crecido mucho, aunque parecía disminuida respecto a Buenos Aires que empezaba a ser más importante. Supo también que durmió durante tres días.

El Capitán Don Felipe del Carpio, comandante del puesto Santiago, llamado así en honor al santo de Compostela, fue indulgente con Gilsote, permitiéndole permanecer inactivo dos días más antes de reincorporarse al servicio, al cabo de los cuales le asignó tareas de avituallamiento de una expedición rutinaria hacia el noroeste, junto a otros dos hombres que le parecieron generosos y caritativos, a la vez que gentiles y simpáticos, especialmente quien cumplía funciones de cocinero, siempre dispuesto a darle algo para probar, mientras estuvo en cama. El retorno casi inmediato a los bosques no le causó gracia alguna al recién liberado.

Desde que le comunicaron su destino, Gilsote empezó nuevamente a sentir miedo, agrandado por su experiencia; aunque, no dejó de fantasear deseando quedarse en cama por mucho tiempo o que su cuerpo se hiciera inmaterial, sin que no existiera potencia alguna para retenerle fuera de ella. La fantasía obraba poco a poco sobre su mente ingresándola en un estado etéreo, incorpóreo y volátil, perceptible únicamente por los manantiales de sudor que emanaba su maltrecho cuerpo. Después se percató que cada vez que recordaba la decisión del comandante del puesto, se le nublaba la visión, dejaba de pensar y sentir, deseaba sólo permanecer acostado y durmiendo.

Por más esfuerzos que hacía Gilsote, no podía explicarse por qué su mente no sentía ningún sentimiento en la víspera de partida de la ronda, a la que había sido asignado; aunque, su corazón le hacía percibir un futuro sombrío con múltiples y diferentes alucinaciones, a medida que se acercaba el momento de partir. Con toda la mala gana del mundo se aprestó a la caminata, revisando el equipo que debía transportar, junto con su comida y agua para dos días, como disponía la norma militar. La patrulla no era numerosa, aparte de Hormando, Telésforo y Agustín el cocinero, iban otros tres hombres. El jefe era Eustaquio de Rivadeneira, un viejo soldado con cara de muy pocos amigos.

Los demás también tuvieron muy poco tiempo para prepararse, todos estaban preocupados por cambiarse, vestir prendas viejas y delgadas, tomar precauciones respecto a sus botas y también en cuanto a los trozos de charque y vasijas de agua dulce. Todos estuvieron arreglándose hasta medianoche, mientras Gilsote, antes del crepúsculo ya estaba en cama, durmiendo sin poder mantener-se despierto, los movimientos de sus compañeros producían ruidos que despertaban eventualmente al dormilón para de inmediato tener la precaución de no despertar completamente, por temor a no volver a quedarse dormido.

La excursión fue como siempre dificultosa, por los lodazales que debía atravesar el grupo; pero, sus miembros eran antiguos soldados, compenetrados en el espíritu de sacrificio que imbuían los superiores. Caminaban muy juntos para prevenir sorpresas indeseadas, comunes cuando los hombres se distanciaban unos de otros, facilitando el ataque audaz de los guaraníes a los más alejados del núcleo. Hablaban solamente lo indispensable, porque conocían las facultades auditivas de los nativos del bosque. Estaban convencidos que la patrulla podría cumplir su objetivo de mantener expedita la vía que comunicaba el puesto con la lejana Asunción, por eso trataban de no cometer errores y volver sanos y salvos, sin encuentros inesperados. Gilsote, por su experiencia anterior, era el que mayor cuidado tenía durante la marcha, moviéndose sin causar ruido siempre atento a los sonidos que le llegaban desde atrás del follaje. Su ánimo se debatía entre el temor y la sospecha.

Cuando menos esperaban, sigilosamente apareció gran número de hombres desnudos, muñidos para tomar por sorpresa a los expedicionarios, ajenos al osado ataque. Eran más de veinte guerreros armados con grandes y gruesas macanas, a más de cuchillos. En un momento, la patrulla caminaba maniatada con una sola liana desprendida de un árbol elevado, tan fuerte que impedía mínima reacción de quienes se suponía debían caminar cautelosamente, dispuesta a repeler cualquier forma de agresión.

Tardaron algo para llegar a un espacio abierto, despoblado de espesura donde reposaba la tribu, de inmediato los desnudaron y ubicaron tendidos de espaldas en posición adecuada para ser revisados por el cacique y su estado mayor. Grande fue la sorpresa de Gilsote, cuando vio acercarse al grupo a un hombrecillo rechoncho, medio desnudo, con amplia cubierta de plumas de vistosos colores sobre la cabeza, de pequeña estatura, amplio abdomen, feo como el más grotesco de los monos, cabellera ondulada y espesa, gran cantidad de tatuajes en todo el cuerpo y con un enorme cilindro de madera que cruzaba de fosa a fosa su aplastada nariz. Era el personaje con mayor poder, en la tribu que le mantuvo por más de diez años lejos de su gente; le acompañaba un hercúleo y desnudo individuo, con piel color de chocolate oscuro, formas de simio de igual o mayor fealdad que el cacique y que, para la desgracia de Gilsote, era el padre de Flor la aparente esposa que le había abandonado y que ocasionó que el padre reclamara airadamente, como si él hubiera sido el adúltero.

No podía haberle sucedido nada peor: apenas liberado de diez años de opresión volvía a la misma condición que tanto le había afligido. Su ex suegro le reconoció de inmediato y avanzó amenazante sobre su víctima, cuya dentadura empezó a crujir con estrépito. Gilsote estaba perdido cuando sintió el horrible aliento de su antiguo pariente, era inconfundible el hálito peor que el de los ajos. El miedo le puso en estado febril de tal grado que imaginó sería sometido a crueles tormentos por haber ofendido a su hija y al mismo suegro. No tardó mucho en verse acorralado por los yacarés, sin que tuviera mínima posibilidad de escapatoria, cuando el simio comenzó a sacudirle, con tanta violencia que se le aflojó la vejiga, de tal manera que sintió mojada su cara, al mismo tiempo que el agresor le gritaba:

—Ahora verás desgraciado, no puedes rehuir tu obligación — decía—. ¿Esperas ser disculpado por tu irresponsabilidad, Gilsote?

Al oír estas palabras en castellano, el aterrorizado personaje abrió los ojos como si fueran enormes portones. Su miedo le hizo remirar la situación que le agobiaba, de manera que pudo ver cómo el cocinero le zarandeaba por continuar acostado en el jergón. Para su asombro el guisandero que más parecía un mono nauseabundo, le dijo, mientras Gilsote le miraba con la boca abierta, respirando agitado y totalmente humedecido:

—Si continuáis en cama, tendréis que dar cuenta de vuestra resistencia al comandante ―le dijo en tono amenazante.

Gilsote nunca se jactaba de ser hombre con algunas luces, pero todo lo que le ocurrió durante más de un década merecía ser comparado con lo que vivió los dos últimos días. Él había añorado mucho la cultura europea, sin embargo no pensó nunca en cuanto sigmificaba la civilización europea. Durante su cautiverio había hecho lo que quería las más de las veces, por no suponer que siempre se manejó por sus instintos: comía cuando tenía hambre, no tenía definidas sus comidas, se llevaba al estomago lo que encontraba más cerca. Día y noche estaba casi desnudo, lo mismo que las personas que le rodeaban, no tenía que preocuparse por su vestimenta, ni por su barba, ni por sus modales, ni por nada.

Estaba convencido que evidentemente sentía terror ser nuevamente capturado, aún cuando se tratase de sólo una pesadilla, ocasionada porque el cocinero intentaba despertarle para que cumpla sus obligaciones, cuando por espació de más de 120 meses no debió inquietarse por la observancia de ninguna obligación. Pensó en las situaciones horribles que le tocaron espectar respecto a la conducta de los indios, no parecían en su momento ser tolerables; pero, se preguntaba ¿Era tolerable tener que vivir cumpliendo normas? ¿Es placentero estar obligado con sus semejantes en cuanto a la ropa, la comida, las relaciones con su pareja, la disciplina militar, el comportamiento social, la iglesia? Las respuestas que él mismo se dio eran ignominiosas para cualquier cristiano: no era justo vivir sujeto a reglas y códigos de conducta impuestos por otros sin aquiescencia de uno mismo; no es agradable pensar primero en la convivencia social europea, antes de desenvolverse como hombre libre porque todo individuo debe tener suficiente libertad para vestirse, comer, tener relaciones de pareja, cuestionar las órdenes de sus superiores, sobre todo para robar a los lugareños, quitarles su comida y usurpar sus bienes, su oro, sus dioses. En esta posición recién aquilataba lo magnífico de ser libre, lo gustoso de ser un hombre que hace lo que quiere y no lo que quieren otros. Realmente se vio frustrado, comparando sus últimos más de diez años con sus dos últimos días y llegó a una conclusión: la libertad es el mayor bien de los hombres, como es lo más deplorable utilizar armas de fuego para despojar a quienes viven sin hacer daño a nadie, respetándose a sí mismos.

Todos estos pensamientos le intranquilizaron tanto o más que a sus compañeros: Gilsote se estaba convenciendo rápidamente que vivió más feliz como salvaje que como conquistador. Aunque podría ser pronto un amyrÿi. Mejor como hombre libre que como soldado, obligado a obedecer las órdenes de un rey que nunca conoció. Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó, dejó el arcabuz, su ropa y sus creencias para ir a buscar a los guaraníes y vivir con ellos, desnudo de todo, pero contento; sin tener remordimiento por mantenerse carente de ropas, con más satisfacción que tener riqueza. Aspiraba a la corta camisa que le mantendría desnudo, más que a la riqueza que podría darle un Potosí.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Summa Rodolfo Acosta Castro Jachaatipiri Cuento-leyenda

Summa
Rodolfo Acosta Castro
Jachaatipiri

Durante la marcha del primer contingente dirigido hacia el Alto Perú, para consolidar el triunfo de la Revolución del 25 de Mayo, por la Junta de Gobierno y después de nuestro triunfo en Suipacha, mi sección de infantería encargada de garantizar la seguridad de la tropa, buscó de inmediato incorporarnos a la columna principal en expedición, pero nos sorprendió la noche y tuvimos que acampar en un sitio escogido por Achacu, ratón en español, como se llamaba nuestro eventual guía. Después de comer una ración seca, consistente en carne, papas y ocas secas, provistas por nuestro nuevo compañero, sostuvimos la siguiente conversación:

―Yo soy aymara ¿qué sois vosotros?―, preguntó encontrándonos completamente desprevenidos. Felizmente, gracias a la educación y conocimientos que mi padre compartió conmigo, pude salir del aprieto, recordando que nuestro gentilicio debía estar relacionado con el lugar donde nacimos. Entonces, pude responder:
―Nosotros somos rioplatenses, venimos del Río de la Plata y vamos a liberar de los españoles a nuestros hermanos del Alto Perú, que también son rioplatenses, yo me llamo Estanislao Pedro, pero puedes decirme Perico―, añadí para entrar en confianza. Mi frase: liberar de los españoles, me pareció llamar la atención del guía, por lo que de inmediato dijo:

―Me alegra oíros decir que liberareis a vuestros hermanos de los españoles, yo iré con vosotros hasta el fin del mundo, para liberar también a los aymaras de los cerdos cachupines ―, afirmó con alegría inusitada.

Después no cesó de hablar, contando muchas cosas, entre ellas que él hablaba aymara, quechua y castellano; aymara porque era su lengua nativa, quechua porque el Inca Huayna Cápac había incorporado al pueblo aymara al Tahuantinsuyo, cuya lengua era el quechua y castellano, porque los maditos españoles habían conquistado a su pueblo con enorme derramamiento de sangre y fuego de sus arcabuces. Yo pregunté, recordando nuestra frugal pitanza:

―¿Cómo secan la carne, papas y ocas? ¿Cuánto tiempo se pueden conservar?―, él respondió con una sonrisa en los labios:

―La carne es de llama que salamos y guardamos en habitaciones oscuras; a las papas secas les llamamos chuño y también tunta, hundimos las papas y las ocas en las corrientes de agua fría, próxima a congelarse, durante tiempo determinado. El chuño, la tunta y la oca tienen duración indefinida, están cocidas al frío―, dijo para luego preguntar―. ¿Os gustó nuestra comida?―. Mi respuesta fue afirmativamente agradecida.

―Yo igual que todos los aymaras e incas, odiamos a los españoles; porque además de ladrones son despiadados. Nuestros pueblos fueron trataron con cruel salvajismo, indigno de seres humanos. Como ejemplo de lo que os digo, os contaré la historia de un hombre que se llamaba Summa, bueno en castellano. ¿Queréis oírla?―, los cinco rioplatenses dijimos que sí. 

Todos nos sentamos alrededor de la fogata que el aymara encendió fácilmente y le escuchamos lo siguiente:

Summa no recibía noticias. Si las hubiera tenido se habría enterado que casualmente habían hallado ricos filones de plata en un cerro del remoto altiplano. Los invasores hispanos, ávidos de riqueza, necesitaban brazos para extraerla. Después de la conquista, la corona española había dispuesto la encomienda y la mita para que los indígenas sojuzgados realicen toda clase de trabajo obligatorio y pesado.

Summa vivía en una pequeña casa, construida con el más puro estilo aymara, en un amplio valle bordeado de bajas colinas del inmenso territorio donde terminaba la jurisdicción aymara, cerca del caserío Kalamarca, o tierra con piedras, por el que corría el río Abrapampa Jawira, río en plano rodeado de colinas. Estaba apartado de todo camino, casi oculto entre altos arbustos que apenas dejaban entrever el cerco que rodeaba la vivienda techada y el corral descubierto. Summa era hijo único de una pareja de ancianos dedicados a sembrar papas, ocas y habas, criar llamas y pescar humantos y karachis algunas veces. Estos peces deben tener otros nombres en castellano.

Summa se sentía dueño y señor en aquellas tierras. Había nacido allí y pasado toda su existencia. Él era hermoso, tanto como el idílico sitio que habitaba a orillas del Abrapampa Jawira. Es cierto que, en parajes poco cercanos, vivían otras familias con mozos y mozas de su edad, pero él era el más apuesto y, por supuesto, el más engreído. No era hombre de estar en casa, en los sembradíos ni sitios de pastoreo. Toda la tierra era suya. Realizaba largas caminatas, diurnas y nocturnas, tocando animadamente la quena, como recuerdo de la cultura de sus padres, que siempre llevaba consigo. Entre los otros mozos de la comarca se movía con majestuoso desdén, ignorando a las mozas que no ocultaban admiración al verle; pues, se creía amo de cuanto caminara, volara o se arrastrara, incluidos sus alejados vecinos. Era hábil cazador de viscachas, curioso roedor, de una clase de cruce entre conejo y ardilla, y certero hondeador de lekelekes ave parecida al águila, pero de menor tamaño. Las periódicas visitas a Abrapampa Jawira, que corría cerca del solar paterno, le habían endurecido los músculos. La afición a sumergirse en sus aguas, para atrapar peces, era a la vez tónico y manera de conservar la salud y aguzar los sentidos.

Mamani, cóndor, padre de Summa, conservaba aire de la apostura de sus años juveniles, mientras que su madre Pankara, flor, reflejaba el ejercicio del largo trajinar de pastora. De ellos heredó su porte magnífico y sutil destreza. Ambos sentían cariño y orgullo por el hijo que, por su aislamiento, se consideraba el centro del universo. En sus veinte años había sido mimado por sus padres, crecido fuerte, esbelto, tornado arrogante y hasta egoísta. Sus efímeros vecinos criticaban su comportamiento y envidiaban la contextura de su cuerpo.

Sus abuelos habían llegado a las tierras cercanas a la extensa pampa, tierra plana en castellano, cuando los tiahuanacotas, asentados principalmente a orillas del Lago Titicaca, se esparcían por todo lado, para recolectar conocimiento sobre la sabiduría humana, los elementos medicinales y las maneras de prever el futuro, llevando sus propios logros a fin de inculcarlos en otras culturas, para ellos fraternas. Los aymaras de esa época de grandeza cultural y política, sólo invadían a sus vecinos en forma pacífica, de la misma manera fueron invadidos por los quechuas del Tahuantinsuyo, para formar el Kollasuyo una de las cuatro partes principales del imperio. 

En el Imperio Inca, sucesor al tiahuanacota, se concebía al mundo compuesto por tres aspectos o planos, en una representación del cosmos y utilizando tres palabras: Uku Pacha (mundo de abajo o mundo de los muertos), Kay Pacha (mundo del presente) y Hanan Pacha (mundo de arriba, celestial o supraterrenal), a los que Summa invocó humildemente para que le prestasen la ayuda que nunca tuvo. Le pareció que las deidades del imperio destruido por la llegada de los españoles, había olvidado a sus creyentes.

La furiosa arremetida de los conquistadores no había llegado a esta familia; aunque, padres e hijo sabían de atrocidades cometidas, en otros lugares, por esos kharas desalmados de piel blanca.

Así era Summa, cuando el hallazgo de mucha plata arrastró a hombres de todo el mundo hacia el frío altiplano, mucho más al norte de la tierra de esta familia aymara. Pero el joven no imaginaba la aventura del noble metal ni sabía que Ñhojo, desgarbado, otro joven escuálido, pequeño y débil, le odiaba ciegamente, porque le tenía envidia. Ñhojo era además codicioso e inescrupuloso.

Los padres visitaban a unos parientes y Summa planeaba una excursión a la confluencia del Abrapampa Jahuira con otro río mayor. Nadie podía imaginarse que Ñhojo había informado a un español, cazador de hombres para las minas sobre Summa, su fortaleza de cuerpo e innata sagacidad. Sólo una khurukhuta, paloma, solitaria vio a Ñhojo llevar a Summa fuera de su casa para escudriñar unas presuntas viscachautanaca, cuevas de viscachas. No era posible sospechar que Ñhojo había pactado con el extranjero entregar a Summa, ni que por tal vil acción recibir una prenda de vestir roída por tiempo y uso. Rodrigo, el secuestrador de hombres, necesitaba jóvenes vigorosos para las duras faenas dentro de las minas de Potosí.

Cuando Summa se percató de la alevosa traición, era demasiado tarde. A una orden de Rodrigo varios españoles atacaron al muchacho. Sin embargo, reaccionó distribuyendo manotazos y patadas a diestra y siniestra. Súbitamente, sus fuertes músculos, desatados por la furia del engaño, se lanzaron contra el jefe de sus captores. En pleno salto, cuando sus manos iban a oprimir el cuello del hombre, Summa sufrió un golpe que le detuvo bruscamente. Sus mandíbulas se apretaron en dolorosa colisión. Giró su cuerpo sobre sí mismo y cayó de espaldas. Con un grito que era a la vez gemido y llanto, volvió al ataque pero un nuevo y demoledor garrotazo le abatió a tierra. Muchas veces cargó contra los hombres y otras tantas el garrote contuvo el ataque y lo derribó.  Entonces comprendió que el origen de su dolor era la tosca arma, aunque su ira ya no tenía límites. Su enérgica defensa no dio resultado ante la superioridad del número de atacantes. Pasaron una gruesa cuerda por el cuello de la víctima, dejándole sin aliento. Fue reducido y maniatado después de inútil forcejeo.

Después de un golpe brutal, Summa pudo incorporarse a duras penas, demasiado aturdido para reiniciar el ataque. Avanzó poco y tambaleando, con el cuerpo ensangrentado, lanzó terrible rugido y se abalanzó sobre uno de sus atacantes. Pero otro de los hombres asió la cuerda que aprisionaba al joven y la sacudió con tanta fuerza que le hizo describir un círculo en el aire, antes de dar la cabeza en el suelo. Intentó atacar por última vez, pero el hombre del garrote descargó el golpe que, astutamente, tenía reservado: un fuerte garrotazo en la cara. Todo el dolor, hasta entonces sentido, fue nada comparado con la agonía que le ocasionó ese feroz ataque. Por fin Summa quedó en el suelo estirado y sin sentido.
Pasado un momento, el muchacho empezó poco a poco a recobrar lucidez, aunque no fuerza. Desde el suelo contempló la satisfecha expresión del inhumano español que le había abatido.

Ñhojo, silencioso testigo de la brutal agresión que había provocado, dijo amedrentado:

―Se llama Summa―, pero a nadie le interesaba el nombre de la presa.

El aludido recién comprendió que había perdido. Sabía ahora que no tenía defensa ante el invasor armado. El garrote revelaba su presentación en la nueva época: coloniaje y pérdida de libertad de los pueblos de  aymara. Lo que debían sufrir sus hermanos de raza le había salido al encuentro. Entendió la lección: el hispano con su garrote era la ley, el brutal amo al que se debía obedecer.

Cuando recuperó el sentido, estaba todavía con la soga en el cuello, pero con las manos atadas. Al darse cuenta los extranjeros que su víctima se recobraba, le jalaron de la soga hasta poner de pie, luego a latigazos le obligaron a caminar, sin saber él, dónde le llevaban. Sin estar plenamente conciente marchó larga distancia, azuzado por sus captores. Sólo la luna iluminaba los sitios donde se detenían, siempre a la fuerza les obligaban a sentarse en el suelo, al lado de unos bultos que no eran otra cosa que hombres, en las mismas condiciones que las suyas. Pasaron varios días sin recibir alimento, con todo el cuerpo cubierto de sangre reseca, días vio Summa llegar otros aymaras, generalmente jóvenes, siempre con las manos atadas y la soga al cuello, unos caminando dóciles y otros gruñendo y gritando como él había hecho. Los que resistían fueron sometidos de igual manera, por los mismos hombres, antes de ser transferidos a otro dueño. La operación se realizó sin ceremonia alguna: parecía una venta de ganado.
Cuando se reunieron algo más de cien prisioneros, formaron columnas de hasta diez cautivos encadenados. Maltrechos y hambrientos fueron conducidos hacia el Norte. Con mucha tristeza Summa dejó de ver aquellos parajes donde había nacido, crecido y creía ser amo y señor.

En penosas y largas caminatas, la maltrecha caravana, sufría diariamente los rayos del sol y los látigos del viento. Por la noche cuando los secuestrados descansaban, después de comer papa hervida y beber agua, el rigor del altiplano escarnecía a los prisioneros. Summa pronto advirtió que hacía cada vez más frío y muchas veces el agua y tierra saladas quemaban sus pies des-calzos. Lluvias persistentes les acompañaron en largos trechos. También cruzaron cerros cubiertos de nieve.

Para Summa la noción del tiempo transcurrido, desde su captura, ya no era perceptible. La fatiga y escaso alimento no permitían saber cuántos días y noches duró la larga travesía. Finalmente llegaron a un sitio para nuevamente cambiar de dueño. Allí permanecieron más tiempo del acostumbrado y se les proporcionó mayor cantidad de comida, con la intención de que presentaran mejor aspecto ante sus compradores. El negociante de hombres ofertaba su mercancía y analizaba las propuestas de otros españoles que, en calidad de propietarios de minas, ofertaban diferentes precios por los cautivos.

La prestancia, muy disminuida de Summa, no pasó desapercibida para los interesados en adquirir hombres fuertes. El primero que palpó los músculos del joven pagó, sin regatear mucho, su valor en brillantes monedas de plata pura. El joven, siempre atado de manos, tuvo que seguir a otro propietario.

Introducido en una estrecha bocamina recibió instrucción por señas del nuevo amo, sobre las tareas que le corresponderían realizar. Estaba destinado a recoger y cargar sobre sus espaldas grandes bolsas de cuero, que otros cautivos colmaban de pesadas rocas rellenas de plata. El continuo trajín era dificultoso porque debía caminar encorvado en las galerías de baja altura y casi a ciegas entre antorchas instaladas en trechos muy separados.

Si durante el viaje Summa no tuvo noción de los días transcurridos desde su captura, ahora le era imposible conocer el paso del tiempo, porque el transporte de las bolsas sólo era en el interior de la mina, sin asomar al exterior ni saber cuando amanecía o anochecía; condenado a respirar aire nauseabundo, no sentir otra vez el calor del sol ni contemplar los cambios de la luna. Vivía peor que una viscacha en su viscachautanaca. Tanta desventura le fue ocasionando progresiva amnesia de su pasado: sus padres, la tierra y el río, iban quedando atrás en sus pensamientos, sin poder alcanzar las añoranzas de su pasado. Sólo mantenía conciencia del presente: hambre, frío, cansancio. Nunca pensaba en el día siguiente, tampoco imaginaba el futuro. Era, igual que los demás esclavos, un cadáver en vida, un ente sin porvenir ni deseo de continuar viviendo. Cuántas veces imploró al dios Lupi, el sol de los aymaras, que le enviara la muerte. Cuántas veces intentó, sin suerte, encontrarla por su propia mano; aunque, era imposible, no había modo alguno para quitarse la vida.

Una noche, cuando las ampollas en manos, pies  y espalda no le dejaban dormir, encontró por fin la forma de alcanzar la muerte, se dejaría morir de hambre, no tomaría al día siguiente la lahua, sopa espesa de harina de maíz, que era el único alimento que recibían los cadavéricos extractores de plata para los odiados españoles.

Al día siguiente no comió nada, desparramó la lahua en el suelo de la mina, no pudo precisar cuánto tiempo estuvo en esa tarea de recibir alimento y echarlo a tierra, cuidando que no fuese percibida por los capataces que solían pasearse por el interior de la mina. De pronto, sintió estar desplomado de espaldas, sobre el duro suelo de la mina, no en el sitio que había preparado con sus manos sangrantes, para que fuese una superficie de sólo tierra, donde descansaba cotidianamente su cada vez más demacrado cuerpo. De pie frente a él estaba un capataz, látigo en mano, ya le había azotado una o dos veces. Recuperó el sentido al sentir el dolor que le causaba el látigo, cada vez que se estrellaba sobre su piel. Sintió la cara y el pecho mojados con una espesa sustancia, era lahua que habían tratado de introducirle por la boca. Había fracasado en su intento, con perjuicio para él mismo; porque breve tiempo después, a latigazos le obligaron a volver a transportar en la espalda la áspera y pesada bolsa de cuero.

Pasado mucho tiempo Summa se dio cuenta que el esfuerzo realizado cotidianamente y la exigua alimentación que recibía, ocasionaron la pérdida de dureza y flexibilidad de sus músculos. La noche inmutable atrofiaba sus ojos. La soledad poblada de lejanos y cada vez menos perceptibles recuerdos, la oscuridad plagada de tinieblas y casi ningún trato con sus compañeros de infortunio le dificultaba ver, hablar y oír perfectamente; aún así, solía distinguir sombras esqueléticas, entender algo de lo que los demás repetían maquinalmente. Comprendió que habían transcurrido muchos años sin ver luz natural, trasladando bolsas de mineral sin poder identificar cuando llegaba el día o la noche. De su vestimenta, tejida con lana de alpaca, sólo quedaban jirones que, de ninguna manera, alcanzaban a cubrir su desnudez.

En una ocasión, cuando dificultosamente depositaba la consabida bolsa para que otro la trasladara al exterior de la mina, creyó escuchar una voz que le pareció lejanamente conocida. Desde entonces prestó atención a cuanta palabra escuchaba. No pasó mucho tiempo en percibir nuevamente esa sensación, pero esta vez observó detenidamente en las tinieblas a quien había pronunciado una imprecación en su idioma. Dueño de todo el tiempo para meditar sobre esa voz, pudo convencerse que no podía ser de otro que no fuera Ñhojo, el traidor que le había sepultado en vida.

Para no incurrir en error decidió preguntar cualquier cosa cuando volviera a cruzarse con el sospechoso. La oportunidad no tardó en llegar. Summa al entregar la bolsa para sacarla al exterior, interrogó:

―¿Está la bolsa muy cargada? ―. A lo que respondió una inconfundible voz:

―No, está igual cargada que de costumbre.

Los sonidos captados fueron suficientes para evidenciar que Ñhojo también había caído en manos de los verdugos de Summa y que seguía su misma suerte. Por enésima vez rememoró la traición de Ñhojo y el momento de su captura. Pero entonces sintió una sensación de alegría que ya no pudo abandonarle. Debía tomar alguna decisión contra su enemigo. Analizó con mucho cuidado sus posibilidades, hasta el último detalle. No postergó mucho convencerse del fallo concientemente determinado. Estaba obligado a no desaprovechar la primera oportunidad para saldar cuentas.

Un día de febrero del año 1664, cuando la ciudad de Potosí albergaba a más de ciento sesenta mil almas y celebraba las fiestas de la anata aymara o carnaval, el español propietario de una bocamina en el famoso Cerro Rico fue informado, por uno de capataces, sobre la misteriosa desaparición de un laborero. Como explicación del hecho, y para justificar un posible descuido de su parte, contó la siguiente leyenda: Pachamama, la Madre Tierra, dispuso que en la profundidad de las minas viva el Tío. Un ser sobrenatural ansioso por salir a divertirse en la superficie, especialmente en Carnaval. Buscando cumplir su propósito pedía ayuda a los mineros, prometiéndoles, engañosamente, guiarles hasta las mayores vetas de plata para que se hagan ricos; pero, cuando el ardid fracasaba, por temor y desconfianza de los mineros, el Tío se ensañaba con quienes no le secundaban y acababa emparedándolos, sin dejar rastro, en la pared de alguna galería, al interior de la Montaña de la Plata.

Los criollos que escucharon la narración de Achacu, se quedaron por demás impresionados, ante la crueldad inhumana de los conquistares, de los cuales ellos eran descendientes. Pero, se habían alistado en el ejército que impediría vuelvan a cometerse semejantes crímenes, contra seres humanos desprovistos materialmente de armas y espiritualmente de sed de sangre.

No bien empezaron a desaparecer las sombras de la noche y después de una ligera pitanza, siempre ofrecida por el joven aymara, los hombres se encaminaron en busca del ejército expedicionario, al que encontraron a medio día, con la satisfacción de contar con un sagaz guía. Estaba en camino la liberación de los pueblos originarios.

*Las insignias son del Imperio del Tahuantinsuyo y de los Aymaras.